martes, 20 de noviembre de 2007 11:21
Alberto Eisman
Suenan tambores de guerra
Comienzo hoy otro periplo por Sudán en unas condiciones cuando menos peculiares. Después de la crisis que afecta al proceso de paz que se firmó en el 2005 y que en los últimos meses ha ido renqueando de manera escandalosa, la crisis que se abrió después de la retirada de los ministros del SPLM (los antiguos rebeldes) del gobierno de unidad nacional se ve ahora reforzada por los belicosos discursos del presidente Omar el Beshir.
En una ceremonia conmemorando el aniversario de la creación de las infames Fuerzas de Defensa Popular, unas fuerzas paramilitares que han sembrado el terror en el Sur del Sudán, el mandatario cargó contra el proceso de paz y anunció que había ordenado la reorganización de estas fuerzas paramilitares. Esto es obviamente una mala noticia, ya que parece el comienzo para llevar a cabo una movilización general y retomar la guerra contra el Sur del país, imponer su hegemonía y volver a las andadas de la violencia y la guerra a través de guerrillas ‘alquiladas’ que le hagan el trabajo sucio.
Cuando se firmó la paz, a nadie se le ocultaba que el Gobierno de Jartum se doblegaba a las exigencias de la comunidad internacional. Sabían que si insistían en la fuerza de las armas se podría perder todo, incluso ese petróleo que ellos sacan del Sur y que refinan en el Norte y del cual el país (o digamos más claramente el estado sudanés) saca diariamente pingües beneficios.
Vuelven a redoblar los tambores de guerra y si la comunidad internacional no presta atención, esta situación puede salir de control en pocas semanas. Lo curioso es que, como si fueran esos malabaristas chinos que consiguen mantener rodando diferentes platos en un alambre, el Gobierno de Sudán parece que ha perfeccionado el arte de salirse con la suya en los diferentes frentes que tiene abiertos: en Darfur, en el Este y en el Sur de Sudán. En todos estos sitios hay conflictos abiertos cuyas causas han sido identificadas por los observadores como la rigidez y la inflexibilidad de un estado que no está dispuesto a aceptar la diversidad cultural y religiosa de sus pueblos y que por tanto no va a compartir con ellos los recursos económicos a los cuales cree tener absoluto derecho.
El seguimiento de este proceso de paz es fundamental. Hasta ahora Darfur se ha llevado siempre la palma de ser la emergencia humanitaria por excelencia tanto en los medios como en las acciones de incidencia internacional. Eso ha permitido que la implementación del acuerdo de paz en el Sur (o mejor dicho la falta de esa implementación) pase desapercibida. Ahora se encienden todas las luces de alarma y un nuevo recrudecimiento de la violencia no debería encontrar a la comunidad internacional desapercibida. Cuando parece que las armas vuelven a tener la preeminencia, el apoyo y la solidaridad de las naciones amigas es lo único que le queda a este sufrido pueblo del Sur de Sudán.