una pareja se besa cerca de la catedral de murcia, junto al cartel de una inmobiliaria. nacho para Lo primero que llama la atención, nada más entrar a la ciudad, es la obsesión casi enfermiza con la que Murcia vive el problema del agua. La pancarta Agua para todos adorna los balcones privados y los edificios públicos. El lema tiene hasta un himno, compuesto por el grupo local Por Herencia, bombardeado a todas horas y en todas partes. Con ese himno de fondo, el que ahora suena en el taxi, las constructoras devoran la huerta y los campos de golf emergen en las tierras abandonadas por los agricultores. La mentira hidrológica sigue en pie. El PP apela a las alcachofas, las lechugas y las sandías para pedir agua, cuando la quieren para regar 18 hoyos multiplicados por cien campos, con sus correspondientes zonas residenciales y piscinas unifamiliares.
"Ojalá que esto no pare y se siga construyendo durante muchos años", proclama Mariano J., al volante de su taxi de lujo, mientras cruza uno de los viejos puentes del río Segura. El hombre, nacido en la huerta y de vuelta a casa tras su experiencia como inmigrante en Suiza, aboga por el modelo valenciano de crecimiento, el mismo que acaba de ser reprendido duramente en un informe del Parlamento Europeo. Burro grande, ande o no ande. Por contra, desde la ventanilla del taxi, Murcia aparece como una ciudad más inquieta que sus gobernantes, que solo saben hablar de agua e inseguridad. Universitarios con iPod, turistas sonrosados, subsaharianos en bici y orondos negociantes que invaden la acera con sus coches de lujo conforman el paisaje urbano. Vistos así, parecen convivir sin conflicto.
Agallas para criticar
Pero el conflicto existe. En la universidad ya son muchos los jóvenes que no comulgan con las tesis oficiales y pretender sacar a Murcia del enroque hidrográfico. Desde el taxi, el campus se antoja como un reducto de inteligencia. La plataforma Murcia No se Vende cada vez tiene más presencia, y su pintada estrella, Agua para golf-os, empieza a competir con la oficial. Las pintadas son un buen termómetro del clima social de una ciudad. Agua para todos gana en Murcia, seguida de Moros, fuera y Contra la especulación, por nuestra cultura y nuestra tierra. Es un alivio que exista esta última corriente. Durante años, ni el PSOE murciano se atrevía a criticar el faraónico PHN de Aznar. Había que tener agallas. Hacerlo era tirar votos por el desagüe.
Agallas ha tenido la última ocurrencia municipal: la colocación, dentro del río medio seco, de una enorme estatua de una sardina que escupe un chorro de agua por la boca. Agua para todos, vuelve a leerse detrás. Agua hasta para un pez marítimo en el río, representación de una de las fiestas más populares de Murcia, el Entierro de la Sardina. Agua menos para los inmigrantes, a los que es moneda común negarles el paso en bares, peluquerías y otros comercios. "Cualquier día me dan un susto. Los inmigrantes son muy traicioneros y muy sucios. Yo procuro no cogerlos", se despacha Mariano J. Para corroborar la xenofobia latente, alimentada siempre por la ignorancia, sirva esta conversación textual a través de la radio del taxi.
--Mariano, me voy a casa que ya he hecho la carrera del día.
--¿Y eso?
--Un negro que he llevado a las chabolas de Alcantarilla. Me he equivocado cinco veces, le he soplado 35 euros y no ha protestado. Para que digan que los negros son malos. Este era buenísimo.
--No te fíes, Paco, que esta gente te corta el pescuezo sin pestañear.
El maná robado
A vista de taxi, Murcia es una ciudad emergente cuyos ciudadanos merecen que se haga justicia a su acerbo cultural. La búsqueda solo de dinero y más dinero no solo acabará con toda el agua disponible, sino que secará también las seseras. Y despersonalizar a un pueblo resulta más dañino que la peor de las sequías. Ni agua para todos ni agua para todo. Los gobernantes de Murcia parecen no haberse enterado de que en el mundo empieza a no haber agua para nadie y que por eso vienen los inmigrantes. La mentira que venden es que el agua es un maná robado por los malvados seres que se apoderaron de la Moncloa tras el 11-M.