Cuando estuve en Cisjordania volví a mi casa perplejo, sin poder entender aquel mundo en el cual gente idéntica vivía en la ficción de dos Estados distintos, de dos religiones enfrentadas. Uno poderoso, humillando y aplastando al otro, sometido. Una red de carreteras para cada pueblo, vehículos que pueden circular en zonas delimitadas y otros que no, matrículas distintas, controles militares en todas partes, el agua dividida, gente viviendo encerrada en asentamientos fortificados. Una estructura mezquina pensada a favor del poderoso.

Volví empachado de una violencia omnipresente, cotidiana y familiar. En cualquier acto o cosa se había instalado la ignominia. De regreso a Europa todo volvió a la normalidad (a la nuestra), aunque no pasó inadvertida para mí la cuestión de que ante los hechos infames que se producen en Palestina cada minuto las posturas europeas tenían una gran carga de contradicción, estulticia e hipocresía.

Un tiempo después aparecieron unas imágenes que provocaron mutaciones en mi estado anímico: una foto de Kim Manresa en la que el payaso Luismi actúa para un público muy especial y las imágenes del Diario de guerra de un payaso de Mikio, dónde ese público vuelve a protagonizar la escena. Solazándome en ellas alivié la amargura y la desesperación que se habían instalado en mi. Hoy, aún sigo aturdido pero sé que detrás de las risas que veo puede estar la respuesta y probablemente la salvación.

Cuando empecé a ver el documental de Mikio (inédito en estos momentos) lo hice predispuesto a ver una vez más sonrisas de niños mezcladas y justificadas en el repulsivo caldo del conflicto arabe-israelí. No hay nada tan maravilloso como activar la risa de una niña o de un niño en una zona azotada por las trifulcas de los adultos. Esperaba con un vivo interés visionar la parte de Gaza, la parte más caliente en aquellos momentos y en la que Hamas acababa de ganar las elecciones. Tenía ganas de comprobar mediante imágenes cómo habíamos resuelto tantas incógnitas logísticas y de seguridad, y cual había sido el resultado en risas.

De repente, como un autómata, empecé a rebobinar una escena repetidas veces. Era una escena que se producía en el acceso fronterizo a Gaza en la que unos militares israelíes se divertían con los números de magia de nuestros artistas. "No hay nada como la risa de un niño" me repetía para mis adentros, y luego pensé que quizá no era cierto del todo, porque también es incomparable la risa alegre, tierna e infantil de un o una soldado. Nos permite redescubrir su humanidad, soñar que tal vez algún día dejará de serlo, adivinar la solución al conflicto. Salvando las distancias, en muchos sentidos me recordaba algo al contraste provocado por Kubrick al final de Senderos de Gloria. No hay cosa más tremenda que constatar nuestro error viendo al soldado llorar o reír con ternura. 

Antes, ya había visto la impresionante foto de Luismi en la que en un check-point actúa para los soldados y arranca francas sonrisas (podéis verla en este post). Es una formidable Gioconda de la cara del mundo humano que nunca termino de contemplar, a la que me acerco, de la que me alejo, intentando descifrar. Nunca lo consigo y me quedo con la duda ¿Ríe? ¿Pero y el fusil? ¿Realmente son sonrisas? ¿O son un esbozo? ¿Son un engaño? ¿Son una trampa? ¿O son la expresión habitual de la humanidad? ¿Esa mezcla de maravilla y horror? ¿Somos los soldados niños y por eso nos engañan tan fácilmente?