lunes, 19 de noviembre de 2007 19:44
Carles Requena
Hija de los Balcanes
Los límites de nuestra empatía euroegocéntrica se rompieron cuando el sufrimiento de la guerra se acercó a nuestras puertas y estalló en la antigua Yugoslavia. Pudimos empezar a sentir el dolor de las almas de la gente de los Balcanes. Probablemente, la proximidad cultural nos permitía entender mejor la tragedia interior de aquellos niños, niñas, familias, la pérdida de sus casas, de su bienestar, de sus parques de atracciones, de sus cines, de sus autobuses, de un mundo tan próximo al nuestro… Creo que aquel fue un paso hacia delante en términos de madurez en el mundo humanitario, porque a partir de allí empezamos a estar más preparados para interiorizar mejor la tristeza de otra gente de otros lugares más lejanos, y nos dimos cuenta de lo trascendental que era una sonrisa.
Payasos Sin Fronteras nació en la exYugoslavia y es hija de los Balcanes. Surgió en ese momento, cuando nos dimos cuenta de que lo necesitábamos todo para combatir otra época de oscuridad en nuestro continente. Hasta reír era imprescindible. Luego vimos que ese 'hasta' sobraba y que esa necesidad de resurgir existía en muchos lugares del mundo y en muchos corazones de nuestra especie.
Hoy, parece que esta idea empieza a estar más clara. Las personas no solo necesitamos alimentos, techo, mantas o medicamentos. Necesitamos cariño, necesitamos reír, necesitamos que alguien nos haga reír. Los programas de salud mental y de apoyo psicológico ya son inherentes a las catástrofes y a su tratamiento desde el punto de vista humanitario, son la base de un tipo de aproximación a las poblaciones que reduce el desnivel conceptual entre norte y sur, entre desarrollados y no desarrollados, entre pobres y ricos. Considerar que todos tenemos derecho a reír no es solo un principio de justicia social, también es reconocer que todos tenemos sentimientos y necesitamos esperanza.
Hace poco, el grupo Trup de Nassos volvió de Bosnia, y a alguien le puede resultar anacrónico volver de allí ahora, volver de aquel lugar donde el parche de los acuerdos de Dayton no ha resuelto los problemas de convivencia entre comunidades, pero la gente de los campos de refugiados crónicos les decía: “¿Por qué habéis tardado tanto en volver? ¿Os habéis olvidado de nosotros?”
Muchas veces paseo por mi ciudad y me la imagino destruida, con los edificios resquebrajados por el acoso de las armas pesadas, sin cristales, llena de basura, sin animales de compañía, con el Maremagnum abandonado y las atracciones herrumbrosas, los parques descuidados, con controles ejercidos por milicianos asesinos, las tiendas cerradas y cosas peores. Lo pienso porque me digo que también nos podría pasar a nosotros. Entonces, sé que si viera a unos payasos extranjeros actuando improvisadamente para los niños que quedan de mi ciudad lloraría de emoción al pensar que alguien con tan 'poco' que ofrecer se ha acordado de mi, de nosotros, de todos.