Los que creen prometen a Dios que llevarán a cabo determinada proeza a cambio del favor divino que venga a solucionarles un problema determinado. Eso es un voto. Es decir, una promesa. En política, ocurre más o menos lo mismo, pero al revés. Los que prometen no son los que votan sino los que son votados. Y el favor divino llega del votante en ejercicio, que no suele ser Dios sino un padre de familia, una jubilada o un bombero. Es decir, un voto es una especie de contrato para intentar que las promesas se conviertan en realidades.
En las ermitas y los santuarios hay muchos exvotos. Son esas piernas de yeso, esas manitas, unos ojos de plástico, las fotos de un accidente que se ofrecen al Dios de la recompensa en recuerdo del beneficio obtenido. En política ocurre más o menos lo mismo, pero al revés. El exvoto no es un agradecimiento sino un solemne cabreo o una decaída letargia. Se llama abstención, porque un día fue voto y después llegó el día en que dejó de serlo. Esos exvotos caen en el oscuro pozo de la indiferencia.
Acabamos aquí. Si quieren, esta democracia sigue siendo deficiente, fea y desagradable, pero también resulta imprescindible, luminosa y necesaria. Y tan débil que solo se sustenta en la humilde papeleta que meterán en la urna. Háganse un favor y dense un voto de confianza. Aunque solo sea para chinchar a quienes la querrían no solo desagradable, deficiente y fea, sino también muerta y enterrada. Y tiesa como un exvoto.