Llegué a Nepal en enero de 2007, no era mi primera vez en el país, pero estaba segura de que la experiencia iba a ser diferente. Estaba allí para una estancia larga, para estudiar, trabajar y sumergirme en una cultura que ya conocía, pero que es tan compleja que requiere su tiempo para comprenderla plenamente. Además, llegué en un momento en que la situación política a pesar de estar tranquila era muy inestable y el país siempre estaba con la incertidumbre de que alguna cosa iba a pasar.
El retrato que puedo hacer ahora, después de casi un año de vivir aquí, es que en Nepal nada es lo que parece y que es un milagro que el país siga 'funcionando'. Seguramente, la razón es la capacidad de los nepalís de aceptar las cosas como vienen, sin luchar ni enfrentarse a ellas. Esta es una lección que he aprendido aquí: ante el sufrimiento no hay que intentar cambiar las cosas para dejar de sufrir, sino aprender a ser feliz en esas condiciones. Los nepalís llevan esta filosofía hasta un extremo casi excesivo desde mi punto de vista, es cierto que el cambio a veces no depende de uno mismo y es un largo camino, pero cambiarse a uno mismo sí está en nuestras manos. Leer más