Lo más relevante de esta campaña, y salvo sorpresas de última hora, ha sido el uso de la inmigración como arma arrojadiza. En esta ocasión, el recurso a este fenómeno como fuente de problematización social ha sido, por parte de algunos candidatos, si no una constante, sí un instrumento recurrente.
En Barcelona --como en el conjunto del país-- la presencia de la población inmigrante ha crecido estos últimos años significativamente. La opinión pública muestra una preocupación creciente por esta cuestión, sin que necesariamente de esos datos que las encuestas nos ofrecen se pueda desprender nada más que la constatación de que el fenómeno migratorio preocupa. Pero de estas dos apreciaciones no tendría por qué inferirse que hay que lanzar este tema contra el adversario político.
De la inmigración, los candidatos a la alcaldía de Barcelona tienen que hablar y discutir. Lo que ya no es tan evidente es que sea la excusa para criticar al adversario, ni tampoco que, para erosionar electoralmente al rival, algunos acaben utilizándola como azote.
Lo peor que hemos vivido en esta campaña ha sido, precisamente, cómo se ha centrado el análisis del fenómeno en cuestiones como la irregularidad y el acceso a los servicios básicos, en los cuales el ámbito municipal tiene un escaso margen de maniobra. Aquellos que han levantado en sus discursos y en los debates la polémica sobre la inmigración en Barcelona lo han hecho para enviar al electorado el mensaje de que ellos son la garantía de la mano dura en esta cuestión. Nada parece importar que sus propuestas, por ejemplo acabar con la irregularidad, no estén al alcance de ningún ayuntamiento.
Esa desproporción entre discurso y margen en la acción política local es lo que nos debería preocupar. Parece que lo que menos importa entre aquellos que lanzan el tema migratorio como elemento de desgaste es lo que se puede hacer desde los ayuntamientos. Y no es muy distinto de lo que hacen Alberto Ruiz-Gallardón o incluso Esperanza Aguirre. El único objetivo es congregar el voto temeroso, el que abiertamente ve en la inmigración un peligro. Y eso sí que es motivo de alarma.