domingo, 22 de junio de 2008 1:23
Jordi Menéndez,
¡Alerta: Crisis alimentaria! (III). Las consecuencias
Julián Andino y su familia abandonaron su parcelita de maíz y frijol la semana pasada. El incremento del precio de las semillas, los fertilizantes, el combustible y los alimentos, les pasó factura. Después de dos meses y una semana con una sola comida diaria y sin a penas tener qué ofrecer a sus hijos para alimentarse, no tuvieron más remedio que vender su terreno y empezar de nuevo en Tegucigalpa.
Su caso no es único y excepcional. Como ellos, otras familias de su comunidad o de poblaciones vecinas se encuentran en la misma situación. Se esfuerzan por sobrevivir e intentan no desprenderse de su pedacito de tierra, esa tierra que lo es todo, porque les ha dado vida y sustento a ellos, a sus padres y a los padres de sus padres desde que nacieron y por muchos siglos. Pero ahora no les queda otra: deben emigrar a la ciudad en busca de mejor fortuna. La subida de los precios de los insumos agrícolas y de los alimentos está afectando, como era de esperar, a los más pobres de Honduras.
Según las últimas cifras publicadas por el Estado, el 61% de la población rural del país (aproximadamente el 40% de la población) se encuentra en situación de extrema pobreza, frente al 43% de la media nacional. Según los mismos expertos, estas cifras van a seguir aumentando en los próximos meses como consecuencia de la crisis alimentaria. Los habitantes de la ciudad, empujados por los constantes flujos de personas que vienen desesperadas del campo (quienes aceptan trabajos por un plato de comida al día), se ven obligadas a buscar suerte en Estados Unidos o Europa, hipotecando su futuro y arriesgando sus vidas.
Sin embargo, unas pocas familias se aprovechan de esta situación. Son las familias que acaparan tierras para la producción industrial de alimentos de exportación (alimentos que nunca podrán ser comidos por las hambrientas familias hondureñas), las propietarias de empresas que pagan salarios irrisorios por jornadas interminables de trabajo en una maquila, o las familias en España, que van a tener una cuidadora para sus retoños y sus abuelos por un módico precio, sin asegurar.