SamipSilu y Samip son dos de los niños que son atendidos en nuestro centro de educación especial en Pokhara. Ambos sufren parálisis cerebral y pertenecen a familias sin recursos.

El terreno de las discapacidades en Nepal está bastante abandonado, como demuestra la escasez o falta de especialistas para tratar a los afectados, la ausencia de centros educativos especializados, la inexistencia de adaptaciones en este ámbito, de programas de sensibilización y de ayudas para los afectados.
 
Algunas oenegés y entidades privadas han empezado ya a trabajar para mejorar la calidad de vida de estas personas, pero los resultados están aun muy lejos de cubrir las necesidades de una patología que en Nepal afecta a uno de cada 200 nacimientos, un porcentaje muy elevado si se compara con los de nuestro país. Las razones del alto porcentaje  son el bajo control de la mujer durante el embarazo, los partos en casa sin atención médica y las diferentes infecciones durante los primeros años de edad.

El origen de nuestra organización, Sathi Sansar, fue la imposibilidad de encontrar un centro apropiado para un niño con retraso mental y problemas psicológicos de origen desconocido que encontramos en un orfanato, en el que se le cubrían las necesidades básicas de comer y dormir pero nada más. A partir de aquí nos planteamos unos objetivos, que pasaban por abrir un centro de educación, dar apoyo a las familias afectadas y organizar programas de sensibilización dirigidos a las familias para reducir la incidencia de esta discapacidad y frenar la estigmatización de los afectados.

Los inicios fueron duros. Éramos tres jóvenes con poca experiencia, arropados por una organización que acababa de nacer y tratando un tema que importa poco en Nepal.

A nadie se le escapa que la dimensión del problema, los escasos recursos, la poca colaboración y, en definitiva, la lentitud y la  pequeñez de los logros nos ha hecho sentir en ocasiones como un náufrago perdido en el océano, que todo lo ve negro, absurdo, inútil.

De ahí que  historias como las de Silu y Samip, que les invito a compartir, nos dan fuerza, alegría y optimismo para seguir con el trabajo.

Silu pertenece a una familia con tres hijos, económicamente muy débil. En su casa, cada miembro hacía su vida sin prestarle demasiada atención. En el fondo, se avergonzaban de ella y preferían ignorar su existencia. Cuando los profesores de Sathi Sansar propusieron a sus padres que viniera al centro se mostraron reacios, con el argumento de que la niña no servía para nada y que no valía la pena hacer ningún esfuerzo.

La reacción de los padres puede parecer muy fría y cruel, pero en un país donde las discapacidades aún se atribuyen a un mal karma y los hijos se conciben como mano de obra para sostener la familia, que nazca un discapacitado se ve como un auténtico desastre. A pesar de su opinión negativa accedieron a que Silu viniera al SEC (Special Education Center). La realidad, ahora, es que Silu es una niña encantadora, que ha sabido ganarse el cariño de sus compañeros y profesores, extremadamente cariñosa con todo el mundo, con mucho interés por las actividades que hace el centro y que ha avanzado mucho en su psicomotricidad, en la reacción a los estímulos, en autonomía y capacidad de atención.

Silu es una de las protagonistas del centro, un detalle que ha percibido su familia, hasta el punto que ha cambiado el trato que antes tenía con ella. Un hecho muy importante, porque es con ellos con quien pasará el resto de su vida. Ahora, cuando vamos a casa de Silu es la reina del barrio, sus hermanas juegan con ella, los vecinos también y, sobre todo, forma parte de una sociedad que antes la rechazaba.

La historia de Samip es otro ejemplo de integración y concienciación. Cuando llegó el momento de la ceremonia de introducción al hinduismo, algo así como la comunión para los cristianos, celebró una fiesta con rituales religiosos, comidas, regalos, familiares y amigos. Nuestra sorpresa fue cuando su familia vino a la escuela para invitar a todos los niños a su casa en motivo de esta celebración. Fue muy emotivo ver como todos los niños disfrutaban de la fiesta y la buena acogida que les dieron los invitados. Y ello, gracias a que los padres de Samip habían cambiado su mentalidad respeto a la discapacidad de su hijo.

Silu y Samip, junto a sus compañeros, son el motor de Sathi Sansar, que con pequeñas historias como estas nos animan a seguir la lucha.