Mucho se habla durante estos últimos días del golpe de Estado en Honduras. No necesito insistir mucho en que cuando un hecho similar sucede en algún país africano nuestros medios de comunicación no suelen prestarle la misma atención. Aunque afortunadamente los golpes de Estado van siendo cada vez más raros en África, durante el último año ha habido tres países donde el Ejército tomó el poder por la fuerza. Merece la pena destacar que parece que, por lo menos en dos de ellos, las cosas parecen encarrilarse por la buena dirección. En Guinea Bissau se acaban de celebrar elecciones presidenciales (foto), y en Mauritania se espera que éstas tengan lugar este mes de julio. En Guinea Conakry, sin embargo, las cosas no parecen que se vayan a resolver tan pronto.

En Guinea-Bissau, donde el pasado 28 de junio hubo elecciones presidenciales, la comisión electoral acaba de anunciar que habrá una segunda vuelta, en fecha aún sin especificar. A ella concurrirán los dos candidatos que obtuvieron el mayor número de votos: Malam Macai Sanha, del partido actualmente en el poder, y el antiguo presidente Kumba Yala. En marzo fue asesinado el  presidente João Bernardo Nino Vieira, de 69 años. Los incidentes dejaron a Guinea Bissau, uno de los estados más inestables y pobres de África occidental, en una situación de confusión total y amenazaron con retrotraer al país a la época de golpes militares que lo han caracterizado desde su independencia de Portugal, en 1974. A las elecciones  concurrieron 11 candidatos, de los que sólo Macai Sanha y Yala parecían disponer de probabilidades reales de ganar. Ambos han prometido traer la paz a un país cansado de golpes de Estado y violencia ocasionada por el narcotráfico. Leer más

Me ocurrió hace ya quince años en un poblado perdido al pie de una montaña en la región acholi del norte de Uganda. Estaba yo visitando una comunidad cristiana cuando, al terminar de bautizar a unos niños, me fijé en el nombre de una de las niñas a las que acababa yo de echar el agua. Se llamaba Pauline Picture, es decir: le habían puesto de apellido Fotografía. Los acholi, como muchos otros pueblos africanos, dan un nombre de acuerdo con las circunstancias en las que el niño ha venido al mundo. Por eso me intrigó un nombre tan poco habitual y pregunté a la madre por su significado.

La señora me contó que antes de tener a esa niña había dado a luz a otros tres bebés y todos ellos habían muerto. "Yo he tenido hijos pero era como ver fotos en un álbum, porque los veía muy poco tiempo y después desaparecían. Esta niña lleva ya varios meses viva y espero que no muera". Por esta razón la había llamado Picture, fotografía, en recuerdo a sus otros tres niños que tan poco le duraron.

Los acholi llaman a este tipo de niños Lotino ayula, que quiere decir los hijos de la pena. Les suelen imponer algún nombre especial en recuerdo de la pérdida de los niños anteriores. Huelga decir que en un lugar del mundo donde hay una mortalidad infantil tan elevada, abundan estos nombres que evocan el drama de unos padres que tienen hijos y no están seguros de cuántos meses les van a durar. Cuando entré en la aldea de la madre de Pauline Picture me señaló un tipo de cactus al que los acholi llaman bono. Estaba plantado en medio del patio como recuerdo de los niños que habían muerto a tan temprana edad y como esperanza de que la vida de Pauline no se extinguiera con la misma facilidad. Los habitantes del poblado me explicaron entonces que desde tiempo inmemorial se planta este cactus porque está siempre verde, incluso durante los meses de mayor sequedad, y por eso es un símbolo de la vida que resiste y no muere. Desde aquella ocasión, siempre que entraba en un poblado me fijaba si había una planta de estas características, y si la veía preguntaba si hacía poco que habían tenido un hijo de la pena.

Aprendí a hacer preguntas, a escuchar y a fijarme en mil detalles que hasta entonces se me habían pasado desapercibidos: unas ramas con una tinaja medio enterrada donde se guarda el cordón umbilical de unos mellizos que han nacido hace un año, un altarcillo donde la gente hace ofrendas a los antepasados antes de salir de caza, unas tumbas de habitantes del poblado muertos hace pocos meses cuya colocación puede variar: al lado del fogón de la cabaña si se trata de una mujer y al lado contrario si el difunto era un hombre.

En nuestro mundo occidental, donde hemos perdido el valor de lo simbólico, África tiene mucho que enseñarnos para poder descubrir mil significados ocultos de lo cotidiano. Empecé a aprenderlo el día en que conocí a Pauline Picture y su madre, y ahora que estoy sumido en añoranzas de África mientras vivo otra vez en Madrid lo echo de menos todos los días.

Aunque aún faltan dos años para las elecciones presidenciales, en Uganda ocurren últimamente cosas que no auguran nada bueno. Los ánimos han comenzado a caldearse, sobre todo después de que la semana pasada el presidente Yoweri Museveni (en la foto) rechazara tajantemente una petición por parte de la oposición para introducir una reforma de la ley electoral que le impediría presentarse de nuevo a las elecciones presidenciales. Aunque aún no hay anuncios oficiales, se espera que Museveni  –que tiene ya 64 años– vuelva a presentarse a los comicios dentro de dos años, así como su rival Kiiza Besigye, quien ya perdió anteriormente en el 2001 y en el 2006. En una carta dirigida a la oposición, Museveni preguntaba: "Ustedes hablan de reformar la ley electoral. ¿Reformarla para conseguir qué?". Se rumorea también que el partido en el poder quiere también reformar esta ley, pero para conseguir otro objetivo: quitar el límite de edad, actualmente en 75 años, para que de esta forma Museveni pueda ser presidente vitalicio.

Yoweri Museveni accedió al poder en Uganda en 1986, después de que su movimiento rebelde, el Movimiento de Resistencia Nacional, conquistara el poder por la fuerza de las armas tras cinco años de guerra, primero contra Milton Obote y más tarde contra Tito Okelo. Obote y Okelo presidieron gobiernos dominados mayoritariamente por gente del norte, mientras que el movimiento de Museveni fue apoyado principalmente por las poblaciones del sur del país. Una de las ventajas con las que cuentan los dictadores es que la gente de los países que dominan suele tener una memoria muy corta, entre otras cosas porque tiene una esperanza de vida muy baja. Durante su primer año, en 1986, Museveni repitió en bastantes ocasiones que uno de los problemas de África es que tiene demasiados dirigentes que se perpetúan en el poder, y declaró su intención de ser presidente sólo durante cinco años.

Nada queda de aquellas buenas intenciones. Aunque la nueva Constitución de 1995 establecía un límite de dos mandatos presidenciales, en el 2004 Museveni pidió a los parlamentarios de su partido que votaran para reformar la ley fundamental y eliminar esos límites. Cuando algunos de sus propios parlamentarios expresaron dudas, se repartió a cada uno 5 millones de chelines (unos 2.000 euros) y todos aceptaron. De esta manera en el 2006 se presentó de nuevo y ganó las elecciones. Pero aunque sigue teniendo una gran popularidad en Uganda, sobre todo en las zonas rurales, Museveni ha ganado cada vez por un margen más estrecho, y en el país se palpa ya una gran tensión política a dos años de las elecciones.

Cuando Museveni tomó el poder en 1986 suspendió las actividades de los partidos políticos. Instauró un peculiar sistema de gobierno basado en comités locales que él mismo llamó "democracia sin partidos", aunque en la práctica funcionó como un régimen de partido único. Bajo presión de los países donantes, en el 2005 se celebró un referéndum que volvió a introducir la democracia pluripartidista. El principal partido de la oposición, el Foro para el Cambio Democrático (FDC) de Kiiza Besigye, ha tenido multitud de problemas internos desde el año pasado. Después de todo su líder es un antiguo militar que combatió al lado de Museveni de 1982 a 1986 y su tono ha sido siempre bastante agresivo. Su número dos, Betty Kamya, fue expulsada del FDC hace pocos meses después de que expresara numerosas críticas al liderazgo de su partido. A pesar de sus debilidades, muchos creen que si el FDC forjara una alianza con las otras dos fuerzas opositoras –el UPC y el Partido Democrático– podría tener alguna posibilidad de ganar en el 2001 si presentaran un candidato común creíble. La oposición espera obtener beneficios de algunos escándalos de corrupción protagonizados por ministros de Museveni y de divisiones dentro del partido en el poder, algunos de cuyos líderes han sugerido recientemente que Museveni debería dar paso a otro líder más joven que él.

Hay otro tema que ha contribuido a caldear los ánimos, y es el reciente anuncio por parte del Ejército de la detención de once jóvenes en el norte del país a los que se acusa de querer organizar campos de entrenamiento para un movimiento rebelde. El norte, la parte de Uganda donde Museveni tiene menos popularidad, ha sufrido una cruenta guerra desde 1986 a manos del LRA que llegó a desplazar a dos millones de personas. Actualmente, el LRA tiene menos de mil guerrilleros y se mueven en las selvas del noreste de la RD del Congo y el sur de Sudán. Según el Ejército, el nuevo grupo rebelde estaría intentando preparar el regreso del LRA al norte de Uganda para realizar nuevos ataques, con ayuda de varios políticos de la oposición. Muchos no terminan de creerse todo esto y ven en este anuncio un intento de desprestigiar a quienes no quieren que Museveni se convierta en presidente hasta el fin de sus días. Con multipartidismo o no, uno de los problemas más graves del panorama político africano es que el modelo sigue siendo el mismo: el líder habla y todos los demás asienten y le siguen sin rechistar. Mientras las cosas sigan siendo así poca esperanza de cambio habrá.

Me imagino que no es muy común que un español haga su primera declaración de la renta con 49 años, pero en mi caso es así, y aún estoy reponiéndome del susto después de que me hayan comunicado que tengo que pagar al fisco algo más de 1.400 euros, cosa que no le deseo ni a mi peor enemigo, sobre todo si es un mileurista como yo con familia a su cargo. Y eso después de los chascos del año pasado, cuando tras volver de Uganda después de 20 años ni me pagaron el paro los meses que estuve buscando trabajo (me dijeron que lo que yo había hecho en África no tenía carácter de relación laboral) ni nos dieron a mi mujer ni a mí el cheque bebé cuando nació nuestro hijo. Son los inconvenientes de pasar demasiados años trabajando en el África profunda y de querer casarse con una inmigrante sin papeles. Todavía no he terminado con todo el papeleo y sigo equivocándome de cola cuando voy a alguna oficina a gestionar algo. En una de esas andanzas burocráticas, el año pasado, una funcionaria poco acostumbrada a ver a pardillos como yo me espetó: "Pero señor, ¿de dónde sale usted?' ¿De la selva?". "Exactamente, señora", le respondí.

Más allá de la anécdota, la verdad es que cuando un misionero se sumerge durante muchos años en un mundo remoto y conflictivo y sus preocupaciones cotidianas están formadas por desplazados de la guerra, niños soldados, gentes que mueren jóvenes por falta de atención médica y campesinos engañados y explotados por los políticos de turno, uno termina por adentrarse tanto en ese mar que cuando recala en la patria de origen cada tres años por un par de meses no se da cuenta de que está perdiendo el tren de muchas cosas. Además, hay que tener en cuenta que hay muchas Áfricas y no es lo mismo trabajar en una capital africana que 500 kilómetros más al norte, en sitios donde no hay ni teléfono, ni televisión ni por supuesto conexión a internet. Durante los nueve años que yo pasé en Kitgum, cerca de la frontera con Sudán, la situación de inseguridad no nos permitía salir mucho de allí y más de un año me lo pasé con rarísimas oportunidades de viajar a Kampala, como mucho una o dos veces al año. Leer más

La semana pasada acudí a un acto celebrado en la madrileña plaza de Lavapiés, en el que varios inmigrantes agrupados en la asociación Sin Papeles denunciaron el acoso policial al que se ven sometidos y que se ha intensificado mucho más desde que hace varios meses las comisarías de policías recibieron órdenes de arriba para cubrir determinados cupos y de determinadas nacionalidades para acelerar las expulsiones.  "Salir a la calle es un desafío. La policía nos busca en los lugares a los que vamos para ganarnos la vida, regularizar nuestra situación o llamar a nuestras familias. A muchos nos han detenido cerca de juzgado y embajadas. Nos sacan de la cabina del locutorio cuando hablamos por teléfono. Nos piden que aprendamos español, que vayamos a los juzgados, que tengamos un trabajo, pero se nos persigue justo allí donde vamos a hacerlo".

Los inmigrantes dicen también padecer en muchas ocasiones  un trato vejatorio: "Muchos policías nos dicen que no les gusta hacer eso, que son órdenes de sus jefes. Les hemos escuchado decir que tiene que llevar a un número concreto de personas detenidas a comisaría, y como su coche es muy pequeño y no caben todos los que sus jefes les han pedido que lleven detenidos nos llevan en furgonetas. Y nos tienen esperando dentro durante mucho tiempo hasta que se llenan. Como si fuéramos en un camión de mercancías. A veces nos tratan con respeto, pero otras veces nos aprietan las esposas, nos insultan y se burlan de nosotros. En comisaría nos encierran a muchas personas juntas, pasamos frío y apenas nos dan unas galletas para comer. Estamos ya muy cansados, por eso ahora muchos de nosotros nos quedamos en casa casi todo el día. No son resignamos a vivir encerrados en el miedo, queremos salir libremente a la calle sin la amenaza de vernos atrapados en una cacería. ¡Porque la vida no es una cárcel!" Leer más

Hay países africanos que nunca salen en nuestros medios de comunicación. Malaui es uno de ellos. Hace pocos días, el 19 de mayo, hubo allí elecciones presidenciales y parlamentarias que se desarrollaron de forma pacífica. Cuando, a los pocos días, se conocieron los resultados, aunque inicialmente el principal candidato opositor -John Tembo- se negó a reconocerlos. Sin embargo, su partido se desmarcó de esta posición. Malaui sigue así su tradición de ser uno de los pocos países africanos que nunca ha tenido ni una guerra ni un golpe de Estado. Es una pena que estas naciones ejemplares no atraigan apenas atención informativa.

Malaui vivió, eso sí, una larga dictadura que se inició después de su independencia en 1964, bajo el mandato de Kamuzu Banda, cuyo régimen podría calificarse de <i>dictadura benigna</i>. A pesar de todo, entre 1993 y 1994 tuvo una transición democrática ejemplar y pacífica en la que no hubo represalias ni venganzas.

Además, el país se ha revelado desde entonces como una verdadera democracia parlamentaria. De hecho, el Parlamento se opuso a una modificación de la Constitución que habría permitido al antiguo presidente Bakili Muluzi presentarse a un tercer mandato en 2004.  Podríamos añadir también que, pese a su pobreza (ocupa el puesto 165 de 177 según el Índice de Desarrollo Humano) el gobierno ha tenido siempre clara que su prioridad es la producción agrícola y la seguridad alimentaria. Esto no es nada fácil en un país que tiene un suelo muy poco fértil y pocas lluvias, lo que en años anteriores han ocasionado hambrunas que han tenido muy poca publicidad mediática. A pesar de todo, el país ha progresado bastante, y durante la última década, las personas que viven con menos de un dólar al día han pasado del 54% al 45%. Leer más

Si desde hace ya bastantes años las vocaciones sacerdotales disminuyen en Europa y Estados Unidos, no sucede lo mismo en África. Durante el periodo 2000 a 2007 el número de sacerdotes diocesanos creció en un 2,5% y actualmente ha alcanzado la cifra de 272.000. A ellos hay que sumar 135.000 sacerdotes pertenecientes a órdenes religiosas. Con estos datos, resulta que África es el continente donde aumentan más los curas. Son datos que acaba de publicar el Vaticano en su última edición del <i>Anuario Estadístico de la Iglesia</i>. Este informe asegura también que África es el continente donde crece más también el número de católicos: un 3% en ese mismo periodo de siete años. Con estos datos parece que la Iglesia Católica tiene motivos para mirar a África como el lugar donde tiene más futuro.

Con excepción de Polonia, en Europa las vocaciones sacerdotales siguen disminuyendo. Los seminarios se quedan vacíos, los curas son cada vez más ancianos, y no es extraño que en España, por ejemplo, haya diócesis donde hayan tenido que vender edificios que antaño albergaron a cientos de seminaristas. En África, sin embargo, tienen que construir más para ampliarlos porque se quedan pequeños. Esto ocurre sobre todo en países como Nigeria, Uganda, la República Democrática del Congo y Tanzania. En estos cuatro países se concentran la mitad de los sacerdotes africanos. En total, los seminaristas en África aumentaron en un 21% durante el periodo de siete años al que se refiere el anuario. Leer más

El Gobierno de Ruanda acaba condenar al líder de la Iglesia católica en el país, el arzobispo Thaddée Ntihinyurwa, por la negativa de éste a que rodara un nuevo filme sobre el genocidio en el interior de la parroquia de la Sagrada Familia, sita en la capital Kigali. El ministro de Cultura, Joseph Habineza, acusó al arzobispo y a otros líderes religiosos de no ayudar al Gobierno a honrar a las víctimas que fueron masacradas en iglesias, aunque personalmente me pregunto si el Ejecutivo aceptaría que se filmara una película sobre el genocidio utilizando como escenarios el palacio presidencial o la sede de cualquier ministerio, lugares donde obviamente también ocurrieron asesinatos masivos. Es cierto que la iglesia de la Sagrada Familia y muchas otras se convirtieron en trampas mortales para cientos de miles de tutsis que en 1994 buscaron refugio dentro de ellas y fueron masacradas por soldados del antiguo régimen y por milicias hutu conocidas como <i>interahamwe</i>.

Por si fuera poco, a los pocos días de esta reprobación al arzobispo de Kigali, el Gobierno anunció su intención de poner placas conmemorativas en 88 iglesias del país donde miles de tutsis fueron asesinados. La prensa oficial -en realidad la única que existe en Ruanda- se ha sumado al coro de acusaciones y ha señalado incluso que monseñor Ntihinyuwa tomó parte en el genocidio de 1994 contra los tutsis, recordando que en 2005 fue interrogado por uno de los tribunales populares (conocidos como <i>gachacha</i>) por su supuesto papel en la planificación de las matanzas. Leer más

Hoy me gustaría lanzar una pregunta inocente: ¿Han oído ustedes a algún país africano, por medio de alguna de sus instituciones, protestar por las palabras del Papa en contra de los preservativos durante su viaje a África en marzo? Yo, que en cuanto termino el café de la mañana (y a menudo mientras lo bebo) lo primero que hago es repasar un buen número de sitios web de actualidad africana para ponerme al día, todavía no he oído ni media palabra al respecto. Igual sí ha habido alguna queja desde África y a mí se me ha pasado. Pero hasta el momento no me consta. Digo esto porque con el olfato que me han dado 20 años de vida en Uganda, la reciente admisión a trámite en el Congreso de los Diputados de una reprobación al Papa por estas palabras no deja de parecerme una manera sutil del paternalismo -por ponerlo de manera suave- que padecemos los occidentales: pretender saber lo que es bueno para África sin molestarnos en consultar a los propios africanos.

Sobre el preservativo, y más en África, como ya he expresado en alguna otra ocasión en este blog, hay mucho que matizar. Yo, personalmente, no estoy de acuerdo al cien por cien con la posición oficial de la Iglesia Católica en este tema porque, sin ir más lejos, en el caso de las parejas discordantes (en las que uno de sus miembros está infectado de VIH y el otro no) me parece que no hay más remedio que aceptar que el uso del condón es el remedio más viable, opinión por otra parte que es compartida por infinidad de sacerdotes, religiosas y obispos que viven el día a día de la dura realidad sobre el terreno. También hay que ser realistas y ayudar a las mujeres cuyos maridos hacen de su capa un sayo para que se protejan si no pueden hacer otra cosa. Pero una cosa es eso, y otra muy distinta es aconsejar a quienes llevan una vida irresponsablemente promiscua que se pongan la gomita y a vivir que son dos días. Y en África, les puedo asegurar, la promiscuidad -muy asociada al machismo- es una plaga cuya erradicación pide la respuesta más lógica y razonable: trabajar por el cambio de comportamiento. Leer más

Hay países donde el 1 de mayo no pasa de ser una mera ceremonia que se organiza para cumplir el papel pero que no significa nada, y en África abundan. Vean, sino, el caso de Uganda, donde el Gobierno acaba de dar carpetazo a la ley del salario mínimo, una reivindicación exigida por sindicatos y grupos de derechos humanos desde hace muchos años. Hace dos días, el ministro de Trabajo, Emmanuel Otaala, lo dejó bien claro: "En el Gobierno hemos liberalizado la economía y no podemos dictar lo que un empresario tiene que pagar a sus trabajadores. Insistimos en que el salario tiene que fijarse por negociación". Y por si quedaba alguna duda, añadió: "No podemos tener una ley de salario mínimo de la noche a la mañana, habrá que esperar por lo menos 40 años". Para el ministro, los países africanos deben seguir los modelos de países asiáticos como China o Malasia "los cuales se han desarrollado gracias a que han tenido líderes con una visión de futuro, y no por tener leyes de salario mínimo". Leer más

He leído hace poco en la prensa de Uganda que el país se ha convertido durante los últimos años en uno de los paraísos para occidentales que buscan turismo sexual. Después de sufrir oleadas interminables de pobreza extrema, guerras, enfermedades (entre ellas el SIDA, cuyo rápido descenso parece haber hecho bajar la guardia a muchos) y dictadores, sólo nos faltaba ahora esto. Hay incluso un blog especializado en el que visitantes y expatriados de todos los calibres relatan sus experiencias en este campo y se intercambian información sobre hoteles, burdeles, bares y hasta esquinas de calles donde pulula este negocio, además de informar sobre tarifas y a veces incluso hasta de nombres de "lumis" que encabezarían los ranking de mejores servicios. Huelga decir que en este triste negocio hay también menores explotadas, y que el propio gobierno ugandés -aunque oficialmente ha puesto el grito en el cielo- no hace nada por combatir esta lacra. Leer más
Me enteré de la existencia del libro What is the what, escrito por Dave Eggers, el mes pasado, durante una visita a Sudán. Cuando pasé por Kampala me lo compré y hace pocos días he terminado de leerlo. Si hubiera podido, me habría bebido sus 540 páginas en tres días, porque es una de esas obras que te conmueve desde el principio y te hace congeniar con su protagonista. Editorial Mondadori lo acaba de publicar en castellano. Yo se lo regalaría a todo el mundo, si pudiera.

En este asombroso relato, Dave Eggers -uno de los genios de la nueva literatura norteamericana- narra la vida de Valentino Achak Deng, uno de los "niños perdidos" de la guerra que mató a casi tres millones de personas en el sur de Sudán y que terminó hace apenas cuatro años. Uno de los aspectos más sangrantes que tuvieron lugar durante la segunda fase de este conflicto, de 1983 a 2005, fue el increíble sufrimiento por el que pasaron miles de niños que salieron de sus poblados huyendo de todos los horrores imaginables: los bombardeos con helicópteros del ejército de Jartum, las incursiones de las milicias pro-árabes a caballo que mataban e incendiaban de forma indiscriminada, la captura de miles de niños y niñas para venderlos como esclavos, y el reclutamiento forzoso de menores por parte de los rebeldes del SPLA. Leer más

Coincidiendo con el Día del Libro, durante estos días tienen lugar en España una serie de actos de una coalición de ONGs que quieren llamar la atención sobre el derecho a la educación, muy especialmente la alfabetización de las mujeres. Se lo explica mejor mi mujer, que interviene hoy en un acto que se celebrará a mediodía en el Instituto Cervantes de Madrid. Con permiso de ella:

"Me llamo Margaret Beriwu y soy de Uganda. Trabajé en mi país con mujeres sudanesas, en los campos de refugiados de Adjumani, de 1996 al año 2000, con el Servicio Jesuita al Refugiado. Leer más

¿Se imaginan ustedes el notición que sería si, por ejemplo, un día las FARC anunciaran que dejan las armas en Colombia, que Hamás hace lo mismo en Palestina o los rebeldes chechenios en Rusia? Lo más probable es que un hecho así llenara las páginas de nuestra prensa y las pantallas de nuestras televisiones durante varios días, y hasta semanas. En Burundi comenzó el pasado 18 de abril el desarme del Frente de Liberación Nacional (FLN), el último grupo rebelde compuesto de 20.000 insurgentes, que no es moco de pavo, pero en nuestros medios de comunicación ni una palabra. Creo que es una injusticia que África sea objeto de la atención mediática cada vez que hay una guerra en la que mueren miles de personas y no lo sea cuando los africanos hacen la paz. Leer más

Una escuela en Adjumani (Uganda)Se llama Sara, tiene 11 años y estudia cuarto de primaria en una escuela de las monjas del Sagrado Corazón en Adjumani, en el norte de Uganda. Hasta aquí nada de especial, si no fuera por un detalle importante: ella es la cabeza de familia de su hogar, donde tiene que ocuparse de otros cuatro hermanos pequeños. Sus padres viven en Sudán, donde han regresado hace poco después de largos años como refugiados en Uganda, y se dejan caer por la casa de vez en cuando. Como ella, hay miles de niños en esta zona. Cuando visité Adjumani por primera vez, en 1992, había allí 120.000 refugiados sudaneses en campos del ACNUR. Leer más

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