Ayuda a SudánEn el mundo de la cooperación hay una palabra mágica que mueve montañas: impacto. De cualquier actividad, proyecto, programa o estrategia que se precie, se pide que tenga un impacto en la vida de la gente, que cambie algo (para bien, se supone), que haya un antes y un después. Si se prevé que algo no va a tener un impacto no se mueve un dedo, ni se emplea ni un euro. Mejor quedarnos como estábamos que hacer el ridículo, moviendo todo para que nada cambie. No nos engañemos, aparte de las muchas actividades loables y efectivas que hacen las organizaciones, hay también un precio a pagar y un “impacto” (diferente del que mencionamos arriba) que se nota en la vida de la gente. 

Es innegable el papel que las Naciones Unidas y otras oenegés y agencias humanitarias y de desarrollo juegan en situaciones de pobreza y de postconflicto. Algunas ayudan al restablecimiento de las infraestructuras públicas (dispensarios, escuelas, agua y saneamiento, etcétera), otras ponen su granito de arena en la reconstrucción de la administración, en la creación de una sociedad pacífica y en la rehabilitación social, moral y económica del país.

A pesar del gran aporte que hacen estas agencias, hoy querría hacer de abogado del diablo y tengo que mencionar el hecho que su mera presencia en el terreno tiene para las personas locales un gran impacto. Imagínense un grupo considerable de extranjeros (blancos en su mayoría) que vienen con una de las agencias de la ONU o con una oenegé y que, de pronto, necesitan una provisión determinada de servicios, ya sea una casa para alquilar o un proveedor de carne o un carpintero. Las operaciones humanitarias no permiten perder demasiado tiempo en disquisiciones logísticas y en muchos casos se alquila o se compra lo que sea necesario, no escatimando ni un céntimo.

Lo que ocurre en pocos días, cuando desembarcan estos cargamentos de extranjeros, es muy parecido a una formación de fichas de dominó. La voz se corre que hay organizaciones con dinero presto para ser invertido y gastado y por tanto los precios comienzan a subir. Las casas que se alquilaban por 100 o 200 dólares al mes de pronto alcanzan alquileres de cuatro cifras. La gran demanda de escritorios y sillas para la oficina de una determinada organización hace que el carpintero de turno pida precios estratosféricos por sus productos (bien por el carpintero, pero mal para el local que necesita una simple mesita de noche y se tiene que adaptar a los nuevos precios). Incluso productos que no existían pero que se consideran “de uso de extranjeros”, de pronto se comercializan por las nubes.

Sin ir más lejos, les puedo decir que desde donde les escribo estas líneas, en Wau, al sur del Sudán, el papel higiénico se comenzó a vender en las tiendas cuando llegaron las Naciones Unidas y se vendía al “módico” precio de 2 dólares por rollo (ojo, no por paquete), y todo eso por obra y gracia de un puñado de organizaciones y agencias que llegaron aquí y comenzaron a utilizar papel higiénico en los retretes de su personal.

No sé si se ha hecho hasta ahora un estudio a fondo sobre la influencia que tiene la presencia de organizaciones internacionales y el impacto en precios y mercados locales. Muchas veces, el cambio que supone en la población es mortal para aquellos sectores que debido a sus reducidas posibilidades económicas, de pronto no pueden permitirse acceder a los productos más básicos, ya sea carne, verduras o jabón. En algunos sitios, la presencia de la cooperación ha sido devastadora para la calidad de vida de la gente, que ha sentido en propia carne cómo su poder adquisitivo se ve completamente reducido de la noche a la mañana.

Si esto pasa en el mercado y los productos cotidianos, lo mismo o peor pasa con los recursos humanos. Unas organizaciones potentes económicamente llegan y hacen estragos en las oficinas de la administración y las empresas locales, las cuales no pueden competir con precios mucho más atractivos que los que se ofrecen localmente y esto produce una gran sangría de trabajadores que sin pensarlo dos veces se abalanzan a ocupar los preciados puestos en las agencias de turno dejando desiertos los puestos locales que tienen.

Por último, hay que mencionar que ha habido prácticas establecidas por ciertas organizaciones de gran prestigio internacional que, a base de incentivos, matan la iniciativa privada y el voluntarismo o la filantropía de la gente. Una de estas agencias en Sudán es famosa por organizar cursos de formación local ya sea de agentes de agua y saneamiento, ya sea de animadores locales,  a los cuales les pagaba diariamente una dieta de 20 a 30 dólares (aparte de la comida y el alojamiento). Tan maravillosa estrategia tuvo su repercusión al poco tiempo, cuando la siguiente organización ofreció un curso de formación y no dio estas dietas nadie quiso ir, ya que no había beneficio económico inmediato.

Sudán es uno de aquellos países en los cuales, en vez de pagar tus cursos de formación, lo que hace la gente es no ir a los cursos de formación en los que no se pague un incentivo... así de claro. Yo no les condeno, una actitud así de egoísta y de mezquina especialmente en un país asolado por la pobreza no es otra cosa que el producto de organizaciones que cambiaron mentalidades con el objetivo de tener un impacto, literalmente a cualquier precio.