Mezquita e iglesiaKosovo representa la historia de un matrimonio mal avenido entre dos comunidades que históricamente se han disputado la legitimidad y soberanía sobre un territorio cuyo destino debería pertenecer a sus gentes y no a las banderas ni a las religiones que de manera trágica siempre han marcado el devenir de los acontecimientos históricos. Hablamos de las dos grandes cuestiones transfronterizas que mantienen a este territorio atrapado entre dos fuegos: la cuestión nacional albanesa y la cuestión nacional serbia.

En un territorio de aproximadamente 11.000 km2 y con una población cercana a los 2.500.000 habitantes, la etnia mayoritaria que es la albanesa, representa prácticamente el 90% de la población, y los miembros del resto de las comunidades en minoría se reparten aproximadamente de la siguiente manera: serbios 7%, bosniacos 3%, roma 2% y turcos 1%.

El pasado mes de febrero, Kosovo declaró su independencia con respecto a Serbia de manera unilateral y paso así de ser una región a convertirse en un país que todavía da sus primeros pasos y se encuentra en proceso de consolidarse como tal, lo cual incluye su plena integración en la esfera internacional. A fin de evitar la compleja tarea de adentrarme en cuestiones de naturaleza política o en las mismas raíces históricas de este conflicto, lo que me gustaría hacer en éste y los próximos artículos es una lectura más humana de los acontecimientos que he vivido recientemente y las sensaciones que me provoca vivir en un lugar lleno de barreras.

Me refiero a distintos tipos de barreras invisibles pero de consecuencias reales, que constituyen serios obstáculos en la vida de las personas y que les impiden crecer y desarrollarse tanto en su esfera individual como colectiva, en condiciones de normalidad.

Mi compromiso y el de mis colegas de organización es contribuir a que un tipo determinado de barreras, las relacionadas con el acceso al sistema de justicia, puedan ser reducidas o eliminadas en el mejor de los casos y por ello centramos nuestra labor en establecer puentes entre la población local, por un lado, y la administración civil y de justicia, por otro.

En definitiva, lo que buscamos es facilitar el ejercicio de derechos fundamentales a quien vea amenazada su propiedad, a quien hayan sido denegadas las ayudas sociales correspondientes, a quien haya sido despedido de manera improcedente, a quien no tenga acceso a documentos personales por encontrarse desplazado de su lugar de origen, etcétera. Por otro lado, también intentamos facilitar el acceso al mercado laboral, a través de los talleres de formación profesionales en sectores que presenten un alto nivel de demanda.

Tender puentes es el objetivo y a ello dedicamos nuestros esfuerzos. Además, toda persona que haya cruzado la puerta de cualquiera de nuestras oficinas siempre ha sido atendida de igual manera, es decir, nuestra actuación ha estado regida por un respeto escrupuloso al principio de no discriminación. Y esto, por obvio que parezca tratándose de una oenegé, debe ser remarcado porque no siempre es fácil trabajar de acuerdo con este principio en territorios del mapa balcánico en los que  la limpieza étnica ha eliminado a los miembros de otras comunidades o reducido su presencia a la mínima expresión.

Kosovo, posiblemente la más mediática de las situaciones de posconflicto de los Balcanes (aunque menos compleja que la de Bosnia y Herzegovina, donde la correlación de fuerzas esta mas equilibrada), es un buen ejemplo de esta búsqueda de equilibrio a la que se hace mención, en un contexto en el que el conflicto entre albaneses y serbios ha dado lugar a la configuración de un mapa donde predomina de manera muy acusada la homogeneidad étnica después de que hayan existido importantes movimientos de población como consecuencia directa de la guerra.

Todavía existe una dualidad maniquea que establece la ecuación destructiva del enfrentamiento permanente y que salpica a una sociedad que tiene dificultades en librarse de la carga moral que supone observar el desarrollo de los acontecimientos desde el prejuicio y la no aceptación de las diferencias.

Y es que en esta región de los Balcanes, no existe una única verdad. Hay muchas verdades, aunque parece que todavía debe pasar algo de tiempo para que tanto serbokosovares como albanokosovares se den cuenta de ello.

Creo, sinceramente, que las únicas verdades incuestionables que a día de hoy existen en Kosovo son las que nos hablan de familiares fallecidos, hogares perdidos, huidas sin retorno, miedo a moverse, o la falta de acceso al mercado laboral, entre otros muchos problemas que acechan a la sociedad kosovar en su conjunto, y en especial a las minorías.

Con una sociedad tan polarizada, la independencia declarada no resuelve los problemas de un día para otro, aunque puede que se trate de la única salida que en términos de estabilidad y futuro ofrece un mínimo de garantías en el medio y largo plazo.

En definitiva, las cosas siguen, prácticamente, como estaban. El futuro es incierto para Kosovo y lo seguirá siendo hasta que las partes en conflicto logren dejar el odio que arrastran desde hace tanto tiempo e intenten llegar a un acuerdo de mínimos que les permita empezar a construir un futuro en común.