palabras de paso | PUBLICADo EN EL PERIÓDICO EL 23 DE MAYO DEL 2007

Urbano


JOSEP M. FONALLERAS

Es muy curioso constatar que urbano y rural, más allá de referirse a la ciudad y al campo, designan también a los guardias, policías o servicios de orden que ejercen su función en uno y otro sitio. El urbano es el que impone multas, dirige el tránsito, castiga a quienes comen cruasanes en un semáforo y atiende a las viejecitas que lo cruzan. El rural, como en el campo no hay semáforos pero sí viejecitas, vigila que el lobo no se coma a las gallinas, que no haya incendios y que los caminos estén transitables.
Más allá de la geografía y del hábitat donde trabajan, no es lo mismo referirse a un urbano que a un rural, como no lo es hablar de la novela urbana o de la novela rural. La primera tiene mucho más predicamento que la segunda, porque se supone que lo civilizado se impone, en detrimento de lo salvaje, que se da en la segunda. En la primera hay costumbres burguesas y complacientes y en la segunda hay monstruos peludos que descuartizan a indefensas viejecitas sin semáforos.
Aunque nos resistamos a confesarlo, lo urbano sigue mandando. De ahí viene urbanidad y lo que le cuelga, como cortesía, buenas maneras y politese, que es fino y francés. De rural, inferimos rústico y, por consiguiente, desarrapado, sucio y arisco. No es necesario recordarles que estas prevenciones del lenguaje se basan en arquetipos que no se corresponden con la realidad. En cualquier caso, ahí están las segundas residencias y los matrimonios mixtos para promover el contacto entre ambos mundos.

 
PALABRAS DE PASO, POR J. M. FONALLERAS