No sabía absolutamente nada de ella, no sabía siquiera si estaba viva o muerta, si tenía que ver algo con José Ortega y Gasset (mira tú por dónde que al final iba a ser que sí), de dónde venía, si era de alta alcurnia, si aparecía en las revistas del corazón o formaba ya parte de los espectros gloriosos del pasado... el caso es que me acabo de enterar que Simone Ortega, la autora de "1080 Recetas de Cocina", se ha muerto, y - mira por dónde - me he dado cuenta que se ha muerto también algo que formaba parte de mi vida. Quizás sea esta la razón por la cual el post de hoy sea algo más autobiográfico que de costumbre.
Llevo fuera de España desde el año 1989. Los periodos más largos que he pasado en el terruño (de paso, de vacaciones, o por razones familiares o de cualquier otro motivo) no habrán pasado de un par de meses. No sé si le pasa a todo el mundo, el caso es que cuando yo salí al extranjero y comencé a vivir en una cultura que no era la mía, fue cuando me di mucha mas cuenta de lo que significa la cultura a la que uno pertenece, las muchas cosas que uno ha mamado y que da ya por obvias pero que al final te diferencian mucho del resto de los vivientes. Es en el extranjero cuando uno aprende de verdad los rasgos de la propia cultura y la aprecia mucho más. Ha sido en los países en los que he recorrido: Austria, Reino Unido, Egipto, Sudán, Kenia... donde he aprendido lo que significa ser español, andaluz, mediterráneo, latino... (también he aprendido lo que significa ser un blanco en una gran masa negra... un sentimiento me imagino que parecido al que tendrán muchos de los inmigrantes africanos que viven en Europa).
Bueno, pues a lo que iba, uno de los puntos que más me ha ayudado a mantener mi relación umbilical con mi cultura ha sido la comida. Recuerdo que a las pocas semanas de haber salido definitivamente de España me dí cuenta que no tenía ni siquiera un recetario de cocina. Lo eché de menos en el mismo momento en el que alguien me pidió que cocinara algo "de mi tierra". En aquel tiempo recuerdo con pavor cuando en la comunidad de estudiantes universitarios en la que vivía teníamos que cocinar en turnos. Dos veces al mes, los que estábamos allá teníamos que cocinar para el resto, cuyo número podía variar de 10 a 20. Se pueden imaginar el pánico escénico que suponía el afrontar ese reto sabiendo que
a) hasta aquel momento yo no había cocinado para nadie que no fuera para mí, abría latas genial y estaba muy puesto en sopas de sobre... pero nada más.
b) a las una de la tarde había ahí un número variable de energúmenos con hambre, dispuestos a ponerte a caldo si sacabas algo insípido, pegado, demasiado picante o demasiado salado... Ni quiero decir el belén que se podía montar si la cantidad no era suficiente, o la pesadilla que suponía haber hecho una bazofia en cantidades industriales capaces de abastecer a un cuartel.
No se sorprenderán si les digo que tenía compañeros (primerizos, obviamente) que no podían dormir la noche antes del turno de cocina. Con eso digo todo.
Pues bien, gracias a Dios y al apoyo de algunos compañeros poco a poco aprendí a ser mejor cocinero e incluso alcancé un momento, digamos que iluminador, en el que me di cuenta que del miedo había pasado a un estado de placer del proceso de cocinar. Nunca he llegado a ser un chef, pero hoy día me sigue gustando cocinar. En aquellos días, alguien me regaló el libro de Simone Ortega, "1080 recetas de Cocina", el cual me ha acompañado hasta el día de hoy, a pesar de tener sus hojas más ajadas, llenas de manchas de salsa de tomate, de gotitas de aceite, con cantos mucho más oscuros de lo que fueron en su día, con montones de papeles y nuevas recetas que se guardaron allá como el sitio más seguro y que hicieron que su volumen se ensanchara, como si sufriera de celulitis...
Salí de España sin idea de cómo hacer los platos más fundamentales (con excepción de la tortilla de patatas y los huevos fritos) y, por tanto, tuve que acudir innumerables veces al mencionado libro y empaparme de los pasos a realizar. Recuerdo la alegría que tuve cuando cociné por primera vez un pisto cuyo sabor, salvando las distancias, era bastante aproximado a lo que había yo comido en casa en los años de mi infancia. Así comenzó esta emocionante exploración de un mundo culinario que era para mí prácticamente desconocido.
Antes de venir a África, un experimentado misionero me dijo lo siguiente: "En África siempre serás especialmente estimado por tus compañeros si eres un buen cocinero, un buen contador de historias o un buen mecánico". Me llamó la atención que en el terreno no se apreciaran los títulos universitarios ni másteres universitarios... y a decir verdad ahora le doy la razón: hay por ahí montones de gente intelectualmente muy preparados pero humanamente infumables, mientras que hay otras personas que, quizás de manera más simple, con sus dones de gentes, culinarios o técnicos, son capaces de dar a la vida un sabor diferente.
En un ambiente como puede ser una zona perdida en África, no hay grandes entretenimientos. Posiblemente no haya televisión, ya que no hay electricidad y el generador puede funcionar solo en ocasiones muy contadas, no hay gran vida social ni restaurantes de alto copete para celebrar un día especial. Ante tal panorama, hay que sacarle el mayor jugo posible a los pequeños detalles de la vida: cosas tan simples como sentarse en la sombra a leer un libro, ponerse a escribir una carta, trabajar en el jardín o meterse a cocinar pueden ser los elementos que den a ese día un sabor muy especial y que ayuden a romper la monotonía. Si uno no aprende a disfrutar esos pequeños detalles, uno está perdido. Cocinar es una de esas situaciones que te saca de la rutina y de paso le haces la vida más agradable a los que viven contigo.
Recuerdo aquel día en el que a Luigi, un entrañable compañero italiano, se le ocurrió ponerse a recolectar los caracoles gigantes que teníamos en Sudán para hacer "des escargots avec sauce bolognaise". La verdad es que aquel día la inspiración gastronómica no llevó a buen puerto, nuestra querida Simone Ortega habría dado casi un grito de disgusto al ver lo durísimos que llegaban a ponerse los caracoles. Pero, como diría Gila, nadie nos podría quitar lo mucho que nos reímos aquel día, aunque de comer, lo que se dice comer, aquel día hubo bien poco.
En muchas otras ocasiones, la excursión culinaria ha ido por derroteros más victoriosos y no se pueden imaginar el sentimiento de gratitud que uno puede tener al hacer todo un plato delicioso con la reducida oferta de ingredientes que puede haber en un pueblo perdido de la sabana africana. A veces, queríamos hacer una receta del mencionado libro y había que buscar alternativas para el 50% de los ingredientes, ya que ¿qué posibilidades teníamos de encontrar algún componente medio rebuscado en una situación así? De todas maneras, la mayoría de las veces lo conseguimos y en alguna ocasión incluso nos quedamos verdaderamente sorprendidos al ver los resultados.
Más de una vez, mi compinche Luigi decía completamente ahíto aquello de "siento ahora todas mis entrañas elevando un canto de alabanza por la comida que les hemos servido". Aquello era siempre el colofón de un condumio bien disfrutado y consumido.
Bueno, pues aunque sea desde este humilde rincón africano, vaya nuestro homenaje póstumo y sincero a una mujer que, con un simple libro dirigido a nosotros, pobres zoquetes de la cocina, hizo que la distancia con el terruño se redujera considerablemente, alegró a los comensales en más de una noche africana y nos hizo disfrutar de sabores maravillosos y entrañables en medio de la selva africana. Gracias Simone, desde esta lejana tierra, por tanta alegría compartida.