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El discurso pesimista dice que son tiempos de individualismo salvaje, que a nadie le importa nadie, que todo el mundo va a la suya. La realidad nos demuestra que cada día hay más personas que tienen ganas de estar con otras personas, de compartir aficiones y recursos, de dar lo mejor de sí mismas, de aprender de otros y dejar que otros aprendan de ellos. A continuación les ofrecemos cuatro ejemplos que prueban que juntos no solo lo hacemos mejor: también lo pasamos mejor

"Lo recibí de forma altruista y así es como yo lo doy", Montse Minguell, profesora de taichí

Jueves, 21 de marzo del 2013 - 17:01h. Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
IMMA MUÑOZ / Barcelona

Cada mañana desde hace tanto que no lo podría precisar, Montse Minguell y sus alumnos-compañeros del grupo de taichí irrumpen en el ajetreo de quienes pasan con prisas de hora punta por la confluencia del paseo de Sant Joan con la calle de Sant Antoni Maria Claret, en Barcelona. Con la sabia lentitud de los 108 movimientos de la tabla completa del taichí taoísta -"el que desarrolló el Maestro Moy", explica Montse-, consiguen que los peatones estresados aminoren la marcha, ya sea para mirarlos o para compartir por un segundo la paz que respiran.

El grupo que practica taichí en paseo de Sant Joan. ALBERT BERTRAN

Se reúnen siempre a las 9.30. De martes a viernes, todas las semanas del año, haga frío o calor. El grupo varía en número y composición en función de las obligaciones de sus miembros. A veces toca médico o hay otra actividad que coincide con esa clase al aire libre. Oscila entre la media docena que no falla nunca y la docena, cuando están todos. A Montse le gustaría llegar a los 25.

Lluïsa López, una de las irreductibles, falta un día a la semana porque va a clase de ofimática. A sus 73 juveniles años, no solo ayuda a Montse a dirigir la sesión (han dado clases juntas muchos años), sino que organiza actividades en asociaciones vecinales y de mujeres, colabora con protectoras de animales y hace dos boletines. "Lluïsa es motor de muchas cosas", explica Montse.

Ella no se queda atrás: no falta ni un día a la sesión de taichí, que dirige sin cobrar un céntimo. "Yo lo recibí de forma altruista, y así es como lo doy. Nunca cobraría por las clases", asegura. Con 61 años, trabaja de maquetadora y, ahora que su sector no vive el mejor momento, se apunta al pluriempleo para llegar a final de mes. Será el taichí o será el ADN, pero la serenidad ante la vida que transmite es envidiable: "Ante una misma realidad, puedes ser positivo o negativo. La clave es cómo te hablas y te ves a ti mismo: si te ves como una persona creativa estás salvado, porque siempre saldrás adelante".

Carlos Mora es otro irreductible: con 77 años, lleva 30 haciendo taichí, y se nota en la fluidez con la que sigue la tabla. Es lo bueno de esta disciplina: "Cada cual la puede hacer a su ritmo", dice. A él le gusta practicarla temprano porque le llena de energía. Como a Rosario, que acaba la sesión y sale pitando hacia el trabajo. O a Manuela, que tiene a su hijo en casa y mucho que hacer. Vayan donde vayan, todos llegarán con las pilas cargadas por el rato compartido.

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