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EDITORIAL
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CRÓNICA DESDE LONDRES // BEGOÑA ARCE
No es un deporte homologado, al menos hasta ahora. Para muchos ni siquiera es un deporte. Quienes lo practican son fauna de calles y aceras. Exhibicionistas, ruidosos e individualistas. O eso eran cuando la historia comenzó. Adolescentes fundidos con el hormigón urbano. Sus saltos y piruetas, en cualquier rincón del espacio público, fueron considerados durante mucho tiempo una especie de gamberrismo ocioso. Las autoridades de Londres trataron sin éxito de acabar con ellos. Ahora quieren hacerles entrar en el gran engranaje del sistema.
Los responsables olímpicos estudian la posibilidad de admitir en los Juegos londinenses del 2012 las acrobacias en monopatín como una nueva disciplina deportiva. La creatividad y espontaneidad del skateboarding, como se le llama al invento en inglés, quedaría rigurosamente reglamentada. Los participantes podrían terminar defendiendo los colores de su país y cambiando los vaqueros rotos y la camiseta faldona por algún tipo de uniforme de lycra.
Importada de EEUU, donde dio sus primeros pasos entre la comunidad de surfistas de California, la moda de los saltos en monopatín irrumpió en la capital británica a mediados de los 70. A pesar de los cielos grises, tan diferentes a los californianos y los largos e ingratos inviernos, la nueva cultura arraigó en las calles de Londres. Los monopatinadores empezaron a dar un uso diferente a plazas, escaleras y parques municipales, que no habían sido concebidos para aquellos juegos. Era la misma época en que los primeros grafiteros, algunos muy cotizados hoy, comenzaban a apropiarse sin permiso de los muros.
Los patinadores londinenses encontraron un paraíso natural en los oscuros pasadizos del centro cultural del South Bank, símbolo de las horrendas moles de hormigón típicas de los 60 y "monstruoso forúnculo", en palabras del príncipe Carlos. Sin quererlo, los escalones, bancos, rampas y aristas diseñados por los arquitectos junto a la entrada del Queen Elizabeth Hall resultaron ser una pista perfecta para las virguerías en monopatín. El lugar, algo sórdido y castigado con unas corrientes de aire crueles, atrajo poco a poco a chicos de otros barrios. Aquello inquietó a las autoridades competentes y en el caso de la City prohibieron sin más el patinaje en su distrito.
El comportamiento de los locos por la tabla con ruedas fue pronto tachado de peligroso y antisocial. En 1986 los directivos del South Bank colocaron barreras para impedirles el acceso, dejaron a oscuras la zona de saltos y echaron grava en el suelo. Hubo periodos de crisis, censura y vetos, pero la afición sobrevivió y la pasión por el monopatín se fue extendiendo a los hogares de las clases populares y medias.
El monopatín ya fue introducido, a modo de demostración y por sorpresa, en la ceremonia de clausura de los Juegos de Atlanta, en 1996. Ahora es tan cool, tan fantástico, que los responsables olímpicos, con problemas para atraer a la audiencia más joven, piensan en institucionalizar la en otro tiempo perniciosa práctica. Puede ser el final para quienes solo querían jugar por jugar.
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