Cuando llegué por primera vez al norte de Uganda, a finales de 1984, la gente era pobre pero vivía con una cierta dignidad. Una familia normal podía tener de 15 a 20 hectáreas de terreno, más algunas cabezas de ganado, y vivía --azada en mano-- de lo que daba la tierra. Hoy, las cosas han cambiado mucho en lo que a alimentación se refiere, y no todas para bien.
Hace pocos días Naciones Unidas nos informaba que por primera vez en la historia el número de personas que viven en las ciudades supera a la población rural mundial. Uganda, con un 80% de sus 30 millones de habitantes viviendo aún en el campo, no es de los países más afectados por esta urbanización acelerada. Eso quiere decir que la mayor parte de estas personas producen sus propios alimentos. Y si la gente depende de sus tierras de cultivo, en un país de extensión casi como Inglaterra donde la población se ha doblado en los diez últimos años hasta alcanzar los 30 millones de habitantes actuales, cada vez hay menos tierra disponible. Esto ha hecho que las empresas transnacionales que comercian con semillas transgénicas y fertilizantes, que prometen una mayor producción, lleven años haciendo su agosto. Como es bien sabido, estas semillas producen cosechas de las que no se podrán apartar algunos granos para plantar en la siguiente temporada, por lo que cada vez que hay que plantar no hay más remedio que volver a comprar las mismas semillas.
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