Muchas veces, la etimología nos da pistas precisas y preciosas sobre el porqué de las palabras y de las acciones que definen. Entre los romanos, por ejemplo, solo se inauguraban edificios o se asumían cargos previa consulta a los augures, de ahí viene el vocablo. El sacerdote en cuestión veía pasar unas urracas y consideraba que la cosa no estaba para festejos. Si, en cambio, se fijaba en el canto de un jilguero, pues entonces daba el visto bueno para que empezaran los fastos populares. El augur pronunciaba sus augurios, que eran como predicciones del tiempo pero a lo bestia y sin mapas isobáricos, y ya todos respiraban tranquilos porque a nadie se le ocurrió nunca inaugurar nada bajo la amenaza de un mal viaje del brujo adivinador.
Suelen inaugurar quienes han firmado en los papeles para que se paguen las facturas. Los demás contemplan la solemnidad propia de las inauguraciones con resquemor y maldicen de los pájaros que las permiten. Evidentemente, pájaros de mal agüero. Inaugurar es sinónimo de empezar o de abrir, aunque no siempre son verbos coetáneos. Es decir, hay cosas que empiezan y se abren y que, sin embargo, no se inauguran sino al cabo de unos meses o años. A veces no son ni tan siquiera dignas de inaugurarse, a no ser que la campaña apremie. También es cierto que hay obras y estatuas que se inauguran dos veces e incluso hospitales inaugurados sin recetas, sin pacientes, sin médicos, sin enfermeras, sin camillas y sin (buenos) augurios.