No hace mucho tiempo que el PSC era rebajado a la categoría de "partido de alcaldes" por algún dirigente de CiU. A la larga, se ha demostrado que ser un "partido de alcaldes" era la mejor fórmula para preparar el asalto a la Generalitat, con un ejército de personas preparadas para ocupar todos los resortes del poder. Actualmente tres cuartas partes de los catalanes tiene un alcalde socialista. El tan cacareado poder territorial convergente es más un espejismo que una realidad. Los números cantan.
Pero vayamos a la cuestión de los alcaldes socialistas. A mi modo de ver, hay dos estilos diferentes, encarnados también por dos personajes diferentes, de ejercer este inmenso poder municipal. A un extremo pondría a Celestino Corbacho, alcalde de L'Hospitalet y presidente de la Diputación de Barcelona, y al otro a Manuel Bustos, alcalde de Sabadell. Aparentemente podemos establecer muchos puntos de contacto entre ellos: ambos desprenden un cierto aire populista, ganan por mayoría absoluta y pretenden influir en el partido. Pero hay una diferencia básica. Celestino Corbacho es una persona venerada por los suyos y apreciada por sus contrincantes políticos. Casi nadie en L'Hospitalet pone en duda su trabajo por la ciudad, y todos sin excepción auguran una cómoda repetición de su mayoría. Para entendernos, el hecho de ganar de calle no le ha comportado un grado importante de rechazo ciudadano. Este es un mérito que recuerda y reconoce a su admirado Jordi Pujol. En el otro extremo, Manuel Bustos, sí que ha generado rechazo en Sabadell, y su estilo personalista acabó por dinamitar el pacto que tenía con el resto de partidos presentes en el ayuntamiento para gobernar la ciudad.
El resultado es que en estas elecciones todos se van unir en el intento de romper la mayoría del PSC y arrebatarle la alcaldía. El odio que genera recuerda al que provocaba Felipe González (aunque aquí se acaban los parecidos, Felipe es amigo de Corbacho, como se ha demostrado esta noche). El problema para el PSC es que hay más Bustos que Corbachos entre sus nuevos alcaldes, y eso, a la larga, puede pasar factura.