Quien haya conocido de cerca a Joan Miquel Nadal se habrá percatado de que se trata de un político singular. Es uno de aquellos alcaldes con un estilo muy personal, no exento de polé- mica, que aportan un plus a las siglas que representan y las hacen ganar en plazas donde con otro candidato lo tendrían muy difícil. Me vienen a la cabeza otros casos, como el de Francisco Vázquez en A Coruña o incluso Joaquim Nadal en Girona.
Estos ejemplos son pertinentes porque en ambos casos los sucesores han sabido gestionar bien la herencia. Pero no siempre pasa así. Cuando el carismático Antoni Farrés dejó de ser candidato en Sabadell, ICV perdió la alcaldía. En Tarragona, el convergente Joan Aregio afronta el reto de sustituir a Nadal después de una legislatura llena de sobresaltos. Primero porque Joan Miquel Nadal quería dejar el cargo a medio mandato pero los socios de Unió se rebelaron y exigieron la alcaldía para ellos. Las negociaciones no llegaron a buen puerto, y Nadal tuvo que desistir. Luego dos concejales del PP abandonaron el partido por discrepancias internas, pero se mantuvieron en el equipo de gobierno para asegurar la mayoría. Y, finalmente, el convergente Agustí Mallol saltó del barco y dejó a Nadal en minoría. El caso es que Aregio no lo tiene nada fácil. La distancia con el PSC hace cuatro años fue de menos de dos puntos, y la correlación de fuerzas entre izquierda y centroderecha depende de un solo regidor. Prácticamente nadie duda de que si el tripartito suma habrá pacto para desbancar a CiU, y la carambola podría incluir también la Diputación.
De momento la campaña discurre según lo previsto: Aregio se reivindica como único heredero de Nadal, tiene el apoyo de toda la plana mayor de CiU y ataca duramente a su oponente, el socialista Josep Fèlix Ballesteros. Este, por su parte, ha planteado una campaña de perfil bajo porque se ve ganador y fomenta su imagen de futuro alcalde. ¿Y Nadal? Ni está ni se le espera. El otro día se fue a medio acto electoral de su partido porque iba a una inauguración en La Pobla de Mafumet. Él siempre fue a su aire. Y así es como deja ahora el futuro de la ciudad: más abierto que nunca. En el aire.