Entrar en la Franja de Gaza ya hace años que se ha convertido en una lotería caprichosa, cuyo bombo mueve la Administración israelí de turno de forma aleatoria, o al menos esta es la sensación que tenemos nosotros observando los hechos. Este verano, una vez mas, se llevan a cabo los juegos de verano en Gaza y UNRWA (la agencia de la ONU para los refugiados palestinos) solicita la realización de actividades dirigidas a distraer a los niños y niñas de este territorio. Este verano es más especial que otros debido a la terrible tragedia que vivió la población palestina durante el invierno de 2008-2009 cuando fue atacada por el Ejército israelí de forma salvaje. Nuestra ayuda, a veces cuestionada por algunos seres gélidos, que todo lo miden materialmente, tenía este año más lógica que nunca. Niños y niñas esperaban con impaciencia la aparición de los payasos y payasas en Gaza; un momento de alegría para diluir la acumulación de amargura y terror.
No ha sido posible debido a que la Administración de Israel primero nos exigía un número de registro como organización israelí que nunca nos ha pedido anteriormente. Días antes habíamos actuado para niños y niñas israelís afectados por el conflicto y principalmente por el lanzamiento indiscriminado de cohetes Qasam por parte de Hamas y, en ese caso, tuvimos la suerte de que no nos pidieran el dichoso numerito.
Es el único regusto positivo de tener amigos en los kibutz y moshavin de allí, el de recordar la sonrisa de los niños y niñas israelís, el saber que más allá de la política sectaria y fanática existe y funciona la política de relación entre personas. Claro que no podemos evitar que nos quede la tristeza profunda de no haber podido llegar a los pequeños del otro lado. La última explicación, peregrina por supuesto, que da el Gobierno israelí para impedirnos entrar en la Franja es la de que nuestra ayuda humanitaria no es de emergencia.
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