lunes, 14 de julio de 2008 17:35
Miguel García
El viaje de Marta
Le costó decidirse. Mientras preparaba la maleta, pensó en la edad de sus padres, en los trabajos que tendrían que seguir haciendo sin su ayuda; la huerta, el pequeño rebaño, la casa... Pensó en la espalda de su padre después de 50 años de campesino... pensó en las manos doloridas e incansables de su madre.
Le apenaba tener que dejarlos, justo ahora que la azada comenzaba a hacerse más pesada y que la aguja se enhebraba con mayor lentitud. Pero Marta era consciente de que no había alternativa; la última enfermedad del padre se llevó los escasos ahorros, mientras que huerta, rebaño y costura ya no alcanzaban para cubrir los gastos de la casa. Su viaje era la solución.
Marta pensó en ella misma, en aquella antigua escuela a la que acudía, repleta de amigas y bromas, en el ánimo que le daban los maestros como la buena y prometedora alumna que decían que era. Recordó su enorme ilusión por estudiar, y aquellas ingenuas dudas; “¿seré enfermera o profesora?”. Los libros se cerraron cuando Marta tenía 14 años. La universidad quedó muy lejos; la sustituyeron algunos cursos de corte y confección organizados por la parroquia. Le fueron útiles... pero pensó que las horas, los días enteros dedicados a coser prendas a céntimos la pieza, sobre todo ayudaron a la prosperidad del único intermediario que repartía el género por el pueblo. Al final, pensó que a ella tampoco le había ido tan mal, por lo menos acabó la primaria. Su hermana mayor tuvo que contentarse con unas pocas clases antes de empezar a trabajar como interna en una casa señorial del mismo pueblo, con tan sólo 12 años... cinco hermanos menores y una obligación; ayudar a su familia.
Con la maleta preparada, aprovechó para dar un repaso a la habitación a la que seguro tardaría bastante tiempo en regresar. Pensó en el viaje y en su lugar de destino. Allí esperaban parientes e incluso alguna amiga. A través de ellos encontraría acomodo y lo más importante, ese primer trabajo con el que cubrir gastos y unas cuantas necesidades en el hogar que ahora dejaba. Pensó que también allí aguardaban oportunidades, sabía que sería duro, pero no tenía duda de que podría estar más cerca de aquellos sueños de infancia... sueños ya inalcanzables en ese pueblo en proceso de abandono, del que hoy saldría. Marta agarró la maleta y cruzó decidida la puerta de la calle. Afuera, toda su familia esperaba para despedirla. Iban con el tiempo justo para que Marta subiese al tren que a la tarde partía hacia Barcelona, desde la estación de Baza, en la provincia de Granada. El almanaque marcaba febrero, pero ya hacía calor. Era 1975, y la primavera quería adelantarse en toda España.
En estos momentos a buen seguro hay otra Marta que se despide de su familia en una comunidad cualquiera del interior paraguayo, camino esta vez de Argentina, España, Italia... La misma Marta que preparaba su maleta hasta hace no mucho en centenares de pueblos españoles. En estos días de julio de 2008, cargados de fervor deportivo y patriótico, discusiones sobre lenguas e identidades nacionales, congresos políticos, debates de egos, directivas comunitarias amnésicas e inhumanas, crisis inmobiliarias y financieras, reverso del deseo de enriquecimiento ciego.... en este mes de incertidumbres, una de mis mayores certezas es la de compartir con miles de Martas, de ahora y de antes, “nacionalidad”, ilusiones... y la convicción de que lo que nos separa a la mayoría, son ante todo los artificios e intereses de una minoría miope... insaciable en su egoísmo e inabarcable en su desmemoria. ¡¡ Buen viaje y mucha suerte, Marta!!.