dos inmigrantes pasean por el barrio de santa eugènia de girona, el sábado pasado.
Acceder a ese territorio conocido como comarques gironines desde un encuadre barcelonacéntrico (ese para el cual tras la Ronda de Dalt hay un Finisterre de llamas y monstruos marinos) trae sobresaltos. Los habitantes de la provincia que habita en el top 5 de la calidad de vida en España acosan al cronista con un gota a gota de reivindicaciones cívicas: obras públicas y la vivienda, reciclaje y guarderías. Y la integración de la inmigración, materia ante la que hasta el más despolitizado tiene una opinión.
El decorado bucólico que se extiende a ambos lados de la AP-7 cobra vida cuando el automóvil se desvía hacia su primera parada: Salt, el iceberg de la Catalunya africanista y el municipio con mayor densidad de población de la provincia (4.249 habitantes por kilómetro cuadrado). Hay muestra gastronómica en el centro de la villa, y la inminencia de las elecciones municipales salpica diálogos bajo las carpas.
Escuelas contra el gueto
Aquí, la marea migratoria marca debate: hay escuelas con un 80% de recién llegados, y una voz angustiada pide "desguetizar las aulas". Otra alerta de la necesidad de más escoles bressol. "Hay que potenciar una tercera, ¡y una cuarta!", vocea una señora que sirve platos de cuscús casero y añade un dato que, por el giro vidrioso de su mirada, no parece inocuo: el partido Alianza Nacional se presentará a la cita electoral.
Escuela concertada, sí o no; puntos por años de residencia, sí o no... Después de todo, el eje izquierda-derecha aún genera discusiones en Catalunya. Y los equipamientos culturales, también: el centro de Comacros "debe ser un punto de referencia de las entidades del pueblo", recita un jovencito espigado que apunta maneras de técnico municipal. Junto a él, un corro de prohombres descarga su batería de prioridades: vivienda protegida, "esponjamiento" de la trama urbana, integración de la antigua fábrica Gassol, protección de la zona verde de Les Deveses... Y acogida de los recién llegados, crecidos a través del reagrupamiento familiar. Mensajes cruzados: alarma y puntos de luz. "D'on sóc? D'aquí, però vaig néixer a Gàmbia!", replica, en genuino catalán oriental, un escolar que corretea por la calle.
El cronista, vagamente aturdido, se da a la fuga. La AP-7 sigue allí, pero es hora de apartarse de su asfalto maternal y buscar ramales más forestales. Banyoles irrumpe en el horizonte como un bálsamo lacustre que, una vez empleada la lupa, muestra cicatrices parejas a las de Salt: una tasa de inmigración desbocada que se manifiesta ya al entrar en el hipermercado cercano a La Farga, punto caliente interracial.
Muy cerca, en el local de la asociación de vecinos de Can Puig, se imparte una clase de adobo casero, materia que estimula la curiosidad del escribiente. El presidente y el equipo gubernamental, que asiste a la charla, parecen ser grandes amigos, lo cual desborda todos los pronósticos y arruina la posibilidad de alimentar el reportaje con un poco de tensión cívica. Buscándola en las calles, un paseante apunta al cielo, al trazado de la discutida línea de alta tensión, la MAT. "¡El municipio que acoja la central eléctrica estará hipotecado de por vida!", se exalta.
¿Olot o el Bronx?
La ruta sigue hasta Olot, y la imagen tradicional de la Catalunya vella vuelve a verse salpicada por la visión de túnicas y turbantes. El hotelero se suelta y fulmina el manual de la corrección política. "Aquí no hay plazas públicas de guardería; ¡todas se las llevan los inmigrantes!". Mapa en mano, aconseja no cruzar una línea roja junto a la plaza Major. "¡No vaya más allá de esta calle después de las nueve de la noche! ¡Venden drogas!", advierte, en un estado súbitamente alterado. Desfilan imágenes mentales del Bronx, Bogotá, Lagos... Pero estamos en la capital de La Garrotxa. Y en el bar de al lado hay unos 40 inmigrantes absortos con el Barça-Real Sociedad.
Al día siguiente, en los márgenes de la carretera hacia el Empordà hacen simpáticas señales algunas ciudadanas de origen eslavo en busca de oportunidades. En la panadería de La Bisbal, arde el debate ante las obras que tienen levantado parte del centro urbano. "¡Hemos perdido el 35% de clientes!", brama el cajero. "Ya era hora de que hicieran algo en este pueblo", discrepa una clienta. Haciendo cola, un ciudadano plantea una solución expeditiva. "El ayuntamiento no debería estar en manos de políticos; tienen demasiados intereses; deberían traspasarlo a una gestoría", sostiene.
Puerto contra playa
Torroella de Montgrí ha inaugurado su gran biblioteca municipal tres semanas antes del inicio de la campaña, que ya es casualidad, pero los lugareños consultados descartan intenciones malévolas. Sí que se intuye fricción en torno a la ampliación del cercano puerto de L'Estartit. Platgeta, sí!, defiende una pancarta en alusión a los metros de arena familiar que peligran por la obra.
Hace sol, corre el viento y, a lo lejos, las gaviotas vuelan en corro sobre las islas Medas. Criaturas felices: ellas están eximidas del encuentro con los colegios electorales.