Charla mujeres nepalísEn Nepal la gente es muy abierta y simpática, además de curiosa. Siempre que ven a un blanco suelen acercarse para entablar conversación y las preguntas acostumbran a ser siempre las mismas y en el mismo orden: ‘First time Nepal?’ (¿Primera vez en Nepal?),  ‘Do you like Nepal? (¿Te gusta Nepal?), Trekking? Y si en ese momento pones cara de no saber qué contestar, ellos mismos te dicen: NGO? (¿Oenegé?).

Imagino que esto puede dar una idea de la cantidad de blancos que andan por aquí colaborando en oenegés de muy distintas formas, como expatriados de larga estancia, voluntarios que vienen durante el mes de vacaciones, voluntarios que se quedan unos meses, especialistas… De forma inconsciente y pasiva, la sociedad nepalí, llena de necesidades, con escasez de trabajo y que conoce muy poco de la realidad del mundo occidental, hace su propia lectura. Para ellos, el blanco es una persona con dinero y con la vida resuelta que viene a hacer de buen samaritano.

Cautivos de esta forma de entender las cosas, muchos no entienden, o no hacen el esfuerzo de entender, qué lleva a un cooperante a establecerse en su país. Miran con incredulidad el trabajo de las oenegés y reafirman su actitud al observar cómo entre los cooperantes, voluntarios, expatriados, turistas solidarios y demás personas que vienen a  Nepal, hay muchos que llegan cargados de buenas intenciones, atraídos por la exuberancia de un territorio y el carácter de la gente, pero sin conocer bien el país, el entorno y  sin prever cuáles van a ser las consecuencias de su trabajo.

El resultado de una cosa y de  otra es que progresivamente se extiende el sentimiento de que nosotros tenemos la obligación de ayudarles porque ellos son pobres. Ayudar  se convierte en una exigencia, en la que prima el interés individual y la mejora de las condiciones de vida  personales por encima del interés social. Una tendencia que se ha consolidado con la bajada del turismo, una fuente considerable de ingresos antaño, y que al menguar ha convertido a las oenegés en su sustituto.

Yo misma empecé a participar en trabajos de cooperación en Nepal sin ningún tipo de formación, solo aplicando el sentido común. Soy fundadora de una de las miles de oenegés que hay en el país. Dejé mi vida en Barcelona para venir a vivir aquí. Pese a todo, a veces me pregunto si habría dejado mi vida para marcharme un año a Afganistán. ¿Lo hubiera hecho o en el caso de este país lo que nos atrae es la inyección de moral que supone para nuestro ego la amabilidad de sus gentes? Y visto desde esta perspectiva. ¿mi presencia en Nepal contribuye a mejorar la situación en la que viven o tiene efectos colaterales, haciéndoles más dependientes? Aun ahora, después de un año de trabajo firme en el país, sigo sin una respuesta definitiva.

Las cifras, como siempre, pueden ayudar a la respuesta. En Nepal, trabajan 136 oenegés internacionales y hay registradas 22.928 oenegés locales, la mayoría de ellas apoyadas econonómicamente por organizaciones o personas privadas del exterior. Teniendo en cuenta que la población ronda los 25 millones de habitantes, esto significa que hay una oenegé por cada 1.000 individuos. A pesar de este porcentaje el número de niños de la calle aumenta, no se frena la emigración a Katmandú desde las zonas rurales y las tasas de analfabetismo siguen siendo altísimos, con un 88% entre las mujeres.

Al repasar estas cifras la intuición me dice que algo no funciona. Quizá el aumento de oenegés no se corresponde con el aumento de recursos, quizá los recursos no están bien canalizados, quizá no son suficientes, o quizá las oenegés no cooperan para el desarrollo. Demasiados interrogantes para que, entre todos, no hagamos una  reflexión.