ESPAÑA EN TAXI - PAMPLONA | PUBLICADO EN EL PERIÓDICO EL 22 DE MAYO DEL 2007

El aliento en la nuca


NACHO PARA
periodista

Pamplona conserva el elegante aire invernal de las ciudades norteñas, pero la bulliciosa sangre que corre por las venas de sus ciudadanos la emparenta en parte con las ciudades del sur. Los pamplonicas no viven más en la calle, como los andaluces, porque no pueden. La climatología no les deja muchas fechas libres para el esparcimiento callejero. Desde luego, no tantas como ellos querrían. Quizá sea por eso que cuando llegan los Sanfermines, desde que estalla el chupinazo, salen todos a la calle despavoridos, como si fuera el último día sobre la Tierra. Y corren delante, nunca detrás. Delante de los toros o delante de la policía. Un buen navarro nunca se sentirá cómodo persiguiendo a alguien, pero disfrutará de lo lindo siendo perseguido, incluso por sus amigos.

Controvertida pero viva
Desde el taxi de Unai, de 38 años, Pamplona parece una ciudad tranquila de más, sin sobresaltos. Pero claro, pronto se da uno cuenta de que esta ciudad, como muchas otras, no acaba en el acomodado paseo de las familias de bien por las zonas comerciales. En cuanto se accede a las callejuelas y plazoletas del corazón urbano, en las cercanías de la remodelada plaza del Castillo, se hace evidente que allí también hierve el acné juvenil y la olla radical del independentismo. Lo anuncian carteles y pintadas de trazo grueso y apresurado que tienen una querencia especial por las tiendas más pijas de la avenida de Carlos III. Como queriendo decir al visitante que, al margen de la Pamplona aburguesada y visible, palpita otra más controvertida, pero más viva e interesante. Una Pamplona activa. Unai ni se inmuta cuando el taxi se topa con un corte circulatorio en pleno centro con más de 50 policías, entre nacionales y municipales. Solo resopla. En el cruce de las calles Cortes de Navarra y Amaya, como colofón de un atasco que invade la Cuesta de Labrit, dos jóvenes okupas se han encadenado a sendos cilindros de hormigón armado y están siendo desenganchados con maza y martillo. Aquí, cuando se protesta, se protesta de verdad. Desde luego no es la baronesa Thyssen encadenada con sus propios collares. El ambiente parece crispado, pero todo el mundo parece saber que la sangre no llegará al río. Los manifestantes jalean a los encadenados, llaman a la desobediencia civil y claman contra la especulación inmobiliaria. Como dice Unai, mientras espera la resolución del incidente, "Pamplona no tiene nada que envidiarle a Marbella, pero aquí no hay Pantoja que venda programas de la tele". Los policías hacen su trabajo: un empujón por aquí, una intimidación por allá. Los mirones y los curiosos, la mayoría jubilados con txapela, hacen el suyo: cotillear en silencio. Y los manifestantes, sí, son suficientemente bestias como para atarse a dos bloques de hormigón, pero tienen tan metida la impronta de buenos ciudadanos que ellos mismos han colocado, antes de atarse, los triángulos refractarios reglamentarios para señalizar el incidente.

Dos mentalidades
Más que dos velocidades, como ocurre en Oviedo, en Pamplona cohabitan dos mentalidades. Una antigua, apegada a la tierra, a la tradición y al matriarcado, y otra que, sin renunciar a nada de esto, está dispuesta a levantar la voz. A veces el resultado son posturas demasiado radicales, pero a menudo el empuje de los jóvenes contestatarios pamplonicas ayuda a ejercer un férreo control sobre la derecha liberal, tan dada a hacer suyos los privilegios del amejoramiento de Navarra y utilizarlos para buscar el apeoramiento de quienes no piensan como ellos. Los okupas corren, y la policía detrás. Saben que no les van a hacer nada, pero notar el aliento en la nuca es una forma de sentirse vivo y entrar en calor. Si no hay toros, pues polis. Superado el atasco, llega otro contratiempo. El taxi pincha. Un ejército de bicis se dirige hacia nosotros. Son los okupas de antes. "¿Qué ha pasado con los chavales?", pregunta Unai. "Pues los han detenido. Mañana los soltarán", contesta uno de ellos. Entre varios okupas han tardado cinco minutos en cambiar la rueda. Se han puesto a ayudar sin pedírselo. Okupas con sentido cívico. Desde luego, no es fácil de ver.

TODAS LAS ENTREGAS
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En esta ciudad, cuando se protesta, se protesta de verdad. Desde luego no se
trata de la baronesa Thyssen atada
con sus propios collares