una mujer, ante el molino, ahora cerrado. a. carbonell
El cronista llega de nuevo a una Barcelona que, para él, empezó el día en que su tío Tomás le llevó a ver al difunto gorila albino. Ir a pasar unos días al piso de sus tíos en la avenida de Gaudí era, en aquellos tiempos, un extraño privilegio. Proviniendo de la provincia, Barcelona se ofrecía como un vendaval. Tenían, los tíos, algo parecido a un televisor en color y daban Quina San Clemente para despertar el apetito.
Los recuerdos son para los paseos hasta la Sagrada Família y aquel ascensor del Eixample que se cerraba con numerosas puertas de hierro. Al cronista se le aparece en sueños de vez en cuando, con sus tembleques, y también el difunto gorila y la vez que fue al Tibidabo para observarse cóncavo y convexo en esos espejos inquietantes. Y al campo del Barça, cuando aún no existían ni el museo ni los turistas. Bueno, sí, había turistas, pero como los que describe Carles Soldevila en L'art d'ensenyar Barcelona, ese librito delicioso en el que el escritor actúa de cicerone discreto, civilizado, entusiasta pero distante.
El cronista se resiste a volver de nuevo a la avenida de Gaudí, por temor a ser engullido por el magma. Erupcionó el volcán y ya todo está cubierto de lava. En el hotel donde se aloja, unas chicas inglesas que deben rondar los 60 llevan camisetas diciendo algo así como "territorio cien por cien libre de silicona" y algo así como "si aún ves lo que está escrito es que necesitas otra cerveza". Se las encuentra uno en la escalera y van cargadas de licores para una fiestecita en la habitación.
Llega el viajero a Barcelona en tren. Esta vez funciona sin retrasos. Una pareja lleva besuqueándose hasta el límite desde Sant Celoni. En el Clot, entran un par de peruanos para cantar "enamorarme de ti ha sido un error, un día me dijiste". La pareja, ni caso. Cualquiera escucha boleros así en plena faena.
El cronista llega para tratar de recuperar viejos espacios, lugares en los que vivió sus Barcelonas y que ahora se agolpan en el andén. Tal vez un concierto de la Pasadena Roof Orchestra en las fuentes de Montjuïc, la camisa de Christa Leem en la Cúpula Venus, el Molino de Johnson ("¡llévame!"). Quizá va en busca de esas fotos, pero el gorila ya es un difunto y no sabe si cerca de la Sagrada Família habrá jubilados, como entonces, jugando a las cartas sin más.
Alucinación en la Rambla
Cenando el cronista en el Dry Martini, se acerca para ofrecerle un clavel esa señora con aires de señor (¿o era al revés?) que también se deja caer por el París. Hace calor (al día siguiente llegaremos a los 28 grados en el termómetro de Cottet), pero ella va con abrigo de piel. Inmutable. Le dice que no. Baja por la Rambla de Catalunya y, casi en un desierto nocturno, padece una alucinación. Cree ver enormes torsos, cráneos gigantes y huecos, de hierro. En uno de ellos (se llama Eros Bendato), un par de turistas sacan la cabeza por las rendijas de los ojos de la estatua. Es hora de ir a dormir. Las chicas inglesas siguen de fiesta.
El cronista busca espacios de su niñez, de su adolescencia y acaba dando con las personas que los habitan. En la Rambla, el chico que luego se disfrazará de Maradona se toma un cruasán. Acaba de montar su parada una joven mexicana que se cubre, toda ella, de plátanos y frutas exóticas de mentirijillas. Es como ver a Carmen Miranda después de un viaje con ácidos. ¿Cómo vuelven a casa esas estatuas vivientes de la Rambla después del espectáculo?
En el atardecer, uno que va vestido de militar en plenas maniobras recoge sus armas y baja a la línia verde en las Drassanes. En la Boqueria, más frutas, ahora comestibles. Pirámides de frutas para que el turista pueda refrescarse. Una italiana, cerca del Kiosc Universal, zampándose piña limpia y cortada, exclama: "È meraviglia!"
De pronto se produce algo parecido a una avalancha. Se parecen a las inglesas del hotel, pero resulta que todas acaban pareciéndose. Son otras. Todos los turistas se parecen. Unos marineros franceses, de punta en blanco, caen en las redes de un grupo de trileros. Hay hasta siete, una chica entre ellos, haciendo las veces de cebo. Por el lugar, cerca de Santa Mònica, una treintena de mujeres sardas ataviadas con faldas negras abombadas y, todas ellas, con moño y móbil. Si no fuera por el teléfono, parece una imagen del Català Roca de los años 50. Los trileros, los marineros, las abuelas sardas y oscuras.
El cronista se refugia en el Cosmos, que está como apartado, aun estando en la vorágine. Desde allí, policías y mendigos se citan en una contienda cotidiana. Uno de los segundos es conminado a esconder su tetrabrik de vino en una mochila sórdida. Cerca del puerto, pasea, tan campante, ese señor que lleva dibujado un calzoncillo y del que pende, libre, esa especie de badajo de campana. Pero a estas alturas, pocos se fijan en él. En el autobús turístico en el que se asan decenas de turistas, anuncian un viaje a Daly's city. Es un suponer, pero debe tratarse de Figueres.
Antes de salir del hotel, es mejor armarse con una metàfora. En la Mantequería Ravell, ante esa colección planetaria de especias, un bodegón de cajitas que conforman un escenario multiforme y multicolor, el cronista cree ver la Barcelona del XXI. Las metáforas son así. Carles Soldevila, que detestaba lo excesivo de Gaudí y se fijaba en detalles más distinguidos, como Santa Maria del Mar, tendría problemas para su civilizada excursión con los amigos alemanes. Quizás podría refugiarse en el Jardín Romántico del Ateneu. Debe ser de la escasa media docena de ambientes pacíficos que aún quedan en la zona. Allí se saludaría con Oriol Bohigas, un señor de Barcelona, quizá el único capaz de parecer elegante ataviado con una camisa de cuadros blancos y rojos y una corbata morada.
Antes de ir al Romea --donde aún se dicen las palabras certeras de Alejandro Cercas sobre la libertad y el heroísmo--, el cronista da una vuelta por el barrio de la Ribera. No recuerda dónde, pero lee por allí una placa de homenaje a Andreu Nin. Estos días se cumplen 70 años de los Fets de Maig. Deben ser poquísimos los que saben, a estas alturas, qué paso en esas fechas por estas calles, en el edificio de la Telefónica, en la plaça de Catalunya.
Después del teatro, cena con Joan Ollé, el director de Soldados de Salamina. Habla de una Barcelona --lo contaba su padre-- que se parecía en algo a las películas de Lubitsch. Una Barcelona elegante y con estilo. Como de comedia blanca pero con punta de sarcasmo, de acidez. Apenas existe.
En el tren de vuelta, los peruanos ya no están. Hay gente que vive cerca de los raíles, entre grafitis y mierda. Pero los enamorados aún siguen besándose.