El chico es un espectáculo. Asciende por Vallter 2000 a una velocidad endiablada. Merece la pena colocar el coche a su estela para observar cómo supera, uno detrás de otro, a los cicloturistas que lo preceden y que, como él, no quieren perderse la primera de las dos llegadas en alto de la Volta 2013. Corona la cumbre gerundense al estilo de los campeones, casi sin despeinarse. Resulta obligado saludarlo, preguntar de quién se trata y anotar su nombre en la memoria porque quizá en un futuro no muy lejano, en un ciclismo que parece, por fin, desterrar las miserias del pasado, enterrar el dopaje y pedalear con bicis de guante blanco, él forme parte de una generación que crecerá con la nueva mentalidad de fair play que empieza a cautivar al pelotón mundial.
Es una muestra de que el ciclismo tiene mucha vida por delante. Corre un nuevo aire de frescura, necesario para que chavales aficionados al ciclismo como David Casanovas no pierdan la ilusión. Y el público, tampoco.
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