miércoles, 16 de abril de 2008 13:19
Miguel García
Paraguay y España, una relación insospechada
Mi trabajo en Paraguay con la oenegé Acción contra el Hambre guarda estrecha relación con las difíciles condiciones de vida de buena parte de las 270.000 familias campesinas con las que cuenta el país, un tercio de sus habitantes totales. Las razones de esta crisis son múltiples, y sobre ellas hablaré en las próximas actualizaciones de este blog. En esta ocasión voy a centrarme en el cultivo de más éxito en Paraguay en los últimos años, la soja, pero cuyos beneficios, lamentablemente, están dejando de lado a la inmensa mayoría de las familias campesinas, mientras que los perjuicios si que se redistribuyen entre el conjunto de la población paraguaya.
Los consumidores españoles han descubierto en los últimos años las formidables propiedades nutricionales de la soja y, con ello, una gran variedad de alimentos derivados de la misma: bebidas, yogures, refrescos, complementos dietéticos como la lecitina o las isoflavonas de soja, entre otras. La publicidad se ha encargado de otorgarles unas propiedades casi mágicas y, en consecuencia, el consumo ha crecido exponencialmente.
En pocos años, la soja se ha convertido también en un componente básico de la mayoría de los piensos con los que se alimenta el ganado mundial, además de representar una cuarta parte de los aceites de origen vegetal que se consumen en el mundo. Todo ello ha dado lugar a un extraordinario incremento de la superficie cultivada con soja, sobre todo en países de América del Sur como Argentina, Brasil, Bolivia o Paraguay, país que se ha convertido en el primer productor mundial per cápita de soja, con 750 kilos por habitante, lo que no impide que el 20% de los paraguayos se encuentren en situación de desnutrición.
En términos generales, el impacto negativo que conlleva el actual modelo de producción de soja, pasa desapercibido en países consumidores como España. Así, por ejemplo, el aumento de la superficie cultivada bajo la forma de grandes fincas mecanizadas, ha sido posible por la desaparición de miles de pequeñas explotaciones familiares y la pérdida de millones de hectáreas de bosques y sabanas tropicales.
El cultivo de soja, como sucede con otros cultivos de granos básicos (maíz, trigo, arroz...), tan de actualidad por su subida de precios es rentable en la medida en que se dispone de grandes superficies. Para el campesino paraguayo, cuya finca familiar raramente supera las 10 hectáreas, el ingreso neto que puede obtener en el caso de cultivar todas sus parcelas con soja oscila entre los 1.250 y 2.000 euros anuales, a razón de 125 a 200 euros por hectárea. Con este capital, es muy difícil cubrir las necesidades básicas de la familia, como el disponer de una vivienda digna o el acceso efectivo a salud y educación, entre otras cosas, la compra de fármacos y de material escolar.
Sin embargo, para un gran propietario con sólo 1.000 hectáreas de soja, la rentabilidad mínima proporciona unos ingresos anuales por valor de 125.000 euros, sin que ello repercuta en el empleo generado, ya que 100 hectáreas mecanizadas de soja tan solo requieren el trabajo a tiempo completo de una sola persona. Bajo estas condiciones, resulta muy atractivo acumular la mayor cantidad posible de tierras, hasta el punto de que 1.000 propietarios paraguayos poseen 15,8 millones de hectáreas, frente a 190.000 explotaciones familiares que no suman en conjunto ni un millón de hectáreas.
En el caso de la vecina Argentina, el espectacular aumento de la producción de soja ha transcurrido en paralelo a la disminución del número de explotaciones agropecuarias, especialmente aquellas pertenecientes a pequeños productores campesinos. En 1988, estaban censadas 421.221 explotaciones, mientras que en el 2002 eran 333.533. Sin embargo, en ese mismo periodo la superficie ocupada por cultivos anuales como la soja o el maíz, se ha incrementado en un 28%.
Las familias campesinas que en los últimos años abandonan sus explotaciones agropecuarias en Paraguay, Argentina o Bolivia carecen, por el momento, de suficientes alternativas de empleo en otros sectores económicos de sus respectivos países, abocándose por tanto a la emigración exterior o al reasentamiento en los cinturones de miseria de las principales ciudades latinoamericanas.
Esto ayuda a entender, en parte, el porqué los inmigrantes paraguayos en España han aumentado en un 3.000 % en los últimos seis años, demostrando en la práctica como las realidades de dos países en apariencia tan alejados, pueden confluir de forma insospechada.