viernes, 28 de marzo de 2008 12:20
José Carlos Rodríguez
Musulmanes y cristianos: distintas varas de medir
El bautismo del conocido periodista de origen árabe Magdi Allam, recibido del papa Benedicto XVI el pasado domingo de Pascua en Roma, ha dado lugar a todo tipo de comentarios y reacciones. No han faltado incluso los que han criticado al Papa por haber derramado el agua bautismal en la cabeza del musulmán converso, como si se tratara de un gesto contra la tolerancia religiosa. Lo que más me ha sorprendido es el casi total silencio en la prensa occidental de otro hecho que se produjo pocos días antes cuando el líder libio Gadafi hizo unas sorprendentes declaraciones sobre el cristianismo en la capital de Uganda.
Gadafi, a quien los libios tienen como su presidente desde que el chupa-chups valía una peseta, acudió a Kampala para inaugurar una mezquita que como no podía ser menos lleva su nombre. Está considerada la segunda más grande de toda África, ha sido generosamente financiada por el Gobierno libio y su construcción comenzó hace más de 30 años durante el régimen de Idi Amín.
Durante el acto, celebrado el 19 de marzo y al que asistieron cinco jefes de Estado africanos, el generoso patrocinador dijo que la Biblia es una "falsificación" y que uno de sus principales fallos es que no dice nada sobre el profeta Mahoma, particular este bastante difícil de entender ya que como es de dominio común cuando se terminó de escribir el último libro del Nuevo testamento faltaban aún varios siglos para que naciera el fundador del Islam.
En un país como Uganda, donde las relaciones entre cristianos y musulmanas se viven sin grandes tensiones ni problemas, estas declaraciones causaron una gran controversia. El arzobispo de Kampala, monseñor Cyprian Lwanga, invitó a los cristianos durante su homilía del día de pascua a que, a ejemplo de Jesús, perdonaran a Gadafi por sus declaraciones porque "tampoco él sabe lo que hace". Otros líderes religiosos católicos y protestantes, como era de esperar, también protestaron por los disparates del dictador libio, pero siempre en un tono conciliador y sin caer en la agresividad ni el insulto. El presidente ugandés Yoweri Museveni, muy listo él, se limitó a decir que las declaraciones de Gadafi eran "sus opiniones a título personal" y que como tal no merecían una respuesta oficial del gobierno. Casualidades de la vida, durante su discurso Gadafi aconsejó a Museveni que no dejara nunca el poder, ya que según él "los verdaderos revolucionarios no se retiran nunca". Quién sabe si en agradecimiento a este cumplido, el presidente ugandés --que lleva ya 22 años en el poder y va camino de seguir muchos más-- decidió no contrariar a su ilustre huésped que además tanto dinero inyecta en la economía de su país.
Y ahora trato de imaginarme una situación similar, pero a la inversa. Imagínense ustedes a una personalidad cristiana de cierta relevancia, ya sea un presidente, o un cardenal, o el mismo Papa, yendo a inaugurar una catedral en un país donde convivan cristianos y musulmanes, y declarando durante el acto público que el Corán es una falsificación o cualquier otra lindeza parecida. Estoy seguro de que durante muchas semanas o meses las reacciones que oiríamos resonarían fuertemente en los medios de comunicación de todo el mundo, se acusaría a la Iglesia de ser intolerante y de impedir el diálogo religioso, se exigiría desde todos los rincones una rectificación inmediata, etcétera, etcétera. Y, claro está, el atrevido que hubiera tenido la osadía de hacer tal declaración vería peligrar seriamente su vida como, por cierto, le ocurre al citado periodista Magdi Allam, quien desde varios años tiene que moverse con escoltas por haber criticado al integrismo islámico.
Nadie pone en duda que el diálogo interreligioso es uno de los pilares fundamentales para una convivencia pacífica entre personas de distintos orígenes, culturas y confesiones religiosas. El respeto mutuo a las creencias de otras personas es un valor en el que nunca se trabajará lo suficiente, sobre todo en un mundo como el nuestro en el que elemento religioso desempeña un papel muy importante en muchos de los conflictos que se desarrollan en la actualidad. Pero creo que deberíamos de ser un poco más justos y aplicar a todos el mismo rasero sin ningún tipo de complejos. Hoy en día, la Iglesia fomenta el diálogo entre religiones, respeta a los que siguen otras creencias y suele tener mucho cuidado para no ofender a nadie, y cuando alguien se siente vilipendiado --como ocurrió con el caso del famoso discurso del Papa en la Universidad de Ratisbona-- se hace un esfuerzo por aclarar las cosas e incluso rectificar con humildad. Mucho me temo que desde el mundo musulmán no suele ocurrir siempre lo mismo, y es una pena porque para que haya diálogo tiene que haber esfuerzo por ambas partes. A los hechos me refiero. La metedura de pata de Gadafi la semana pasada en Kampala es una prueba más de ello.