
Cuando estuve en Cisjordania volví a mi casa perplejo, sin poder entender aquel mundo en el cual gente idéntica vivía en la ficción de dos Estados distintos, de dos religiones enfrentadas. Uno poderoso, humillando y aplastando al otro, sometido. Una red de carreteras para cada pueblo, vehículos que pueden circular en zonas delimitadas y otros que no, matrículas distintas, controles militares en todas partes, el agua dividida, gente viviendo encerrada en asentamientos fortificados. Una estructura mezquina pensada a favor del poderoso.
Volví empachado de una violencia omnipresente, cotidiana y familiar. En cualquier acto o cosa se había instalado la ignominia. De regreso a Europa todo volvió a la normalidad (a la nuestra), aunque no pasó inadvertida para mí la cuestión de que ante los hechos infames que se producen en Palestina cada minuto las posturas europeas tenían una gran carga de contradicción, estulticia e hipocresía.
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