Samuel Benítez nació hace 40 años en una comunidad campesina del departamento de Caazapá. Sus primeros recuerdos tienen tacto agradable y son de color blanco... ¡¡ algodón !!, con el que sus manos aprendieron a jugar, y con cuya cosecha, entre los meses de marzo y abril, su familia obtenía los únicos ingresos económicos de todo el año.
Samuel se casó en 1989, el mismo año en que el general Strossner fue derrocado por su consuegro, el general Rodríguez; cambio de espadón que permitió la vuelta de la democracia al Paraguay.
De una sola vez, Samuel estrenó estado civil, régimen político, casa de tablas y lo fundamental para todo campesino... una hermosa chacra de cuatro hectáreas. Sus propios padres pusieron la tierra, y él y su esposa, el sudor... mucho sudor. Con la ayuda de dos machetes y una azada, cultivaron mandioca, maíz, poroto... criaron gallinas, chanchos, vacas... sólo un poquito de cada cosa, pero lo suficiente para que en la mesa nunca se echara en falta nada.
Sin desvelos por la despensa, el mejor trozo de tierra y las mayores atenciones siempre estuvieron dedicadas al algodón, el único cultivo que tenía su venta asegurada año tras año. El Estado promovía su siembra, se otorgaban ayudas e incluso se llegaba a garantizar un precio mínimo de venta. El algodón era, por tanto, una de las pocas alternativas con la que Samuel y otras 270.000 familias campesinas podían costear la compra de herramientas, ropa, medicinas, pasajes de autobús, útiles escolares...
A medida que el monocultivo se imponía, los suelos se fueron agotando, los rendimientos disminuyeron y el poco transparente aparato de ayuda, incrementaba su ineficiencia. Finalmente, el cultivo de esta fibra, tal y como venía haciéndose, dejó de ser rentable. El coste de hacer producir manualmente una hectárea de algodón e acerca a los 350 dólares, la cosecha no suele pasar de los 1.200 kilos por hectárea, mientras que el precio de venta percibido por los campesinos se ha estancado en los 0,3 dólares el kilo. Las cuentas son sencillas, después de trabajar durante los seis meses que suele durar el ciclo del algodón, las dos hectáreas que Samuel siembra cada año le proporcionan unos beneficios netos de... 40 dólares.
A pesar de trabajar duro, Samuel y la mayoría de sus vecinos no consiguen salir del círculo de la pobreza. Si decidiese reconvertir su finca, tendría que buscar financiación para ello. En el difícil caso de que pudiera lograr un pequeño crédito, el monto prestado no superaría los 300 dólares, y tendría que ser devuelto tras doce meses, a un 20% de interés. Si decidiese producir soja, tan de moda ahora en el campo paraguayo, tendría que comprar o alquilar un mínimo de entre 50 y 100 hectáreas, además de la maquinaria y los equipos que el cultivo mecanizado conlleva. Sin acceso a crédito, Samuel debería ahorrar todos sus ingresos durante décadas, antes de poder embarcarse en el rentable mundo de la soja.
Es probable que la próxima vez que regrese al departamento de Caazapá no encuentre a Samuel Benítez en su casa de tablas. Quizá haya vendido sus cuatro hectáreas para emigrar a Asunción con su esposa e hijos, como ya hicieron en su comunidad los Gamarra, los Areco, los Maldonado.... Quizá ya no vuelva a ofrecerme tereré bajo la sombra del mango que refrescaba su casa de tablas. La próxima vez que me encuentre con Samuel, quizá me ofrezca manzanas argentinas, bajo la estrecha y cálida sombra de cualquier semáforo de la avenida Mariscal López.
Otros datos
Cien millones de hogares rurales situados en países del sur, como Paraguay, Benin, Sudán, Mali, Burkina Fasso, etcétera, dependen para su subsistencia del cultivo del algodón. Desde la década de los 80, el precio internacional del algodón se ha dividido a la mitad, mientras que buena parte de los insumos básicos para producirlo, al menos han doblado su coste.
La caída en el precio del algodón se explica en parte por el notable aumento de la productividad en países como EEUU, donde además, el gobierno subvenciona el cultivo de esta planta con 3.500 millones dólares anuales, los cuales son distribuidos entre 25.000 productores. El programa de ayuda de los EEUU a los productores de algodón en el ÁfricasSubsahariana, asciende a 10 millones dólares anuales.
En España, los 10.000 agricultores que tradicionalmente cultivan 70.000 hectáreas de algodón, perciben una subvención de la Unión Europea de 1.039 euros por cada hectárea. La mayor parte del algodón español se siembra en Andalucía, donde sólo es posible su cultivo mediante regadío, (6.000 m3 de agua / Ha). La superficie de algodón española consume anualmente tanta agua como siete millones de personas.
Sin las subvenciones de países como EEUU y España, el precio mundial del algodón y con él los ingresos de millones de campesinos, se incrementaría en al menos un 11%, según cálculos de FAO.
Parece difícil de creer, pero estas son algunas de las muchas asimetrías cotidianas entre países del Norte y el Sur. Todos los datos y cifras mostrados en este artículo, proceden de organismos oficiales:
Coste de producción del algodón en Paraguay: http://www.iica.org.py/observatorio/producto-paraguay-algodon-costos.htm
Coste de producción de la soja en Paraguay: http://www.iica.org.py/observatorio/producto-paraguay-soja-costos.htm
Subvenciones de la Unión Europea al cultivo de algodón: http://ec.europa.eu/agriculture/capreform/cotton/index_en.htm
Subvenciones otorgadas por el Gobierno EEUU a los productores de algodón: http://www.ers.usda.gov/publications/CWS/2007/03Mar/CWS07B01/cws07B01.pdf
Apoyos del Gobierno EEUU a los productores campesinos de algodón en países del África Occidental (10 millones dólares anuales): http://www.usaid.gov/press/releases/2006/pr060615.html
Impacto de los subsidios al algodón en países desarrollados sobre la economía de países productores: http://www.fao.org/newsroom/es/focus/2005/89746/article_89759es.html
Consumo de agua del cultivo de algodón en España: http://assets.wwf.es/downloads/consumo_agua_por_excedentes_agricolas_sep05_1.pdf