A veces, el diccionario nos informa de la realidad con una crudeza que no consiguen superar ni siquiera las fotografías de los cayucos en una playa gaditana. Migrar es un desplazamiento cíclico y orientado, generalmente de carácter colectivo, de una población animal, a menudo con movimientos de partida y de llegada muy precisos y generalmente a una distancia considerable.
Sí, ya sé. Están hablando de pájaros. Pero, ¿les parece a ustedes muy distinta la definición ornitológica del viaje que llevan a cabo esos hombres, las mujeres, los niños, desde Senegal a la playa de Zahara de los Atunes? ¿Qué nos molesta en la equiparación? ¿El adjetivo animal? ¿Acaso no son tratados así por las mafias? Migrar, mira por donde, también tiene otra acepción, casi paralela: es irse consumiendo despacio, de impaciencia, de miedo, de añoranza.
Nosotros, los que estamos aquí, los que vivimos en el país que nos es propio, casi nunca utilizamos la palabra migración, a no ser que seamos científicos. El problema, según parece, es la inmigración. Inevitablemente, colocamos el prefijo para denotar que lo que nos preocupa no es en realidad el trayecto (penoso, deshumanizado) sino el hecho de que ese trayecto desemboque aquí, donde estamos nosotros.
La inmigración es abandonar el propio país para llegar a un nuevo lugar y establecerse en él personas naturales de otro. Hacemos hincapié en el establecerse, pero nos olvidamos del abandonar y del llegar. Nos olvidamos de por qué abandonan, de cómo llegan, de cómo se consumen, de cómo migran y van migrando.