Camión. Cerca del barrio de Madjedje, en Nampula (Mozambique), se encuentra frecuentemente aparcado en una plazoleta un camión IFA, sin caja, que por lo visto es aprovechado por alguien para comercializar leña.

Cada día, mientras me acercaba a la sala de ensayo de los payasos de Casa Velha emplazada en aquellos andurriales y contemplaba aquel vehículo originario de la Alemania del Este, reflexionaba sobre el enorme cambio que había vivido aquel país y, de paso, caía en la cuenta de que era el mundo el que había cambiado de forma sorprendente con la caída del muro, con la perestroika, la glasnost, el fin de la historia de Fukuyama (quiero decir de la suya) y todo ese vórtice insaciable de hechos y deshechos. Todo ese huracán de realidades y ficciones catequéticas que hemos visto deshacerse y recomponerse truculentamente en 30 años.

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Cuando estuve en Cisjordania volví a mi casa perplejo, sin poder entender aquel mundo en el cual gente idéntica vivía en la ficción de dos Estados distintos, de dos religiones enfrentadas. Uno poderoso, humillando y aplastando al otro, sometido. Una red de carreteras para cada pueblo, vehículos que pueden circular en zonas delimitadas y otros que no, matrículas distintas, controles militares en todas partes, el agua dividida, gente viviendo encerrada en asentamientos fortificados. Una estructura mezquina pensada a favor del poderoso.

Volví empachado de una violencia omnipresente, cotidiana y familiar. En cualquier acto o cosa se había instalado la ignominia. De regreso a Europa todo volvió a la normalidad (a la nuestra), aunque no pasó inadvertida para mí la cuestión de que ante los hechos infames que se producen en Palestina cada minuto las posturas europeas tenían una gran carga de contradicción, estulticia e hipocresía.

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Cris y Claudio hicieron un trabajo maravilloso en Douma -- Damasco, con los artistas iraquíes, con los trabajadores sociales y con las niñas refugiadas y niños refugiados procedentes del desastre humano de Irak. Cuando volvían les pedí que me explicaran sensaciones, flases, porque nuestra actividad se fundamenta en las emociones, en esa comunicación que intento en vano  reflejar por escrito de vez en cuando.

Aún me emociono cuando leo los diarios de Claudio y de Cris, porqué pienso que hemos conseguido "suministrar" un poquito de felicidad a gente que ahora mismo está inmersa en el sufrimiento por su situación presente y por los horrores del pasado. Al margen de las experiencias en el trabajo concreto me sorprenden con unas cuantas anécdotas tangenciales.

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Una necesidad inherente a cualquier actividad humanitaria o de cooperación para el desarrollo, y casi me atrevería a decir que a cualquier actividad humana, es la de medir los resultados de las acciones que se llevan a cabo. Para ello, se han diseñado todo tipo de herramientas de gran precisión en las que por ejemplo tenemos matrices de planificación que supuestamente posibilitan, siempre y cuando haya interés, saber el grado de éxito de un proyecto determinado.

A nuestra organización, que sencillamente propugna difundir la risa y regalarla a  niñas y niños que por las circunstancias que sea experimentan mayor sufrimiento, partiendo del supuesto de que la risa beneficia sicológicamente al 'sapiens sapiens' actual, nos ha costado encontrar indicadores y fuentes de verificación que demuestren el impacto de la risa. Finalmente, Claret Papiol, uno de los analistas mas brillantes del fenómeno de la risa encontró la fórmula del fenómeno, hecho que podría ayudarnos a hallar indicadores perfectos.

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El hecho de que el público vea a una mujer actuando de payasa ya produce un shock importante. En determinados lugares del mundo puede resultar revelador, generar un estímulo mental, originar preguntas quizá sin una respuesta inmediata pero con una carga de profundidad importante. Inés de Asaco me explicaba que ella había vivido esta sensación en Pisco. La aparición de una payasa sorprendía a los espectadores, pero principalmente a las espectadoras. Cristina de Kamchatka, en Douma, cerca de Damasco, me contaba que las mujeres reían de una forma mucho más fresca y generosa cuando la veían a ella actuar. Entre las volutas de sorpresa y alegría se tejía una cierta complicidad entre mujeres. Leer más

Íbamos de camino al "Puente Lejano" y cerca de Arnheim nos paramos a contemplar un molino. Amin me preguntó si quería hacerme una foto con el molino detrás y acepté. Me senté en la barra del cuadro de la bicicleta con tanta mala fortuna que caí de espaldas y al final de mi trayecto hacia el suelo se me clavó el manillar en las costillas. El dolor era punzante pero Amin apostó por un extraño tipo de analgésico "Serás el primer cooperante que cae en un curso de preparación para primeras salidas. No te preocupes, te envolverán en la bandera de la organización". Empezamos a reírnos como locos y yo no sabía como soportar el dolor de la costilla fisurada en medio de tanta risa. Me acordaba de una ocasión en la que fui a visitar a un amigo recién operado y le hice reír tanto que provoqué que se le abriera la herida de la operación y que me echaran de la habitación.
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Denguito gritaba como un poseso "no puedo, no puedo, tengo miedo, no puedo subir..." Y el resto de los Mortimers intentaban consolarlo a la vez que lograban convencerlo de que el miedo es una reacción humana muy común y hasta necesaria. Finalmente, Denguito hizo de tripas corazón y se subió al rulo. Los espectadores aplaudieron entusiasmados. Era una victoria colectiva contra el miedo a las réplicas que se producían después del sismo de agosto.

Esto sucedía en San Clemente, en Pisco. Tres semanas antes, en agosto del presente año, un terremoto había provocado la muerte a más de 500 personas en esta zona del Perú. Médicos Sin Fronteras, como en otras ocasiones y ante otras catástrofes, nos invitó a participar en la emergencia dentro del contexto de las actividades de apoyo psicológico a las víctimas del terremoto. Una vez superada la fase de rescate de víctimas, en la segunda mitad de la fase de apoyo en necesidades básicas aparecían los payasos e iniciaban una larga gira por toda la zona afectada.

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Damasco

Sentados Consuelo y yo en la recepción del Centro de Registro de Douma, en la periferia de Damasco, y mientras esperábamos a que nuestro contacto en ACNUR volviera, contemplábamos la entrada de grupos de iraquís que llegaban en oleadas a inscribirse y a obtener su estatus de refugiado. Una mujer totalmente vestida de negro, probablemente viuda y con cinco niños, entraba en aquel momento con la cara pálida y visiblemente agotada al centro. Había culminado un largo proceso de espera y angustia hasta llegar allí.

No hacía muchos días que en los alrededores se habían producido algunos tumultos. La presión social y económica ejercida por dos millones de personas llegadas desde Irak empezaba a notarse en forma de inflación y colapso en los servicios educativos, sociales y de salud. A pesar de pertenecer al llamado "eje del mal", Siria era el único país de la región que abría sus puertas desde hacia meses sin condiciones al éxodo iraquí provocado por la guerra originada a causa de ciertas "armas de destrucción masiva". Sin entrar en calificaciones sobre regímenes el gran peso del enorme flujo migratorio se lo llevaba Siria, y todo tiene un límite. Hacía unos días que el gobierno había decidido exigir visados a los refugiados y ello había producido un movimiento repentino que colapsaba las estructuras de ACNUR. Leer más


Jóvenes del Sáhara
Algo realmente triste y doloroso es contemplar la existencia de las diásporas y a sus víctimas. Trabajar con poblaciones en esta situación no sólo es complejo, también genera una inquietud profunda y una enorme perplejidad. Nuestra especie mantiene a agrupaciones humanas desterradas de forma crónica. Ni la comunidad internacional, ni los organismos de Naciones Unidas, ni los estados "abanderados" en la defensa de los derechos humanos, ni los implicados en los conflictos son capaces de tomarse en serio este tipo de tragedias. Si uno observa a las víctimas y cae en la cuenta de que son de la misma materia que los verdugos tiene que agarrarse a alguna parte para no perder pie. Si algun día triunfara el cosmopolitismo sincero nos despertaríamos preguntándonos la razón por la cual permanencen en ninguna parte tantos miles de personas. Nuestra especie genera divisiones y subdivisiones de si misma para justificar la depredación y el parasitismo, es una forma de auto-amputación arbitraria la que ejerce el poder humano en la Tierra. Leer más

Niños, en Kosovo. Hace años, cuando empezaba a vagabundear por el mundo de la ayuda humanitaria, recuerdo que éramos tan pragmáticos y tan mecanicistas, que dirigíamos todos nuestros esfuerzos a resolver (perdonad la hipérbole) los problemas de la gente en términos materiales. Medicamentos, alimentación, agua, techo, vacunas, asistencia médica, apoyo en formación, era lo imprescindible y casi suficiente. Existía poco espacio para las emociones o para los sentimientos, éramos como militantes dogmáticos para los cuales lo último que se podía aceptar es que hubiera la posibilidad de sentir compasión por nosotros mismos. Nuestras mentes no importaban, pero tampoco importaban demasiado las de los llamados 'beneficiarios'. Nuestro trabajo se fundamentaba en administrar con mano de hierro la ayuda que canalizábamos. Con mucho esfuerzo llegábamos a aquella frase tan obsoleta hoy en día que dice: “no les des peces, enséñales a pescar”. Leer más

Actuación de Payasos Sin Fronteras, en los Balcanes.Los límites de nuestra empatía euroegocéntrica se rompieron cuando el sufrimiento de la guerra se acercó a nuestras puertas y estalló en la antigua Yugoslavia. Pudimos empezar a sentir el dolor de las almas de la gente de los Balcanes. Probablemente, la proximidad cultural nos permitía entender mejor la tragedia interior de aquellos niños, niñas, familias, la pérdida de sus casas, de su bienestar, de sus parques de atracciones, de sus cines, de sus autobuses, de un mundo tan próximo al nuestro… Creo que aquel fue un paso hacia delante en términos de madurez en el mundo humanitario, porque a partir de allí empezamos a estar más preparados para interiorizar mejor la tristeza de otra gente de otros lugares más lejanos, y nos dimos cuenta de lo trascendental que era una sonrisa. Leer más

Payasos de Mozambique.En los países en situación precaria la cultura es algo que no se contempla desde un punto de vista institucional. Cuando llegamos a un país para trabajar siempre intentamos concertar un encuentro con algún funcionario del Ministerio de Cultura. Lo hacemos por educación y respeto. No nos parece lógico entrar en un país sin llamar a la puerta, sobretodo si el timbre funciona, aunque sino funciona golpeamos respetuosamente con los nudillos en la madera. La última vez lo probamos en Maputo y, como suele pasar, las dependencias del Ministerio eran más que humildes. Comprobamos que Cultura era el último gato en términos institucionales, pero demostramos nuestro respeto hacia la institución y hacia las autoridades locales. Leer más