Hoy Barcelona es conocida y admirada en todo el mundo. Un destino turístico de primer orden. Una ciudad cosmopolita y con una fuerte personalidad propia. Barcelona es también una forma de explicar Catalunya y su gente: abierta, dialogante, plurilingüe, respetuosa, solidaria, curiosa, viajera... Desde siempre, Barcelona ha sido la puerta de entrada a gente de varias procedencias que acaban estableciendo sus raíces en nuestro país; una sociedad de acogida; un mosaico de formas de ser... Desde siempre, pues, ha sido una ciudad de bienvenida para abrir sus puertas a un país entero. Por eso decimos que Barcelona tiene que convertirse en la capital de la catalanidad: esta manera nuestra y particular de ver y entender el mundo, con mirada universal, desde aquí. Es la catalanidad civil. Pero Barcelona es también la capital de la lengua y la cultura catalanas, la catalanidad cultural, como París lo es de la francofonía o Lisboa de la lusofonía. Catalunya sin Barcelona sería un cuerpo sin cabeza, pero si Barcelona es capital es porque tras de sí tiene a un país.
Siempre decimos que es catalán quien quiere serlo. Si Barcelona no reivindica su pertinencia al país, su capitalidad, nadie lo hará por ella. Por eso decimos que Barcelona tiene que ser sin complejos, tal y como es, funcionando y avanzando como lo hace --y a pesar de las diferencias abismales de inversiones, por ejemplo, que hay respecto a Madrid--, inventándose cada día, albergando nacionalidades del mundo que conviven y se quedan aquí.