Llegué a Yemen hace un poco más de un mes y, de momento, mis días han sido muy variopintos. Me impresiona lo que he visto, me gusta lo que he probado (mmmmm...) y me agrada bastante de lo que he sentido. Aunque, claro, no lo entiendo todo, ¡empezando por lo que escucho!
Entre lo habitual de llegar a un lugar nuevo (en muchos sentidos), tratar de ponerse al día in situ y ajustarse a los ritmos, he vivido mi propio aterrizaje, o ‘landing’, una palabra muy utilizada aquí para referirnos a la más dura llegada de muchas personas que cruzan el mar hasta Yemen en busca de una situación 'mejor' de la que tienen en casa.
Para explicarlo de una manera breve. La situación que actualmente se vive en el sur de Etiopía y en Somalia (en el cuerno de África), motiva que muchas personas crucen el golfo de Adén en condiciones extremas para intentar llegar a Yemen. Una vez ahí, se quedan o, si las condiciones se lo permiten, se dirigen a países vecinos como Arabia Saudí, Oman o Dubai.
Después de una evaluación, MSF inició el pasado septiembre un proyecto de asistencia médica y humanitaria para los refugiados que llegan a la costa de Yemen en las regiones de Abyan y Shabwa, áreas donde se producen la mayoría de las llegadas. De esto hace ya seis meses.
He llegado a Ahwar (el lugar donde se encuentra el proyecto, en la región de Abyan) después de tomar un avión desde Sanaa, la capital, a Adén, y viajar luego casi tres horas en coche por una carretera recta y larga que cruza toda la parte sur en dirección a Oman. Recuerdo especialmente la inmensidad amarilla a cada lado de la carretera y los camellos que se pasean tranquilamente por ella. Ahwar es una ciudad mediana, con la típica arquitectura yemenita de casas-torres de barro y ventanas pequeñas. Tiene un mercado, un hospital y muchas farmacias privadas que cubren lo que no alcanza el sistema de salud.
Tras conocer al equipo y darles la lata con los puntos de mi agenda técnica que quería repasar, nos vamos a descansar. A las tres de la mañana, en medio de un sueño que ya no recuerdo, se cuela la voz de Sasha, nuestro coordinador de proyecto: “landing, landing...”. Después de más de tres semanas sin llegadas de botes, ¡de repente han llegado ocho, con cerca de 120 personas a bordo cada uno!
Debo reconocer que aquella madrugada me quedé un poco desconcertada: rumbo al punto que nos han indicado (tenemos personas identificadas en algunas aldeas a lo largo de la costa que nos informan cuando se producen llegadas) no se ve más que arena, piedras y arbustos casi secos. Pero al detenerse el coche en el punto indicado, comienza a salir gente --de no sé dónde-- que se acerca tímidamente. Al principio llegan uno por uno, pero al cabo de un rato se van juntando.
En total, son cerca de 30 personas, han llegado hace algunas horas y buscan camino hacia el interior. La mayoría son somalís, hombres jóvenes, pero también hay etíopes. Después de tomar el agua que les damos y comer los dátiles con galletas, se cubren con la manta y empiezan a contar su viaje. Hay traductores, pero en realidad no tengo manera de comunicarme: ni árabe, ni somalí, ni oromo y apenas el amharic (idioma etíope), que me da para cinco frases.
Entre signos, muestran las heridas físicas del viaje: golpes y cortes. Los traductores ayudan al equipo médico a identificar los casos que requieren atención urgente (los heridos, las personas con fuertes dolores en el cuerpo y la cabeza, la gente deshidratada...). ¡No deja de sorprenderme el aguante de esta gente! También me llama la atención que las últimas en consultar son las mujeres, primero lo observan todo y a todos. Algunas de ellas también han recibido golpes en el momento de saltar del bote.
Son atendidos y esperamos la llegada del camión que los recoge y los lleva al centro de recepción, donde pasarán 2 o 3 días antes de ir a Kharaz, un campo de refugiados en el sur de Yemen.
De repente, nos llega otra llamada. Al parecer, los botes han llegado en distintos puntos a lo largo de la costa. A las seis de la tarde, de camino a otro punto donde ha llegado uno de los botes, encontramos a tres somalís. Salen a la carretera. Uno de ellos habla muy bien inglés, tiene una herida muy profunda en la mano. Mientras lo curamos, nos cuenta que trabajaba en Somalia con MSF, pero al cerrarse el proyecto (las actividades de MSF en Somalia han sido recientemente suspendidas, debido a una serie de graves incidentes de seguridad) y por la situación del lugar, decidió cruzar hasta Yemen, donde tiene algunos conocidos. Quiere ir a Sanaa. No quiere pasar por el campo de refugiados. Sigue su camino andando y, como otros, esperará un 'jalón' (el servicio espontáneo de transporte tipo autostop) hacia Aden, en un camión de sandías, los más frecuentes en esta carretera. Se les puede ver, los he visto, encaramados en la cabina del camión, sobre muchas sandías o simplemente caminando.
Se supone que habrá 'landings' hasta mayo, cuando empieza el monzón y se hace difícil cruzar el golfo de Adén. Esta 'temporada baja' puede durar hasta agosto, para luego tener un apretón de llegadas impresionante. El año pasado se registraron más de 7.500 llegadas tan solo en octubre.
Había leído que las condiciones del viaje eran extremas, que la gente lo hace porque parece ser la única salida clara a lo que tienen, que son muchos los que llegan. Ahora, pienso que de las cosas que he visto en Yemen e incluso en otros lugares dónde he estado antes, es de las que más me han impresionado.