En lugares del mundo donde abunda la violencia, la tiranía y se pisotean los derechos humanos, a menudo la Iglesia es la única institución que puede prestar su voz a los que no la tienen y llamar la atención sobre los abusos que sufren las personas más vulnerables para que se respete su dignidad. Las comisiones de Justicia y Paz realizan una gran labor en los rincones más apartados del mundo. Sin embargo, desde hace algunos años, ha surgido una forma un tanto sutil de ‘domesticarlas' para que no supongan una amenaza a los poderosos. Les explico.

Déjenme que se lo cuente con mi propia experiencia. En 1997, formamos en Kitgum (norte de Uganda) la comisión católica de Justicia y Paz ante la gravísima situación de guerra y abusos de todo tipo sufridos por la población. Todos los días se incendiaban poblados, se secuestraba a niños para obligarlos a combatir en las filas de la guerrilla, se saqueaban casas y las mujeres sufrían abusos sexuales, y todo esto ante la pasividad internacional más absoluta.

En aquella época no teníamos dinero, ni había teléfono, ni acceso a internet ni ningún tipo de medios. Pero nos reuníamos con nuestros líderes de los comités de Justicia y Paz a leer la Biblia, rezar y decidir qué hacer en cada caso. Ayudamos a personas indefensas a presentar sus casos a la policía. Con una vieja máquina de escribir redactamos informes de abusos de derechos humanos y elaboramos listas de niños secuestrados y personas asesinadas, documentos que después enviamos a embajadas, medios de comunicación y organismos de defensa de los derechos humanos. Arriesgamos mucho y nos llovieron palos por todas partes, pero no nos rendimos.

Recuerdo una ocasión en la que el ejército disparó contra un grupo de guerrilleros del LRA ( Lord's Resistance Army) que llevaba atados con cuerdas a 40 niños y mató a 30 de ellos. Acudimos al lugar de la matanza a los pocos días. Tomamos fotos de los cadáveres, entrevistamos a algunos de los supervivientes en el hospital, testigos de los hechos, y dimos una gran difusión al informe. Como responsable del grupo, aquello casi me costó una expulsión de Uganda, pero no nos arrendamos porqué --faltos de dinero y de todo-- no nos faltaba ni la fe ni la convicción de lo que hacíamos y de a quién estábamos sirviendo.

Pasaron los años y de repente, quién sabe si por seguir la corriente de las modas mediáticas que vienen y van, empezaron a llegar al norte de Uganda personal de Naciones Unidas, oenegés, periodistas, diplomáticos y una gran variedad de personajes de la comunidad internacional, que desde el año 2004 convirtieron nuestra zona tan castigada por la guerra en un lugar de atención privilegiada. Y con ellos llegaron fondos, ayudas, dinero, gestionados por organizaciones que ofrecían financiación a organismos locales que trabajaran por la paz y a favor de la población.

Y entonces, las oficinas diocesanas de Justicia y Paz de las diócesis del norte de Uganda se encontraron con sustanciosas ofertas de fondos para sus actividades, y tuvieron que escribir propuestas de proyectos, algunos de los cuales eran aceptados y otros rechazados por los donantes. Al final, las actividades principales de estas comisiones que tanto se habían batido por los derechos de los más débiles se centraron en lo que se conoce en inglés los ‘workshops', o talleres, jornadas a las que se llama a líderes y responsables de grupos para recibir formación, intercambiar ideas y elaborar "planes estratégicos de acción".

Llegaron entonces expertos que nos enseñaron palabras nuevas como ‘advocacy', ‘lobbying', ‘acuerdo de intereses', ‘resolución de conflictos', ‘negociación'... las cuales desplazaron a los textos de los profetas Amós, Jeremías, Habakuk, Isaías y a las palabras claras y certeras de Jesús de Nazaret en los Evangelios. Y los nuevos diagramas con círculos sustituyeron al hambre y la sed de justicia, las Bienaventuranzas, la opción por los pobres, el clamor por el Reino de Dios y la vida en el Espíritu. Nuestros líderes, que antaño recorrían grandes distancias en bicicleta con listas de desaparecidos, arriesgando sus vidas, convencidos de que lo que hacían a los más débiles al mismo Señor se lo hacían, de repente empezaron a reclamar dietas y otras prebendas por cualquier servicio.

Al final, todo se convirtió en una sucesión ininterrumpida de reuniones, talleres, cursillos y seminarios en hoteles, donde se sale con un montón de papeles bajo el brazo pero con menos motivación y pocos deseos de arriesgar la vida por servir a Dios y a los más pequeños. Y con estas ayudas económicas se montaron oficinas gestionadas por burócratas bien remunerados, que al final tienen un gran interés en defender su puesto de trabajo y por lo tanto evitan los roces con los poderosos y buscan el entendimiento para al final optar por el silencio cuando se sigue pisoteando a los débiles.

Creo que no exagero. He visto situaciones muy parecidas a esta en otras diócesis de Congo, Burundi, Kenia y Ruanda. En este último país, hace apenas un mes, oía yo el lamento de un veterano misionero que me decía: "Con tanto dinero y reuniones interminables en hoteles han quitado los dientes a nuestros grupos de Justicia y Paz".

Me da pena pensar que tiene razón.