lunes, 21 de enero de 2008 7:51
Carles Requena
Las payasas y la comicidad femenina

El hecho de que el público vea a una mujer actuando de payasa ya produce un
shock importante. En determinados lugares del mundo puede resultar revelador, generar un estímulo mental, originar preguntas quizá sin una respuesta inmediata pero con una carga de profundidad importante.
Inés de Asaco me explicaba que ella había vivido esta sensación en Pisco. La aparición de una payasa sorprendía a los espectadores, pero principalmente a las espectadoras.
Cristina de
Kamchatka, en Douma, cerca de Damasco, me contaba que las mujeres reían de una forma mucho más fresca y generosa cuando la veían a ella actuar. Entre las volutas de sorpresa y alegría se tejía una cierta complicidad entre mujeres.
Enrica del Trío La La La y Nuria sufrieron bastante la diferencia de trato que los hombres brindan a las mujeres en Cisjordania pero se entregaron a la tarea universal y de especie desde la cual el payaso y la payasa exponen sus emociones desmontando estereotipos. El clown no es un actor que representa a un personaje, el clown es él mismo en situaciones extremas. Sin las payasas seríamos menos de la mitad de la humanidad, sólo expresaríamos las emociones del simbólico masculino y en resumen no seríamos nada o menos que nada.
Por si fuera poco una de las grandes maravillas del payaso o de la payasa es que al actuar desde un mundo especial gozan de carta blanca para transgredir conceptos que socialmente se han acomodado en nuestras mentalidades. El payaso puede explorar su condición femenina y la payasa la masculina, sin que ello deba conducir al escándalo a nadie, a fin de cuentas actúa en el marco de un acuerdo colectivo que no es necesario formalizar pero que todo el mundo entiende, sus propuestas pueden ser recogidas en clave de reflexión, o pueden ser rechazadas como las extravagancias de un ser "loco".
El último éxito lo lograron Anna Montserrat y Ariadna Planas en Mozambique. Nada menos que dos mujeres lideraron con una gran autoridad el proceso de apoyo en la dirección de su producción local a un grupo de artistas mozambiqueños integrado mayoritariamente por hombres. Es cierto que no es un país especialmente machista pero lo es, y no deja de ser doblemente pedagógico que las mujeres formen a hombres.
En cada profesión y actividad la mujer tiene un papel revolucionario y restaurador, y si fuera cierto que el simbólico del amor es un buen antídoto ante el del poder, como las feministas de la diferencia afirman, podríamos llegar a la conclusión de que la payasa, al añadir una dosis especial de simbólico del amor a su pócima transgresora podría constituirse en una mensajera especialmente esperanzadora para los niños y las niñas del mundo.