Por Numan K. Aljadba, médico y colaborador de Oxfam Internacional

Era un sábado como otro cualquiera. Todo era igual que cada día, nada fuera de lo normal. Pero de pronto se empezaron a oír unas explosiones terribles: buuum, buuum. En un inicio podrían haberse confundido con el sonido de un trueno. Sin embargo, un trueno no acaba en segundos con la vida de más de 300 personas inocentes.

Fueron los peores 22 días que han vivido los palestinos de Gaza. Ataques en cualquier parte y a todas horas, día y noche. Ningún lugar era seguro y la gente no se sentía a salvo en ningún sitio. Leer más

Por Catherine Weibel, responsable de prensa de Oxfam Internacional en Jerusalén

Pasando por la zona tapón, una parcela de terreno que se extiende por toda la franja de Gaza, a lo largo del muro de separación con Israel, da miedo. El paisaje es desolador, con apenas ruinas de las casas destruidas. En contraste con el terreno, en el cielo destaca un balón de observación plateado equipado con videocámaras del Ejército israelí que a paso lento cumple su misión. Lo que solía ser un área fértil y verde se ha convertido en un desierto donde nadie se atreve a entrar o cultivar.

Según los campesinos, los soldados israelís les disparan a menudo mientras están trabajando en sus tierras en la zona tapón. Cada dos semanas o así hay gente herida por los ataques. Casi todas las semanas, los soldados hacen incursiones en la zona y destruyen lo que haya de cultivos con las escavadoras.

Un campesino nos contó que la regla para los disparos parece ser: "Si te puedo ver, te dispararé". Los acuerdos de Oslo preveían una zona de separación entre Israel y la franja, lo que ha permitido a los israelís en el 2000, después de la segunda Intifada, expandir unilateralmente esta zona hacía dentro de territorio palestino.

"Es difícil imaginar que en el 2000, hasta la segunda Intifada, esta área era una zona verde y cultivada, con árboles y vegetación tan altas que sobrepasaban la valla entre Gaza y Israel", nos dijo Ahmed Sourani, director del PARC, una oenegé palestina de desarrollo agrícola, que forma parte de Oxfam Internacional.

Durante la operación Plomo Fundido, que terminó en enero de este año, hogares, granjas, cultivos, pozos y cisternas fueron destruidos por el Ejército israelí. En junio, aviones israelís lanzaron folletos sobre Gaza informando a la población de que la zona tapón pasaría a incluir 300 metros de terreno en la franja, desde el muro de separación con Israel. En la práctica, por miedo de los disparos, los campesinos se abstienen de usar una parcela de terreno de hasta uno o dos kilómetros dependiendo de la zona.

Diab Tarabin, un beduino de 50 años, jefe de una familia de 16 personas, es uno de estos campesinos. Actualmente no tiene acceso a su tierra después de cultivarla durante años junto con los miembros de su familia. "Antes tenía 150 olivos y 25 palmeras de dátiles. Ahora la tierra fértil está marcada como zona tapón por los israelís. Ya no me dejan ir a mis tierras y los árboles que tenía los ha destruido el Ejército israelí con las excavadoras. Tampoco puedo vivir en mi casa porque estaba demasiado cerca de la zona tapón. La han destrozado simplemente. Ni siquiera han dejado la cisterna de agua", me contó Diab.

A la familia de Diab le quedaron algunos animales -gallinas, básicamente- que se han podido salvar. "Antes tenía mis medios de vida y ahora mi familia y yo vivimos dependientes de la ayuda alimentaria", añadió. Desde la operación Plomo Fundido, la familia vive en una tienda donada por una oenegé, a pocos metros las ruinas de lo que fue su hogar. Dentro de la tienda y con apenas una tela sirviendo de manta está Dunia, la hija de 4 años de Diab, que sufre una parálisis desde su nacimiento. "Aquí en Gaza no hay tratamiento para ella y todavía no hemos podido llevarla a un medico fuera. Nuestra única esperanza es que Dios nos ayude", finaliza Diab.

Por Catherine Weibel, responsable de prensa de Oxfam Internacional en Jerusalén.

El mes pasado fui a Gaza para reunirme con tres mujeres que fueron las primeras en los Territorios Palestinos Ocupados en reclamar una indemnización tras ser despedidas sin previo aviso hace cinco años por un empresario israelí. Entonces, yo era parte de una delegación de Oxfam Internacional que actuaba como intermediaria en la entrega de dinero a Gaza.

Orub Al-Najjar Freih, Naame Maghasib y Fida Abu Al-Najjar habían trabajado en las fábricas textiles de Israel, en la zona industrial de Erez, hasta el 2004. Durante varios años, empezaban a trabajar como costureras a las cuatro de la mañana y terminaban a las siete de la tarde. A eso hay que sumar las más de dos horas diarias en autobús de Gaza a Israel.

Su salario era de unos ocho shekels por hora (aproximadamente 1,5 euros), mientras que el salario mínimo en Israel está estipulado en 20 shekels la hora (casi 4 euros). Pero no tenían muchas más opciones, ya que había pocas oportunidades de un trabajo mejor remunerado en Gaza. "Hice tan poco dinero que la abaya (vestido típico) que me pongo hoy es la misma que llevaba en mi primer día de trabajo, hace ya algunos años –dice Fida–. Pero no me quejo. Al menos tuve la oportunidad de comprar comida para mi familia en ese momento. Ahora, hay días que los paso sin un shekel en el bolsillo".

Unos 25.000 habitantes de Gaza, al igual que Fida, solían trabajar para empresarios israelíes. Hoy ya no lo hacen. Eso significa que 25.000 personas –y sus dependientes– han perdido una valiosa fuente de ingresos. La pérdida de empleo entre la población palestina comenzó en el 2000, debido al cierre de la frontera entre Israel y Gaza tras la segunda Intifada. Luego, en el 2004, el Ejército israelí impidió a los trabajadores salir de Gaza y cerró la zona industrial de Erez.

Los trabajadores de Gaza empezaron a faltar a sus puestos de trabajo debido a este cierre de la frontera. Era imposible ir. Lo peor es que muchos empresarios les echaban la culpa a los propios trabajadores por esas ausencias laborales. Así, se negaron a otorgarles una indemnización por despido, a pesar de que la Ley del trabajo de Israel establece que los trabajadores despedidos tienen derecho a un mes de sueldo por cada año trabajado. Hoy, la mayoría de estos trabajadores están atrapados en Gaza, desempleados y dependientes de la ayuda humanitaria. 

 "Algunos de los trabajadores despedidos en el 2004 estuvieron trabajando durante más de 30 y 40 años en Israel –asegura Karim Nachwan, el director del Centro por la Democracia y los Derechos de los Trabajadores (DWRC) en Gaza–. Algunos de ellos habían empezado a pagar los plazos para recibir las pensiones estatales, que ahora se les han negado".

Dos organizaciones locales que trabajan con Oxfam Internacional, Sawt El-Amel  –una ONG de trabajadores palestinos en Israel– y DWRC, están tratando de conseguir una compensación por despido para los trabajadores de Gaza en los tribunales, aunque también están intentando negociar directamente con los empresarios israelíes.

Orub Al-Najjar Freih, Naame Maghasib y Fida Abu Al-Najjar consiguieron finalmente que les pagasen. Lo lograron a través de un acuerdo extrajudicial. Cuando me reuní con ellas mientras celebraban la ocasión, estaban tan sorprendidas que dos de ellas me abrazaron mientras rompían a llorar. "Me siento abrumada por esta buena noticia –dijo Orub–. Mi marido está sin trabajo. Este dinero significa que por primera vez en años no voy a tener que ir a pedir dinero a mi tío. Voy a ser capaz de comprar ropa nueva, pañales y leche para mis cuatro hijos. Podré ocuparme de mi familia durante un mes con este dinero".

Yo estaba feliz por ella. Pero cuando le pedí a Orub que me mostrara el cheque, no podía creer lo poco que había recibido. Más o menos el coste de algunas comidas en un buen restaurante de Londres, París o Nueva York.

"Estas mujeres recibieron mucho menos de lo que legalmente tenían derecho a percibir –sostiene la responsable de Relaciones Internacionales de Sawt El-Amel, Marie Badarne–. Pero para las mujeres que viven en Gaza, un poco es mejor que nada. Sigue siendo un pequeño éxito".

"Aquí hay que ser agradecido por cada shekel que se pueda ganar –me dijo Fida–. Aunque no es un montón de dinero, es suficiente para mí porque había perdido toda esperanza de recibir una indemnización".

Fida me explicó que ha pasado ya siete veces por quirófano debido a un cáncer de mama. Me dijo que a los 29 años ya estaba llena de cicatrices y, sin embargo, aún sigue enferma: "Soy débil y eso me impide recibir el tratamiento adecuado. Sólo espero que las ONG que me ayudaron a obtener la indemnización del empresario que me contrató me puedan ayudar a salir de Gaza para poder someterme a una nueva cirugía en unas condiciones mejores".

También asistió a la celebración Yussef Abu Kamel, de 31 años. Solía trabajar como carpintero en una fábrica de muebles de Israel que empleaba a 350 trabajadores de Gaza, tanto en la zona industrial de Erez y como en la ciudad israelí de Ramla. Todos fueron despedidos en el 2004, cuando se cerró la frontera. Yussef, que llevaba a casa unos 1.000 dólares cada mes, de repente se quedó sin un centavo. Fue el primero en acercarse a Sawt El-Amel, en nombre de sus antiguos compañeros. En diciembre del 2008, la organización presentó las primeras reclamaciones de indemnización para 13 trabajadores en los tribunales de trabajo israelí. Reclamaba un millón de shekels (unos 180.000 euros) por los salarios perdidos y los derechos de seguridad social.

Yussef, que trabaja para la ONG Sawt El-Amel en Gaza, se enfrenta ahora a una situación kafkiana: el Tribunal de Justicia de Israel le ha convocado a acudir en persona a reclamar sus derechos. "Si no compareces ante el tribunal después de haber sido convocado en dos ocasiones, se desestima el caso... Perderé mis derechos –me dijo–. Ellos deben saber que no puedo ir a los tribunales, pues estoy atrapado en Gaza desde el bloqueo israelí, que impide que los palestinos salgamos de la franja".

Por otra parte, una decena de sus excolegas deben aportar unos 270 euros en el próximo par de semanas para pagar los depósitos de seguridad que requiere el Tribunal de Justicia de Israel, donde su caso está pendiente. Si no depositan el dinero, que es necesario para compensar al dueño de la fábrica donde trabajaban si ellos pierden el caso, sus demandas podrían ser desestimadas. Una situación surrealista.

Por Lara Contreras, responsable de advocacy humanitario de Intermón Oxfam para los Territorios Palestinos Ocupados.

Acabo de dejar la sofisticada terminal israelí para adentrarme caminando en la polvorienta Gaza. Donde había campos de cultivo, ahora vemos desolación; ya nada crece en la zona de seguridad creada por los israelís. El grupo de mujeres con el que nos reunimos nos cuenta que esos campos les pertenecían y que podían vivir holgadamente de ellos. Desde que comenzó el bloqueo de la franja, y sobre todo tras la operación Plomo Fundido, ya no les queda nada. No tienen ingresos, sus casas han sido destruidas y no se pueden reconstruir porque los israelís no permiten que entren los materiales necesarios para ello; dependen de la ayuda humanitaria y viven con miedo, los disparos no han cesado. Para ellas esta situación atenta contra su dignidad: "¿Por qué depender de la ayuda que dan las oenegés cuando siempre hemos sido autosuficientes?" Leer más

Dos años de bloqueo y tres semanas de acción militar han llevado a la población de Gaza hacia un estado de crisis humanitaria permanente. Hace dos años, Oxfam Internacional contaba con tres profesionales en Gaza. Estábamos ayudando a mejorar los servicios sanitarios y las instalaciones para el saneamiento del agua. Hemos apoyado a familias pobres para plantar huertas y criar conejos pero, de repente, con el bloqueo israelí, Gaza ha quedado totalmente aislada y marginada del desarrollo social del país, dejando a su suerte más de un millón y medio de personas. Oxfam ha denunciado el bloqueo, que está arruinando y llevando a la miseria a la población. Una situación crítica que se está agravando por el lanzamiento de cohetes y el encarcelamiento de civiles sin ningún control. Leer más

Cuando llegué por primera vez al este de Jerusalén a principios de este año para trabajar con Oxfam Internacional, lo primero que hice fue ir a ver el muro. Lejos de ser desmantelado, ha seguido creciendo en longitud. Me quedé sorprendida ante ese gigante de hormigón que bloquea la línea del horizonte. Sin embargo, más allá de esta imagen desoladora existen las graves consecuencias que este muro está provocando en la vida de los palestinos.

Cuando cruzamos por primera vez el punto de control de Qaladiya, nos sentimos perdidos en medio de un laberinto de metal y cercas de alambre con pinchos y puas afiladas, detectores electrónicos, barras de hierro y techos hechos de acero. En medio de ese escenario, varias voces procedentes de altavoces invisibles nos obligaron a dejar nuestras pertenencias en una máquina de rayos X. Sólo pudimos ver a los lejos un hombre, un soldado israelí que nos pidió la identificación desde un vehículo blindado.

Para nosotros era un viaje pero para los palestinos que fuimos conociendo a lo largo del trayecto aquello era su vida cuotidiana, su rutina. Nos explicaron que lo peor era cuando las personas enfermaban o tenían necesidades médicas en Jerusalén ya que el procedimiento para acceder a un centro de atención médica pasaban por estar muchas horas esperando a ser autorizados a entrar en la parte de Jerusalén Oriental si lograban obtener el permiso.

Omar Sharif, uno de los palestinos que conocimos, es agricultor y tiene 66 años, vive en Jayyous, un pueblo situado en el norte de Cisjordania. Su casa se encuentra en un lado del muro, pero sus cultivos están justamente al otro lado. Tardó siete meses en obtener un permiso que le daba el derecho de trabajar en su propia tierra y, en menos de medio año, tendrá que renovarlo porque caduca. A Su hijo Azzam, un muchacho de negocios, nunca le han concedido un permiso y no puede acceder a la tierra de su padre. Azzam puede viajar por Israel -a Tel Aviv o Haifa- pero no puede visitar a su familia. Leer más

Ayuda humanitaria en Palestina. Un camión cargado de pañales llega al cruce hacia Kerem Shalom, justo frente a nosotros. Es un cargamento de 36 palés de madera apilados que alcanzan los 160 cm de altura. No es suficiente para satisfacer las necesidades de Gaza, donde 170 bebés nacen a diario. "Últimamente hemos visto muchos pañales y papel higiénico", confiesa el Mayor del ejército israelí que se encarga de lidiar con la ayuda humanitaria. También macarrones y spaghetti, ahora que los políticos de la administración israelí los han aprobado.

Estoy aquí con 13 compañeros de asistencia humanitaria, tres soldados israelíes de rango medio y un responsable de Kerem Shalom. Veinte adultos debaten acaloradamente sobre pañales y la amenaza de la pasta a la seguridad. Mientras tanto, dentro de Gaza, ocho mil familias esperan los materiales para reconstruir sus hogares, destruidos hace ya tres meses. Leer más

Paso fronterizo de RafahLa colina que hay tras esos edificios es Egipto. Parece muy cercano, tanto que se diría que puedo tocarlo. Estoy en Rafah, al sur de la Franja de Gaza. Estamos negociando con las comunidades locales para iniciar un programa de empleo a cambio de dinero al contado, por ‘cash'. No hay demasiadas oportunidades de conseguir ni lo uno ni lo otro en Gaza en este momento. En realidad, no las ha habido desde hace 20 meses, cuando empezó el bloqueo israelí, justo después de que Hamás ganara las elecciones.

El bloqueo ha terminado con los puestos de trabajo, ha frenado la circulación de dinero en efectivo y ha hecho que los precios se disparen. Las tres semanas de guerra han aumentado los niveles de miseria y el coste de todo.

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Campo JabaliyaMe encuentro junto a un pozo de agua dulce en El Atattara. Hay un gran agujero en uno de sus muros lo suficientemente grande como para poder colarse a través de él. Otro agujero, algo más pequeño, en la parte interior de una de las paredes, muestra la trayectoria de un misil hacia la estación de bombeo del pozo. Los destrozos provocados se empezaron a limpiar ayer por la mañana, los restos del panel de control eléctrico han sido reemplazados por los técnicos del organismo público que gestiona la distribución de agua en Gaza.

Fuera, el enorme generador naranja espera destrozado a que alguien lo repare. Los agujeros provocados por la metralla en el tanque de gasolina han sido soldados hace poco. Algo más arriba, los cables de la torre de electricidad fueron arrancados por los misiles que un helicóptero disparó al pozo de agua.

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Parque de Tel HawaEstoy en Gaza por segunda vez desde que se declaró el alto el fuego. Me he encontrado con seis personas que han sobrevivido a esta guerra Les he escuchado hablar de pánico en los patios de las escuelas.

Los primeros misiles que cayeron en Gaza lo hicieron con las escuelas llenas de niños. Ni los pequeños ni sus maestros ni tampoco sus padres sabían qué era mejor: si quedarse en la escuela o si salir a la calle. Me han dicho que una mala decisión en un colegio del centro se saldó con 10 jóvenes vidas. Un misil cayó en una calle donde un grupo de niños se apresuraban a ponerse a salvo.

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JebaliyaHoy he ido a visitar los proyectos de Oxfam Internacional en Zaytoun, que habían finalizado sólo unas semanas antes de que comenzara la operación israelí. Hemos debido contratar a la población local para que arreglasen las carreteras y los caminos, con el fin de que los granjeros con los que trabajamos pudieran vender sus mercancías más fácilmente. Especialmente en invierno, les cuesta horrores vender sus productos.

Antes de que comenzara el conflicto, Oxfam Internacional compraba productos a los granjeros locales y los distribuía entre la población más vulnerable de Gaza. Hoy, me encontré con uno de nuestros suministradores de tomates. Estaba consternado: "No puedo creerlo. Yo os vendía tomates para que los repartierais entre los pobres... Ahora, yo soy el pobre y vosotros me tenéis que entregar tomates a mí. Las tropas israelís han destrozado completamente mi granja... No sé qué voy a hacer ahora."

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Campo refugiados YabaliaLa otra noche conduje con mi mujer y mis hijos hasta la casa de mis suegros. Finalmente, mi mujer se pudo reunir con su familia. No se habían visto desde que se inició el conflicto.

El viaje, que tan familiar nos resultaba antes, resultó verdaderamente extraño. Los escombros han sustituido a todo lo que una vez estuvo en pie. En los edificios que han resistido el ataque, sus habitantes han colocado plásticos en los huecos de las ventanas para evitar en vano que entre el frío. Ha sido triste ver a la gente merodeando en los alrededores de su casa intentando recuperar sus pertenencias de entre los escombros.

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Destrucción en el campo de JebaliyaMis hijos no han salido de casa en tres semanas. Mi hermana sigue encerrada en la suya. Continúa con miedo de que algo terrible puede sucederle si pone un pie en la calle. Desde que ha empezado el alto el fuego, ha alentado a sus hijos a que vuelvan a dormir en sus camas. Pero se ha levantado esta mañana y los ha encontrado acurrucados y abrazados en el centro del salón, tal y como han venido haciendo durante estas tres semanas. Cicatrizar las heridas que les ha infringido este conflicto les llevará semanas o meses, si no años.

Aún no sé nada de mis amigos. No sé si están vivos o muertos.

He salido esta tarde. El paseo más largo desde que empezó la ofensiva israelí. Había mucha gente en las calles. Todos actúan y se mueven de manera cautelosa. He visto que en los mercados había algo de comida, pero continúa a un precio inasequible para la mayoría de los ciudadanos de Gaza.

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Ayuda humanitariaNuestra respuesta humanitaria de emergencia ha requerido muchísimo trabajo en una situación realmente inestable. Un día, las líneas de teléfono se habían caído y al día siguiente los bombardeos eran tan intensos que ni siquiera podías poner un pie en la calle. Durante los combates más intensos no podía salir de mi casa, solamente podía ver como las bombas caían sobre Gaza City.

El sentimiento de impotencia ha sido lo peor de todo para mí. Era imposible salir y ayudar a la gente. Así que centré todas mis energías en preparar la respuesta de emergencia que estamos llevando a cabo ahora mismo, sabiendo que cuando la tranquilidad volviera a Gaza, Oxfam Internacional y sus copartes podríamos llevar la ayuda necesaria a miles de familias afectadas por el conflicto.

He creído conveniente mantener el contacto con otras oenegés y con el Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas. Es importante detallar qué tipo de ayuda humanitaria vamos a distribuir cada uno de nosotros para asegurarnos que la población recibe todo aquello que realmente necesita.

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Bombardeo sobre la ciudad de GazaCada día digo "este ha sido el peor día de mi vida", aunque luego siempre llega otro.

Anoche estaba tumbado en casa, escuchando el sonido de los tanques israelís acercándose a la ciudad de Gaza. Pude oír como las casas cercanas a la mía eran bombardeadas. Se escuchaban continuos tiroteos y gritos. No se puede dormir. La mayoría de Gaza está privada de sueño. Incluso ni para los muertos hay descanso. El ejército de Israel también ha bombardeado los cementerios.

Me duelen los brazos. Mi hijo me pide que lo coja todo el día. Está muy asustado y necesita estar cerca de alguien todo el tiempo. Si alguien llama a la puerta él sale fuera de sí, tiene los nervios destrozados. Desearía poder hacer que durmiera, está exhausto y ha empezado a rechazar la comida, Trato de hacerle reír para calmarle de algún modo, pero un momento después de lograrlo, su sonrisa se rompe siempre por los ataques y sus labios vuelven a temblar.

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