Refugiados en SudánHace varios días, uno de mis equipos que trabaja en la rehabilitación de pozos en la zona del Bahr-el-Ghazal en Sudán, tenía que salir para una misión en un poblado llamado Marial Bai, habitado principalmente por la tribu Dinka.
 
El chofer del coche, que precisamente es de ese grupo étnico, aconsejó al equipo que hicieran las actividades que tuvieran previstas lo más pronto posible. Incluso proponía salir de madrugada para llegar a ese lugar lo antes posible y poder terminar cuanto antes. El equipo decidió desoír este consejo y llegaron allá bien entrada la mañana. La visión con la que se encontraron no era muy alentadora. Del mercado, lugar central del poblado, se veían ya pulular en todas direcciones figuras tambaleantes. La aparición del equipo en aquel poblado fue como un imán que atrajo a bastantes de los que estaban por allá. En pocos segundos quedó claro que la gran mayoría de los curiosos estaban ya bastantes cargados de “material etílico” (¡a las 10 de la mañana!) y, como pasa en todos lugares, hay ciertas personas que llevan mejor la melopea que otras. Mientras algunos les da por hacerse los graciosos y se conforman con que el público les ría la gracia, otros asimilan muy mal los alcoholes y les da por buscar pleitos y líos con todo quisqui. Por desgracia para el equipo, de los primeros encontraron poquitos, de los segundos estaba el pueblo en esas horas bien equipado.

Tal como estaba el patio, el equipo se apresuró a llevar a cabo su misión y examinar rápidamente el estado de las bombas de agua en el lugar y salir pitando para otro sitio menos proclive a pleitos y follones, pero aparentemente no fueron lo suficientemente rápidos y se vieron confrontados por un borracho que dijo ser una de las personas más prominentes de la región y que exigía que se llevara en el coche a varios de sus familiares. Ante la negativa del equipo, la temperatura de la discusión comenzó a subir y de las exigencias se pasaron a las amenazas directas diciendo que si no accedían a su petición se les daría dos tiros la próxima vez que se les viera aparecer por allí. Afortunadamente, el chofer, que es un perro viejo en cuestiones de armas, litigios y amenazas, no se amedrentó y salió airoso del trance, quitándose del camino del prominente borracho y zafándose de sus amenazas.
En una sociedad que ha vivido un conflicto armado durante 20 años quedan heridas que tardarán generaciones en cerrarse. Una de estas es el trauma de la guerra, el haber vivido durante años y años en una actitud de hiperalerta y de autodefensa, donde la violencia siempre ha tenido la última palabra y las estructuras sociales y tradicionales se han visto destruidas por completo. Lo que queda es una gran vulnerabilidad, una necesidad de olvidar, una melancolía y un vacío que se intenta llenar con lo que se pueda...   Por lo menos en la sociedad sudanesa, el alcohol es uno de los elementos más utilizados para mitigar este desasosiego interior y para mí es una muestra fehaciente que muchas de las heridas de guerra siguen sangrando y causando conflictos a un nivel más bajo.
 
Aparte de su poder obnibulador, es el origen de cientos y cientos de incidentes violentos y sangrientos, especialmente cuando son soldados los que abusan del mismo y recurren a sus artes y a sus armas para solucionar sus problemas. En muchos casos, la violencia doméstica se origina la mayoría de los casos por un marido borracho que quiere imponer su criterio y su dominio a base de hacer valer su fuerza física y envalentonado por una botella que le ha acompañado desde la ‘andaia’, la tienda tradicional donde se destilan los más diferentes licores. Por desgracia, hay que reconocer que ni siquiera los líderes están libres de esta plaga. En este sentido, hay personas y autoridades a las que es mejor no visitar pasada una cierta hora del día, ya que se les encontrará en un estado no muy presentable y a lo mejor se mete uno en un buen lío, ya que como hemos visto más arriba la reacción de quien abusa de estos productos no siempre es previsible.
 
Así están las cosas en una situación de postconflicto tan desafiante como esta. Una sociedad que no solo necesita reconstrucción física y económica, sino también una ayuda para llevar a cabo una reconstrucción moral en la vida de miles de personas que han vivido en circunstancias extremas y han experimentado situaciones de dureza inimaginable y que, a pesar de la paz que teóricamente reina hoy, siguen llevando en sus mentes y en su memoria las cicatrices profundas del dolor y el desarraigo.