Todas las ciudades acaban pareciéndose. Las más atrasadas emulan a las más avanzadas, las menos favorecidas ansían los privilegios de las más grandes, o de las que tienen costa, o de las más ricas, o de las que están mejor situadas. Una Gran Vía para Logroño se puede leer junto a las obras de acondicionamiento de la arteria central de la capital de una de las comunidades autónomas más pequeñas de la península. Tener una Gran Vía decente, soterrar el tren a su paso por la ciudad, más zonas verdes... Fases de modernización que muchas ciudades superaron ya hace tiempo, son los problemas del Logroño de hoy. "Uniprovincial y sin costa", dicen de la capital riojana las enciclopedias, como restregándole a la ciudad sus limitaciones.
Gente anónima
El taxista Fernando, de 61 años, nació en un pueblo perdido de Soria. Se vino a Logroño por un amor y se metió al trabajar en el taxi tras el posterior desamor. Padre de cinco hijos, había vivido hasta entonces de esto y de lo otro, sin sentar la cabeza. El divorcio y la necesidad de pasar manutención a su familia le hicieron recapacitar y coger un trabajo fijo. Desde la ventanilla de su taxi, Logroño parece solo un ir y venir de rostros anónimos, la mayoría con aspecto obrero, quizá con vidas tan normales como la de Fernando. Gente que no puede parar de luchar cada día para no ir ahogado. Y mucha gente de paso, porque Logroño es un cruce de caminos entre Aragón, País Vasco, Navarra y Castilla-León.
Si Santiago es el destino, Logroño es el camino. Esa condición marca su estilo de vida. Tabernas para dar buen vino al viajero y posadas para el descanso de los caballeros (hoy convertidos en representantes y jefes de márketing) es la imagen más nítida que deja Logroño en la retina si uno se somete a este superficial ejercicio llamado España en taxi. Pero ve mejor las cosas quien viene de fuera que quien se acostumbra a su paisaje urbano. Por ejemplo, desde el taxi se comprueba que el centro histórico aún no ha sido devorado por los burócratas, y conserva, sorprendentemente, mucho de barrio popular, con esas mercerías que desde la posguerra cuelgan en el escaparate el mismo surtido de bragas de señora color carne.
Al pasar por los alrededores de la Concatedral de Santa María de la Redonda, el emblema monumental de la ciudad, el paisaje humano se torna más babilónico. Pakistanís, ecuatorianos, subsaharianos y autóctonos, todos de clase trabajadora, pasean con sus familias hasta el anochecer, empujando carritos de bebé y sillas de ruedas. La presencia de tantos inmigrantes sugiere que, pese a su problemática situación geográfica, Logroño sabe sobreponerse con imaginación y generar riqueza. La séptima posición que ocupa La Rioja en el ranking de renta per cápita por comunidades así lo certifica.
Fernando, que vive con dos taxistas ecuatorianos en un piso compartido, dice que el Ayuntamiento de Logroño no facilita mucho las cosas al inmigrante, porque solo para empadronarse y acceder a la Sanidad y a la escolarización de sus hijos, tienen antes que demostrar que llevan seis meses en España. Ese es el aire que llega desde los despachos. En la calle, el aire es otro. La conviviencia se palpa. Todos viven casi a la par.
"En la plaza del Mercado se ve todo mejor", propone Fernando. Las caras, de cerca, tienen allí algo de gallego, vasco, castellano y aragonés. Se ven también sudorosos peregrinos de Santiago. El lugar de Logroño en el mapa le favorece. No es como Murcia o Almería, aisladas durante años, que reciben otra cultura sin haber asentado la suya. Aquí llevan siglos viendo pasar gente. Y lo viven con ejemplar normalidad.
Espaldarazo promocional
No fue en Logroño, sino en Valladolid, donde Aznar lanzó su proclama beoda, pero para el alcalde, Julio Revuelta (PP), fue un espaldarazo promocional. No le hace falta. Logroño vive del vino, la uva la recogen los inmigrantes y el caldo se lo beben todos. Eso es lo que se ve, de vuelta al hotel, al cruzar la calle del Laurel, conocida como la senda de los elefantes, la ruta de los pinchos, las tapas y los vinos, adonde va de cabeza Fernando en cuanto deja el taxi.