Los miles de ancianos que cada día descienden de un autobús y visitan las variadas ruinas romanas de Mérida confieren a la capital extremeña un aire solemne, pausado y sabio. Todo lo contrario que el taxi de Armando G., un chaval de 23 años, que serpentea por las estrechas callejuelas del casco viejo. Cada vez que divisa un conjunto arqueológico, dice lo mismo: "Mira, más piedras". A él, las únicas piedras que le interesan son las de fumar. No hay mejor ciudad que Mérida para llevar lo que entiende Armando G. por una vida tranquila: "Dejo el coche, me voy a casa, me fumo algo y veo películas, chateo o juego a la Playstation. Paso de la marcha dura de mis colegas y de todo lo que se meten".
La marcha dura está en otra parte. Y la vida, en general, también está fuera de Mérida. La ciudad no ha crecido mucho, y pese a la presencia de la burocracia y la política, juegan más el papel de capitales Cáceres y Badajoz. A medio camino entre ambas está Mérida. Por eso muchos jóvenes sienten la necesidad de escapar. Huir de los muros ancestrales del casco viejo y de esa corrección formal que se palpa en las calles. Las caravanas de coches tuneados por la noche camino de Badajoz son para verlas. Y son también muchos los que parten a buscarse la vida a Madrid y a Sevilla. Armando G. pasa: "Conocí por el chat a una sevillana. Vino a vivir conmigo y ahora quiere que me vaya con ella a Sevilla. Yo le he dicho que de aquí no me muevo. En Mérida tengo lo que quiero. Un colega mío se fue a Madrid a trabajar a un McDonald's y cobra 800 euros, paga 500 de piso y no tiene ni tiempo libre".
Patricios y plebeyos
El tiempo. El paso y el peso del tiempo están dibujados en cada fachada y cada rostro de Mérida. El poso del tiempo es más difícil de ver. En las ruinas del anfiteatro romano, un guía ilustra a un grupo de jubilados: "Aquí se sentaban los patricios y allí, la plebe. Y los cómicos representaban su farsa sobre el escenario". Ese es el poso de la historia, porque es lo mismo pasa ahora. En la fachada del ayuntamiento, en manos del PP, una enorme pancarta dice: Con las víctimas, con la Constitución y por la derrota del terrorismo, como diciendo a la gente que quien no les vote está en contra de las víctimas y la Constitución y a favor del terrorismo. El miedo y la mentira, las mismas armas que usaron el feudalismo, el cristianismo y el franquismo en estas tierras, siguen siendo espadas levantadas sobre el pueblo.
Año III de Zapatero
El guía bromea ahora con su racimo de pensionistas: "A ver, para que entiendan ustedes la numeración romana. Estamos en el año III de la era Zapatero". Y un señor de Alicante, apostilla: "Y también es el año III de la oposición de Rajoy". El guía cae en la cuenta de su error y casi pide perdón: "Eso, eso, Rajoy también. Y mejor cambiamos de tema". No está el horno para bollos. En Mérida, quien no quiere problemas, como Armando G., evita hablar de política con sus vecinos, incluso con su familia. La amplia y duradera mayoría absoluta del PSOE en la comunidad contrasta con el control de las ciudades por parte del PP. El bienestar --y en Mérida se vive muy bien-- hace a la gente mucho más conservadora. En los pueblos, quien tiene poco, poco ha de conservar.
El circuito montado a ambas orillas del Guadiana integra desde hace no mucho el río con los emeritenses. Un precioso y sosegado recorrido para chavales que hacen footing y rostros otoñales que apuran la vida en cada paseo. A Armando G. el paseo del río no le parece tan bonito: "El footing es solo para los niños ricos. Dime un trabajador de verdad, no de los que piensan sino de los que curran, que le queden ganas de salir a hacer footing. Yo he llegado a pesar 130 kilos, con 20 años, porque me he pasado la infancia comiendo pizzas y viendo la tele".
En latín, emeritus significa retirado, en referencia a los soldados jubilados con honor. Mérida es un magnífico lugar para que los honorables jubilados de nuestra sociedad se resarzan del estrés, el sudor y el dolor. Los jóvenes autóctonos, excepto Armando G., corren el peligro de aburrirse soberanamente.