Vuelta a casa Si todo el proyecto es un conjunto de experiencias quizás la más importante es el día de la partida y la vuelta a casa.

Viernes 14, cuando acabamos con el ritual diario del desayuno empezamos a hacernos un poco la maleta. Miquel Àngel Para, el alma original del proyecto y el único cooperante que ha hecho las ocho ediciones, pasó a buscarme primera hora por mi jaima. Teníamos que ir de visita por todas las jaimas y comprobar que los chicos se habían portado bien, que las familias saharauis estaban contentas y que nos volverían a invitar el próximo año y, en definitiva, despedirnos de nuestros anfitriones durante esta semana.

Abrazos, saludos y los mejores deseos para el viaje se cruzaron con la sinceridad de un pueblo lleno de esperanza que necesita una solución a su problema ya.

Acabada esta parte, volví a la jaima e intente comer alguna cosa. No pude. Ya tenía un nudo en el estómago. Fuimos a Protocolo, nos aseamos y, como era viernes, día de fiesta musulmán, decidimos acercarnos al mercado y hacer las últimas compras. Pocas tuvimos que hacer, porque nos habían colmado de regalos para nosotros y para nuestras familias.

Antes del mediodía estábamos en las taimas, aprovechando los últimos momentos con nuestros amigos. Aunque Bah, nuestro conductor, nos esperaba en la plaza de la ‘daira' a las 12'30 horas nos demoramos al no encontrar el momento de separarnos.

En la plaza, se repetía colectivamente la escena de la despedida particular. ‘Candi', ‘candi', lagrimas, lagrimas.

Esto sí que es hermanar pueblos, culturas y sentimientos. Quizás no hacen tanta falta documentos de hermanamiento, ni  placas ni congresos sino experiencias como las de estos chicos que han descubierto que el mundo es más duro de lo que ellos se pensaban y que, a pesar de ello, la gente de este pequeño lugar en medio de la nada es feliz y los acoge con amor.

‘Candi', ‘candi' , pero con alegría.