Justina LlaucasLes quiero compartir el testimonio de mi colega Elva Abad que se hizo presente en los lugares afectados por terremoto que asoló Perú a mediados de agosto:

“Al día siguiente del terremoto ocurrido en Perú, el miércoles 15 de agosto, partimos con un equipo de Oxfam hacia la zona de Pisco, donde el epicentro de 7,9 de intensidad, se llevó muchas vidas, casas, escuelas, iglesias y sueños de miles de peruanos que jamás se imaginaron que algo así les pudiera pasar.

Nos encontramos con  un escenario desgarrador, como si una bomba hubiese caído del cielo y en medio de la oscuridad, el caos y el desconcierto total, el día nunca  fuera a llegar. Faltaban pocas horas para el amanecer y tengo que confesar que no pude dormir. En medio de la oscuridad de la habitación que nos albergó esa noche, y que compartimos con los miembros del equipo, me quedé despierta en silencio, como ellos tal vez, en estado de alerta, tratando de escuchar por anticipado las réplicas y pensando que otro terremoto no podía repetirse. Que el daño era ya tan grande y devastador, que la naturaleza no podía ensañarse nuevamente, al menos no con ellos, con ellos que lo habían perdido todo.

Apenas comenzó a amanecer, lo que nuestros ojos veían en las calles, no se comparaba con las noticias que se mostraban en todos los medios, en todas las declaraciones. Y es que estar ahí, con ellos, nos permitió sentir de cerca su dolor, su desesperación, su necesidad y, sobretodo, sus ganas de aferrarse a los otros, los otros que "éramos nosotros”, los que  teníamos el deber de ayudar.

Nos dirigimos hacia las zonas rurales, esas zonas donde la atención siempre demora en llegar o nunca llega. Todos clamaban por ayuda también, todos querían mostrarnos sus casas dañadas, inhabitables, sus ollas vacías, y la desesperación de quedarse sin alimentos para sus pequeños hijos, porque ellos, los grandes, podrían aguantar.

En medio de tantos desoladores testimonios, escuché la voz de la señora Justina Llauca, una mujer de 67 años, a quien su vivienda el terremoto también  había derrumbado, pero no sus ganas de salir adelante. Ella vendía en la puerta de su casa, bajo unas pequeñas esteras, dulces, bebidas y uno que otro abarrote para ayudarse con la economía diaria. Tras el terremoto, pudo rescatar lo poco que no se había dañado, y podía contribuir de esa manera con las “ollas comunes que su comunidad venía implementando para que nadie se quedase sin comer. “Aquí nos quedaremos esperando su voluntad, no nos olviden”, fue lo que me dijo sonriente al despedirme, y  es la  frase que recuerdo cada vez que pienso en ellos.

Han pasado varios días del terremoto y la ayuda humanitaria de muchos lugares del mundo ha llegado por cielo, mar y tierra a las zonas más afectadas del Perú. Ayuda que ha venido convertida en albergues, alimentos, agua, medicinas, bomberos, especialistas humanitarios, artistas, voluntarios, sonrisas, etcétera, donde la solidaridad se ha puesto de manifiesto una vez más, y de donde nos cogeremos para agradecer infinitamente y seguir creyendo que nos necesitamos los unos a los otros para avanzar. Y para nunca olvidarnos de todas las Justinas Llaucas, que con una sonrisa nos esperarán en algún lugar del mundo, siempre que haya voluntad”.