Todos sabemos de qué hablamos cuando hablamos de la cara. Pero debe haber pocas palabras tan cortas y tan evidentes, con tantos campos semánticos donde perderse. En periodo electoral la cara tiene un gran predicamento. Son caras (sonrientes) las que vemos en los carteles y son tristes según qué caras en la noche del recuento. Las primeras son caras de Pascua y las segundas de Viernes Santo, aunque también hay caras que no son ni de cuaresma ni de pentecostés ni de adviento. Hay caras insulsas que no descubren nada y no son espejo del alma, por mucho que intentemos traducirlas. El cara a cara, por otra parte, tan al uso, tiene una larga tradición. Ya está documentado en las crónicas del rey Jaume I, que no tuvo que someterse a ninguno.
Una famosa modelo vendía sujetadores con la no menos famosa frase "te he dicho que mires a los ojos", que es como decir a la cara. Quizá porque es en la cara donde se supone que empieza todo. La cara va siempre por delante, y debe ser por eso que alguien pensó en una cara soleada para exaltar a las masas. Dar la cara no significa ofrecerla en un sentido estricto. Esta circunstancia limitaría mucho la expresión facial de quien la da. Se da, figuradamente, en un alarde de chulería, porque es lo primero que a uno le pueden partir. Y porque taparse los ojos (y la cara) es lo primero que aprenden los niños cuando juegan a esconderse.