Oídos los líderes, todos alegres. Si bajan votos, les sube la bilirrubina en porcentaje, si pierden concejales, algún número corrige la derrota, y así sumando hipótesis. Pero lo cierto es que Catalunya observa un dato sangrante, más allá de optimismos forzados. La huída masiva de las urnas es el titular de una noche con ganador socialista, y convergente a la zaga. Catalunya, pues, presenta una cruda realidad: una seria fatiga de su vida política, incluso en los comicios más próximos a la gente. Estamos ante una creciente indiferencia y un descrédito imparable. La primera lección, pues, del 27-M, es que Catalunya llora más por la herida política de lo que lloran en otros lares. Y Barcelona, capital del país, adquiere la categoría de capitalizar la abstención ciudadana. Más que reflexión, los partidos políticos tendrán que perpetrar una seria catarsis que les permita superar su dinámica interna del siglo pasado, y entrar en el siglo XXI. En la época del sms, internet y la televisión con ciudadanos preguntando a presidentes, su estructura claustrofóbica y antidemocrática y la fatiga de sus ideas son características para la deserción de la política.
Más allá de este dato estructural, dos aspectos de análisis coyuntural, que también marcan tendencia: se han acabado las alegrías de los partidos pequeños, que parecían ser la esperanza blanca. Han llegado al poder, han cometido errores, y las urnas han dejado de amarlos. El retroceso, lento y seguro, de ERC y de ICV, marca también el retroceso del encanto utópico, la idea de que lo pequeño albergaba lo puro. Hoy los ciudadanos saben que estos partidos también chapotean en el barro. Si se sentían sustitutos de alguien, los resultados les enfrían los sueños. En los dos mayoritarios, alegrías y penas. CIU sube con Trías, recupera alcaldías, y consigue buenos resultados. Pero la pérdida de Tarragona es una derrota mayúscula que complica el liderazgo de Mas. Y los socialistas ganan en todas las capitales, aguantan como leones y consolidan a Hereu. Pero sus socios se derriten, sus adversarios se refuerzan y la abstención los amenaza. Todos se ríen, pues, y, sin embargo, esto no hace puñetera gracia.