Dentro de un par de días salen nuestros payasos burgaleses Javier Rey y Javier Ariza de Teatro La Sonrisa a Kosovo-Kosova. El sueño de estos payasos sin fronteras incondicionales y curtidos en cien mil carcajadas es el de hacer reír a todos los niños y niñas de las diferentes localidades de este territorio; albaneses, serbios, gitanos, bosnios, turcos... En realidad, intentamos apoyar a aquellos niños y niñas que viven la anomalía de la segregación étnica. Al norte de Mitrovica encontramos a albaneses aislados, al sur de Mitrovica encontramos a serbios en la misma situación, así como núcleos de población de diversas etnias que también sufren la tensión entre comunidades.

El hilo conector que debería resolver esta confusión en la que vive el homo sapiens sapiens de la zona es la sonrisa de los niños y de las niñas; aquello que en definitiva demuestra que más allá del esfuerzo de muchos adultos por remarcar las diferencias entre comunidades (siempre artificiosamente en base a la manipulación de la historia y de sus elementos culturales) es inevitable reconocer que todos los niños y niñas merecen por igual la alegría que los adultos con nuestras cuitas les negamos.

Esa igualdad que parece tan obvia, incluso a los ojos de personas aparentemente xenófobas, debería trasladarse a los adultos para impedir el uso de argumentos burdos a la hora de construir muros y expulsar a determinados colectivos de nuestro lado con el fin de repartir de forma arbitraria los recursos. Es así como irán los payasos de localidad en localidad, de comunidad en comunidad, intentando reconfortar a niños, niñas y adultos, y a su vez tratando de transmitir el mensaje de proximidad entre gentes enfrentadas, ellos que aun pueden harán lo imposible por conseguirlo...

Esta es una obsesión que nos empuja a intentar hacer lo mismo en el Líbano o en Palestina/ Israel. Los niños y las niñas que sufren los conflictos merecen reír más allá de cualquier apreciación política, da igual si están a un lado u otro de Erez, del puente de Mitrovica, al este o al oeste de Beirut, y nuestros payasos y nuestras payasas después de sus espectáculos volverán a su casa con el mismo mensaje pero reforzado y multiplicado por cien, porque no creáis que aquí no necesitamos refrescar la memoria.

No hace mucho en uno de mis posts en los que hablaba de la situación en el Líbano alguien observaba acertadamente que no hacía falta ir tan lejos, que en Bélgica se vivía una situación patética entre valones y flamencos, y en los últimos días las noticias que nos llegan de Italia sobre el acoso a comunidades gitanas también son alarmantes.

Ante estas construcciones en sus viajes de ida y vuelta, o de ida e ida (los payasos siempre van, nunca estan de vuelta), nuestros payasos se enfundan su nariz y al tiempo que reconstruyen y conquistan el espacio público para la población con sus actuaciones, activan la sonrisa de los niños cual mecanismo de emergencia que recuerda a las comunidades enfrentadas su dislate y su torpeza. Los niños ríen y lloran igual a un lado u otro de las fronteras.