martes, 11 de marzo de 2008 15:29
Alberto Eisman
Diplomáticos
Pasó en aquella lúgubre y turbulenta Ruanda de 1994. La provincial de un instituto religioso español intentaba a través de la embajada tener algunas noticias para saber el paradero de varias hermanas de la congregación, cuando el diplomático de turno echó aquel exabrupto de "el servicio diplomático no está para buscar monjas perdidas en la selva". Aquello, sin duda, iba a traer cola...
No me queda duda que el pobre hombre (déjenme que en mi deliberada inobservancia del protocolo lo llame así, a pesar de su prestigioso pasaporte azul), se arrepintió de decir esa frase en el momento mismo de proferirla... pero ya el daño estaba hecho. Además creo que se cayó con todo el equipo, hubo sonada sanción y el entonces ministro Solana le destituyó de su cargo.
Muchas personas se indignaron con razón ante la osadía de este señor a la hora de despachar a la religiosa y su somera descripción de aquello "para lo que no está el servicio diplomático...". Mirando la cosa un poco más fríamente hubiera sido bueno que explicara precisamente para qué está: ¿para asistir a las múltiples recepciones anuales con motivo de los días nacionales de cada representación diplomática y ponerse como el quico con emparedados y cócteles a costa del erario del país en cuestión? ¿para recibir a ministros y jerifaltes cuando se dignen visitar el país? ¿para organizar las kermeses benéficas a favor del proyecto caritativo de turno? ¿para expedir pasaportes y marear a los locales que quieran pedir un visado? Pues no, hombre, el servicio diplomático no está solo para el glamur de la ‘jet-set' de turno, está ahí para todos, sean las circunstancias que sean, no importa si son presos en cárceles tercermundistas, turistas desnortados o monjas jugándose el tipo dirigiendo orfanatos o visitando pigmeos en la selva.
¿A cuento de qué viene esto? Simplemente, quería corroborar el hecho que en países donde los españoles somos cuatro gatos, los contactos con las embajadas y consulados son a veces la única ocasión de estar oficialmente en contacto con el terruño, con su administración, sus trámites y también con los claroscuros de la política que se cuece a esos niveles. En este contacto con las oficinas diplomáticas se tiene toda clase de experiencias, positivas y negativas. Como en su día sentenció El Gallo, hay que decir que en el mundo diplomático hay "gente pa tó". Los hay trepas, que llegan "al Tercer mundo" como si les hubieran castigado al cuarto de los ratones, y en estos países deprimentes (según ellos) se pasan los años esperando con impaciencia que llegue el día en el que puedan dejar atrás tanta desventura y les envíen a una embajada "de prestigio", donde colocarse luciendo palmito y pedigrí diplomático.
Aquí recordaré como ejemplo más palmario a aquel diplomático vaticano (Dios me guarde de ciertos monseñores) que, después de dar la comunión a cientos de personas en cualquier parroquia a la que le invitaban, se iba inmediatamente en busca de una ducha porque, según decía, "sólo Dios sabía las infecciones que tienen todos esos infelices." Todo un ejemplo de valentía y coraje (y de amor cristiano, sea dicho de paso)
Quisiera hablar hoy de otros, de aquellos que dentro de sus cargos hacen todo lo posible por dejar una impronta de humanidad, de compromiso y de seriedad. Acabo de tener la experiencia de uno de ellos viniendo a visitar proyectos financiados por el Gobierno español a una zona perdida del sur de Sudán. No se le han caído los anillos a la hora de dejar su confortable oficina y venirse por intrincados caminos llenos de polvo y de calor a visitar a grupos de desplazados, en medio de un clima hostil y desolador como es el de la estación seca. Ha llegado hasta este rincón perdido con una sonrisa, con una buena dosis de humanidad y de empatía, asegurando que se hará lo posible por mitigar esa situación y dando por lo menos algo de esperanza.
Lo que yo les cuento ahora no sólo viene de mí; incluso mi equipo de colaboradores, espontáneamente, me ha mencionado que les ha llamado poderosamente la atención la actitud de esta persona y que les ha dejado impresionados su sencillez y su apertura. Chapeau. No todo va a ser malo, no todos son trepas --gracias a Dios-- y eso también hay que decirlo. Esparcidos por embajadas de todo el mundo hay también unas personas que nos hacen sentirnos orgullosos, personas especiales llenas de calor humano y de cercanía que nos hablan de las excelencias que pueden hacer unos representantes cercanos a las situaciones de pobreza y de injusticia y que, desde su posición, luchan para poder contribuir a que esa pobreza desaparezca. Hoy, he hablado de este caso particular pero hay muchos más. A todas estas personas, desde este blog, mi más sentido agradecimiento y mis respetos. Me siento orgulloso de vosotros.