UN BLOQUE RESIDENCIAL JUNTO A EDIFICIOS NUEVOS EN L'AMPOLLA.
Los publicistas de L'Ampolla han acertado al bautizar la localidad como Porta del Delta. El viajero barrunta que su periplo debería empezar cruzando esta puerta simbólica. Por ello, en la Ronda del Mar, resigue cómo la línea de tierra le gana superficie al Mediterráneo. "Siempre hace buena mar", le dicen un par de locuaces jubilados. Cuentan sin nostalgia que se ganaron la vida en el pueblo, pero ahora sus hijos trabajan en Amposta y Tortosa porque "trabajo de oficina ya no hay".
Fotografías color sepia de L'Ampolla del pasado, marinera y costumbrista, decoran las paredes del bar de tapas L'Estel. El viajero se sienta en una mesa cerca de dos tipos con aspecto de viejos pescadores para descubrir al minuto que son alemanes retirados. Primer aviso contra el cliché. Luego la amable camarera rumana, paletillas de jamón mesetarias y la música disco bastarán para desenmascarar el símbolo. Las inmobiliarias agolpadas en la avenida de Ramon Pous certifican que L'Ampolla, hoy, apuesta por ser una aséptica ciudad de vacaciones. Del ayer sobreviven fotografías, recuerdos de jubilados y, en parte, la geografía.
La amenaza del pasado
El caso de Tortosa es distinto, opuesto, dramático. Perdiéndose por el barrio antiguo, el viajero siente el pasado convertido en amenaza. Lo palpa en las casas viejas, abandonadas, apuntaladas o simplemente derruidas. Tal vez a medio plazo la presencia renovada de edificios institucionales modifique su rostro cochambroso, pero en poco tiempo las callejas de la antigua ciudad cristiana --refugio de la mísera inmigración árabe que vuelve a hacer rentables los campos de cítricos-- podrían transformarse en un polvorín.
Remansada la revuelta que hizo del río signo de identidad de un territorio que siempre se ha sentido postergado, cree que el auténtico reto de la capital de las comarcas del Ebro pasa por integrar a la chiquillería del colegio La Mercè a la que acompañan sus madres ataviadas con el preceptivo chador.
Estampas de rural civilidad
A menos de 40 kilómetros, en Gandesa, las infraestructuras posibilitarán la disolución de tensiones.
En los últimos años, varios centenares de rumanos han llegado a la Terra Alta en el coche de línea "rápido, cómodo y seguro" (lo dice el eslogan) que enlaza su país con España. Al no escasear trabajo ni vivienda, la convivencia, por lo general, no se ha visto afectada. El viajero cavila que este pueblo, en sus modestas dimensiones, gracias al despliegue autonó-
mico, funciona. A las 8.55 horas de una mañana gris lo comprueba cuando nueve autobuses escolares aparcan en batería en los andenes de la estación y grupos de adolescentes, con pírcings y mechas, se encaminan en orden hacia el instituto. ¡Qué bella estampa de rural civilidad! Pronto se inaugurará una biblioteca y las obras de las aceras de la calle principal siguen su curso.
¿Por qué no pensar en Gandesa como un modelo de desarrollo óptimo de una población agrícola? La mezcla de dejadez y estética kitsch de las viejas aulas que albergan el Centre d'Estudis de la Batalla de l'Ebre guillotina sus optimistas ensoñaciones. Que en la ciudad de Tarragona las vías del tren tapien el acceso natural de vecinos y turistas a la playa es un lujo disparatado que tal vez pueda permitirse la capital porque la flanquean dos potentes imanes de
riqueza como Port Aventura y la industria petroquímica; Gandesa, en cambio, abandonando su museo, dilapida una buena idea y subestima uno de sus atractivos turísticos. A escasa media hora por carretera se llega hasta Falset; allí se han propuesto sacarles tanto partido como les sea posible. El viajero decide contemplar el experimento.
Y el vino se convirtió en oro
Si el agua redescubrió las comarcas del Ebro, el vino ha puesto al Priorat en el mapa con sello de calidad incorporado. Las gentes de la comarca lo están aprovechando y el pueblo parece modelarse (párking público incluido) para que urbanitas pixapins como el viajero gasten gozando de un fin de semana con encanto.
Los cellers se han multiplicado (siempre producción limitada, ojo), las tarjetas de casas rurales se acumulan en la mesilla de la oficina de turismo e incluso un salón de belleza promociona en su escaparate un cosmético custodiándolo en un botellero. Como si de una transfusión se tratase, el vino ha rejuvenecido una zona que tenía el corazón maltrecho desde hacía demasiado. El problema vendrá cuando llegue la hora de elegir: o conformase con la sana moderación que podría simbolizar la rehabilitación del antiguo castillo que preside Falset o abrazarse al rey Midas de la construcción que acecha cerca del teatro L'Artesana. No es una decisión sencilla, piensa el viajero, pero intuye que es fundamental. Lo va a constatar.
Ha decidido despedirse andando los tres kilómetros y medio de litoral que median entre Cunit y Cubelles, el espacio de costa virgen que separa dos provincias. Al bajar del cercanías, cruzado el descampado donde dos días antes cerró sus puertas la Feria de Abril de Cunit (solo quedan latas, vasos de plástico y papeletas de la tómbola Fortuna), empieza a caminar mientras empieza a llover. A un lado, la playa y el mar; en el otro, pisos, muchos, centenares, miles de pisos en venta, no pocos por estrenar, deshabitados la mayoría, y no se para de construir. Otra vez la realidad abofetea la mayúscula ingenuidad del viajero. La virginidad del litoral ha sido profanada por las grúas del rey Midas, que transforman en yeso todo lo que tocan, para levantar un barrio fantasma.
Al cabo de media hora, por fin, se cruza con dos seres vivos. ¿Sigue en Tarragona, está ya en Barcelona? El caniche no contesta. Su propietaria --mira primero hacia Cubelles y luego hacia Cunit-- lamenta no poder responderle. Subirá el tren, empapado y horrorizado, sin haberse podido despedir.