Os hablo de nuevo de mi familia, de las cosas que nos ocurren en el día a día, en la vida que sencillamente intentamos llevar a cabo en esta franja de Gaza, asediada por el bloqueo. Y porque escribiéndoos sobre mi familia, os estoy contando lo que le ocurre a muchas otras familias en Gaza.

Esta semana, nuestros gemelos han empezado sus vacaciones de verano. Van a tener  tres meses sin colegio, un tiempo de recreo supuestamente dedicado para que los niños desarrollen su creatividad y la libertad del entretenimiento, una época para jugar y divertirse. Cuando mis hijos, Leila y Yasser, terminaron la escuela la semana pasada me cogí unos días de vacaciones para estar con ellos. El año pasado, los llevé a la playa, pues es el único lugar donde se puede respirar en Gaza. Pero este año, no va a poder ser. Ahora las playas representan un peligro público para la salud. Cada día se descargan cantidades ingentes de deshechos en el mar por lo que, simplemente, no puedo llevar a mis niños a nadar ahí Así que este año, pasaremos nuestras vacaciones familiares sin electricidad y sin movernos demasiado para ir a jugar o visitar amigos, puesto que mi coche no tiene gasolina.

En lugar de eso, al igual que les ocurre en muchas otras familias de Gaza, mis niños se quedaran en casa. Podremos dedicar tiempo a repasar los temas de la escuela, dormir y comer (siempre que sea capaz de encontrar suficiente carbón para alumbrar el fuego del horno de barro). Pero los niños necesitan divertirse y me planteo ¿qué tipo de diversión les podemos dar? ¿Comprarles juguetes? Incluso ni esto podemos plantearlo por qué son demasiado caros.  

Realmente, lo que ellos quieren es ir a la playa. Cada día, vienen corriendo hacia mí, tratando de convencerme para que les lleve. Al final, decido bajar a la tienda más cercana y dejarles que escojan unos caramelos. Esto les aparta la idea de la cabeza.  De todas formas, ha sido bueno tener tiempo libre para estar con la familia, aunque no pueda cumplir con mis promesas. Al principio del curso, les prometí que si estudiaban mucho les daría un premio, pero por el bloqueo no puedo conseguir hacer realidad mis compromisos. Y tengo que mentirles, pues, al igual que les ocurre a muchas padres aquí, queremos preservar lo poco que queda de su infancia.

Mis hijos a  veces hablan como adultos y eso me asusta. Saben lo que ocurre en Gaza y me hacen preguntas comprometidas. Cuando me preguntan por qué la gente sufre o por qué no pueden hacer ciertas cosas, tengo que responderles. Pero, lo que realmente me gustaría es verles despreocupados sobre estas cosas.  Hablamos mucho cada noche. Al menos, tenemos bastante tiempo para estar juntos, yo y mi mujer con los niños y eso me gusta. Son tan jóvenes que no deberían cargar con ninguna responsabilidad ni injusticia sobre sus pequeños hombros. ¡Sólo tienen siete años! Me siento triste, porque no se trata sólo de mi familia, sino que lo mismo ocurre en  muchos otros hogares en Gaza.