viernes, 25 de enero de 2008 21:52
Anna Isern,
Recuperando la espiritualidad maya
Este fin de semana hemos estado en una actividad que nos ha dejado a todos y todas profundamente impactados.
Os sitúo primero: AFOPADI (Asociación de Formación para el Desarrollo Integral) es una de las organizaciones con quien Veterinarios Sin Fronteras trabaja en Guatemala. Esta organización se dedica a ejecutar proyectos de desarrollo rural en ámbito como la salud, la educación, la agroecología en la región de San Ildefonso Ixtahuacán, Huehuetenango, con campesinos y campesinas indígenas mam que viven en situación de extrema pobreza.
Una de las cosas que más nos gusta de esta organización es que su principal objetivo no es sólo fortalecer la economía de los campesinos de la región, sino también (e igual de importante) fortalecer su dignidad como indígenas mayas. Y eso no es fácil, después de 500 años de vivir el racismo y la exclusión en carne propia.
Pues bien, resulta que hablando con los ancianos y ancianas de las comunidades, se han enterado de que antiguamente, en las fechas posteriores a la cosecha del maíz, si ésta había sido buena, toda la comunidad subía al cerro Pix Pix (la montaña más alta de la región) para hacer una ceremonia de agradecimiento a sus dioses. Así que han decidido que este fin de semana, la comunidad recuperaría una de sus tradiciones más espirituales.
No ha sido fácil organizarla, en la región ya no quedan sacerdotes mayas y ha habido que ir a buscar a una sacerdotisa indígena mam que vive en la costa. Tampoco se venden ya en las tiendas locales ‘los materiales' necesarios para la ceremonia: pom, copal (resinas aromáticas), incienso, aguardiente, candelas de todos los colores...Y lo más difícil ha sido animar a toda la comunidad a participar de forma abierta, sin avergonzarse de ello o a escondidas para evitar los chismes.
Finalmente, nos el sábado nos reunimos a las 6 de la mañana frente al caminito que conduce al cerro. Impresionante, porque debíamos ser unas 100 personas. Impactante, porque la mayoría eran mujeres, ancianos y niños. Todos en silencio. Yo, equipada con mis botas de montaña, tardé dos horas en llegar arriba. Ellas, la mayoría descalzas, tardaron una.
Una vez en la cima, la sacerdote contó a todas y todos el objetivo de la ceremonia y lo que iba a hacer. No os voy a explicar todos los detalles de la misma: las imágenes lo cuentan mejor que yo. Resumiendo, se colocaron alrededor del fuego y fueron quemando todo lo que traíamos en ofrenda a sus divinidades, mientras la sacerdote hablaba con ‘el dueño del cerro' en voz baja y la marimba no paraba de tocar. Pero lo que más nos impactó no fue la ceremonia en sí, que también, si no saber que hemos estado presentes en el inicio de un proceso de recuperación de la dignidad de las mujeres y de los hombres de esta región.
Así nos lo han transmitido las lágrimas, los abrazos y las risas al terminar la ceremonia. Y las alegres charlas de todas y todos al bajar del cerro rompiendo el silencio, ya no a escondidas.