Felicita PérezSu nombre es Felicita Pérez Macario y tiene 29 años. Vive en el altiplano de San Marcos, en Guatemala, en la aldea Buena Vista del municipio de Ixchiguán, a 2.600 metros sobre el nivel del mar, al pie del volcán Tajumulco, el más alto de centroamérica. Es un lugar muy frío y muy duro para vivir, pero muy bonito.

Felicita Pérez es indígena mam y al igual que la mayoría de mujeres de su edad solo fue a la escuela tres años,  o sea que es casi analfabeta (sólo sabe escribir su nombre, firmar y leer algunos números). Cuando era pequeña sus padres pensaron que por ser mujer no necesitaba ir más tiempo a la escuela y que para acabar cuidando de la casa y de los niños con eso sería suficiente. Su futuro, como el de otras personas de su misma procedencia, pasaba por emigrar ilegalmente a EEUU, sin embargo, el trabajo de una oenegé, Veterinarios Sin Fronteras (VSF),  la ha convertido en un puntal para la supervivencia de su comunidad. 

Su relato, en primera persona, resume, mejor que nadie su trayectoria vital.

 "Vivo sola. Mi esposo nos abandonó a mi y a mis tres hijos (Pedro y Juan, de siete y seis años, y Margarita, de cinco) hace 5 años. Nuestra casa es de adobe y techo de paja. Tenemos un rebaño de ovejas y 3 cuerdas (1 cuerda es igual a 400 metros cuadrados) de terreno, que me dio mi papá, donde sembramos maíz y fríjol y algo de patatas.

Cuando mi esposo nos abandonó yo no tenía ningún oficio. Durante años, solo me había cuidado de la casa y de los niños. Por un tiempo, no supe cómo iba a mantener a mi familia y tuve que pedir ayuda a mis padres que ya son ancianos.

Mi sueño era poder conseguir algún trabajo para poder mantener a mi familia. Pero, al principio lo único que logré fue que me dieran ropa para lavar en algunas casas de la ciudad. En algún momento, pensé en dejar a mis hijos con mis papás e irme a EEUU de ilegal para poder hacer algo de dinero. Al final, no fue necesario.

Hace cuatro años, la asociación campesina a la que pertenezco, Adesi (Asociación de desarrollo integral de Ixchiguán), me avisó que una oenegé, Veterinarios Sin Fronteras, iba a capacitar a un campesino o campesina de cada comunidad como promotor pecuario. Desde pequeña, me gustan mucho los animales y  siempre me ha interesado apoyar a mi comunidad, así que me ofrecí como voluntaria.

Al principio, tuve un poco de miedo, porque del grupo de 40 únicamente había cuatro mujeres en los cursos. Y es que aquí, que las mujeres trabajen fuera de la casa no está muy bien visto.

Me daba un poco de pena pensar si sería capaz de hacer el trabajo (por ser mujer y analfabeta) y si la comunidad me aceptaría como su promotora pecuaria, pero estaba dispuesta a hacer todo lo posible por lograrlo.

Después de un año de cursos y prácticas me gradué --fui la primera de mi promoción-- junto con mis otras tres compañeras. Había aprendido a reconocer las enfermedades de todos los animales (gallinas, cerdos, ovejas, caballos y otro ganado) que hay en mi comunidad, cómo hay que cuidarlos, cómo alimentarlos, de qué hay que vacunarlos y cómo elaborar remedios para curarlos con las plantas medicinales que existen en mi comunidad.

Lo que más me gustó de los cursos fue aprender que muchas de las plantas que existen en mi aldea sirven como medicina para los animales y que con ellas se pueden hacer pomadas, jarabes, champús...

Yo ya conocía algunas, porqué mi abuela era la comadrona en la aldea y utilizaba muchas de estas plantas para curar a los niños y a las mujeres embarazadas, pero yo nunca las había usado, y mucho menos con los animales.

Durante muchos años, nos habían hecho creer que nuestras formas de medicina tradicional (el uso de plantas medicinales) no servía y que había que olvidar eso y comprar medicamentos químicos para curarnos de cualquier cosa. Gracias a estos cursos, sin embargo, aprendimos a valorar de nuevo nuestra cultura, que ya estábamos olvidando, y recuperamos junto con el personal de VSF aquellos conocimientos que aún guardaban nuestros ancianos para volver a usarlos de nuevo.

Después de graduarme, empecé a trabajar en mi aldea. Al principio costó que la comunidad me agarrara confianza. No creían mucho que yo como mujer supiera o pudiera hacer el trabajo. Y, además, ellos también habían perdido la confianza en el uso de las plantas medicinales.

Pero ahora que ya me conocen, después de tres años de trabajar como promotora pecuaria,  todo el mundo me acepta y me llaman siempre que tienen algún problema con sus animales. Incluso se ha propagado la voz de que soy buena en esto y vienen de otras aldeas a buscarme a mi casa. También ha vuelto la confianza a las plantas y ahora se dan cuenta de que funcionan y, además, son más baratas y fáciles de conseguir.

Finalmente, las cosas me han ido tan bien que hace dos años, la asociación me eligió como encargada de la Farmacia Etnoveterinaria . Este centro está en la cabecera municipal de Ixchiguán y vende a los promotores pecuarios y a los beneficiarios de la asociación productos elaborados a partir de  plantas medicinales (como la tintura desparasitante de apazote, el champú para la sarna de jaboncillo, la pomada para las heridas de sábila, etcétera), además de plantas secas (como la ruda y la milenrama para la retención de placenta de las vacas o el ajenjo para los cólicos de los caballos) y piensos caseros elaborados a partir del maíz, fríjol y otras semillas de los socios.

Durante la semana yo elaboro todos estos productos y el domingo, día de mercado, me encargo de las ventas y de llevar las cuentas de la tienda. Para eso VSF me dio un curso de contabilidad muy sencillo, y pese a que yo era casi analfabeta, ahora incluso sé manejar la calculadora.

Mi vida ha cambiado completamente desde hace cuatro años. De estar en la desesperación pensando en cómo iba a mantener a mi familia, ahora soy una líder respetada en mi comunidad y con lo que me pagan como encargada de farmacia y por mis servicios de promotora pecuaria mis hijos están yendo a la escuela y ya no serán analfabetos como yo y tendrán un mejor futuro".