No me resisto. Ya sé que mi colega Joan Tapia escribió un magnífico retrato del acto, y que hoy tocarían otros vuelos. Pero esa conjunción planetaria entre la gauche caviar de Maragall y el flower power kumbaya de Jordi Hereu, con ese cartel surgido de nuestras juventudes de chiruca, es una tentación muy seria. La pregunta es simple. Ahora que Pasqual está en fase gruñona y amenaza con emular al abuelo y enviar a España al carajo, ¿por qué bendice al heredero de su discípulo Clos? Me dirán: por lo obvio, por discípulo. Pero es evidente que las virtudes de Jordi Hereu nacen de no gozar de los defectos de Clos: habla claro, se compromete y tiene sentido de la autoridad. Maragall, por tanto, no puede ver en Hereu al heredero de su legado, si es que el maragallismo ha sido una escuela política y no una retórica. Entonces, ¿qué ve en él? Desde mi punto de vista, Maragall ve en Hereu al tipo que no se ha mojado en las guerras de partido, al amigo de todas las familias y sobrino de ninguna, y, por tanto, la pista para aterrizar en la campaña electoral y no morir en el intento. Hereu es la foto cómoda, sin letra pequeña ni abrazo con sarcasmo. Esa virtud que Maragall intuye en Hereu es, probablemente, la que convierte al candidato en un alcalde con mucho futuro. No es mejor orador que Trias y no parece tener mejores propuestas, pero es un tipo con aires de vecino del cuarto, al que Sant Gervasi le queda como si llevara una camisa dos tallas mayor. Más que cercano, resulta familiar.
Por eso, lo de Villa Florida es curioso. Pasqual estaba en su elemento, y le fluía el linaje por los poros. Hereu, en cambio, parecía un pulpo en una bañera. Pero el abrazo sirvió a los dos. A Pasqual le dio un amigo. A Hereu le permitió ser amigo de todos. Kumbaya puro.