Hoy es el Día mundial de la alimentación, el día en que recordamos que todas y todos tenemos derecho a la comida, en cantidad y calidad. Este año la fecha llega en medio de la crisis por el aumento en los precios de los alimentos. Y bueno, como dice mi jefa, en un mundo coherente, esto debería suponer una oportunidad para las agricultoras y agricultores que nos dan de comer, incluso para nosotros, quienes compramos los productos. Pero no, en este mundo patas arriba, eso se ha convertido en una amenaza.

¿Unos más afectados que otros? Claro. Las mujeres son las más perjudicadas, porque sobre ellas recae la responsabilidad de alimentar a la familia y a menudo son las primeras que dejan de comer para que otros lo hagan. Además, aunque son ellas quienes producen mayoritariamente los alimentos básicos, raramente son propietarias de las tierras y tienen limitado acceso a medidas de protección, como seguros agrarios y créditos.

Cuando van al mercado, cocinan algo rico o se sientan a la mesa, no se han puesto a pensar: ¿de dónde viene todo esto? ¿quién produce nuestros alimentos? Pues en América Latina --y Ecuador no es la excepción-- los responsables de alimentar a la gente son los pequeños productores, los campesinos y campesinas que se dedican a la agricultura familiar. Es en ellos y ellas en quienes deben invertir los gobiernos para paliar la crisis y para enfrentarla mejor, en caso que continúe. ¿Les queda duda de este secreto a voces? Oxfam preparó un informe sobre el tema. No se lo pierdan.

Lo que tampoco quiero que se pierdan son las impresiones de la gente que siente, padece y trabaja para que los gobiernos de nuestros países cambien sus modelos de agricultura. En Ecuador, el trabajo de estos hombres y mujeres es clave, porque la constitución aprobada recientemente establece el derecho de la población a la soberanía alimentaria. Eso supone que deben crearse nuevas leyes que permitan el derecho a comer y a elegir lo que comemos. Y bueno, como ustedes no pueden venir hasta acá, hoy llevo hasta ustedes estas voces de cambio.

Luis Andrango es el presidente de la Confederación Nacional de Organizaciones Campesinas, Indígenas y Negras del Ecuador y para la organización que representa, la lucha por la soberanía alimentaria es prioritaria. "Sufrimos las consecuencias de un modelo económico que concentró la pobreza y la exclusión en el campo; y de una crisis de precios que sólo beneficia a los intermediarios.  Por eso promovemos espacios solidarios de compra, venta e intercambio y tenemos centros de acopio que nos permitan acercarnos más a la ciudad, porque uno de los elementos que encarece los productos es su traslado desde el campo".

A la pregunta de cajón ¿qué es soberanía alimentaria?, Luis nos responde. "La entendemos como una redefinición de las relaciones entre el campo, el Estado, el mercado e incluso la cooperación; el derecho a la alimentación sólo es posible si se contemplan tres elementos clave: el acceso al agua para riego, porque  los campesinos no cuentan con ese recurso; el manejo y control de la biodiversidad, porque las semillas deben ser patrimonio de la humanidad y no de las empresas privadas; y la investigación y capacitación acompañadas de iniciativas como la agroecología, que más que una técnica es una apuesta política."

Conversé también con Humberto Cholango, el presidente de la Confederación de Pueblos de Nacionalidades Kichua  del Ecuador, una de las organizaciones indígenas reconocidas por su lucha por el acceso al agua y la tierra. Para Humberto, este momento es clave. "El pasado 28 de septiembre, el 76% de la población del área rural del Ecuador dijo sí a una constitución que declara el derecho a la soberanía alimentaria, el derecho al agua para consumo y para riego y que exige el cumplimiento de la función social de la tierra. Se trata del reconocimiento a la pachamama -la madre tierra- como fuente de la vida." Y es que para quienes viven de la tierra, la agricultura no es sólo un asunto de productividad, lo es también de cosmovisión, de identidad y resistencia.

Me preguntaba entonces, ¿cómo deben ser las políticas agrarias?, y Francisco Hidalgo me ayudó a encontrar la respuesta. Él es parte del sistema de investigación de la problemática agraria en Ecuador, que recientemente llevó sus propuestas de modelo agrario a la Asamblea Nacional Constituyente. "Nosotros proponemos una agricultura equitativa, incluyente, sustentable y basada en derechos. Esto implica la desmonopolización de los recursos, tanto el agua y la tierra, como el crédito y la tecnología; la promoción y defensa de las agriculturas familiares  pasando por el reconocimiento y aplicación de los derechos económicos, sociales y culturales de los campesinos, de los asalariados agrícolas, de las comunidades rurales, indígenas y montubias; y cambios en la perspectiva de equidad social, étnica y de género."

¿Eso haría posible el derecho a una alimentación adecuada? Para Francisco, sí: "Siempre que sea entendida como el acceso, de manera regular, permanente y libre, sea directamente a través del acceso a la tierra y otros recursos productivos, sea mediante compra en dinero; a una alimentación cuantitativa y cualitativamente adecuada y suficiente, que corresponda a las tradiciones culturales de los pueblos y que garantice una vida psíquica y física, individual y colectiva, libre de angustias, satisfactoria y digna."

Y aunque hablamos de comer, aquí el agua juega también un papel importante. Porque no sólo la necesitamos para beber, sino también para cultivar. Iván Cisneros es el coordinador del Instituto de ecología y desarrollo de las comunidades andinas de Ecuador y con él conversé sobre el riego. ¿Es posible la agricultura sin el acceso al agua? Iván nos cuenta que "el agua para riego cambia la vida de las personas y las comunidades, porque les permite pasar de una producción rígida dependiente de las lluvias, y por lo tanto con mayores riesgos, a una producción diversificada, distribuida en el tiempo y con mayores niveles de producción y productividad".

Según Ivan, el aprovechamiento del riego en la economía campesina es vital para intensificar y diversificar la producción, especialmente en tipos de cultivo que requieren de mano de obra, brindando una oportunidad para quienes han vivido marginados y se incorporan de manera activa a su propio desarrollo, apoyando esa voluntad de seguir en el campo, pero mejorando sus condiciones de vida.   

¿Pero hay que hacer todo esto como reacción a la crisis o pensando en medidas a largo plazo también? De nuevo, Iván tiene la palabra. "En general, y en el marco de una crisis de precios, es necesario establecer derechos, construir infraestructura adecuada física y socialmente y elaborar participativamente un sistema de reparto de agua. Democratizar el derecho al riego pasa por la decisión política de favorecer a los pequeños campesinos, fortaleciendo un espacio donde ellos sean actores políticos y elaboren propuestas de políticas públicas concretas y alternativas, que permitan disponer de este recurso de vital importancia a la mayoría que ha estado excluida."

Tremendo reto ¿no? Pues parece que no todos están tan convencidos. A diferencia de la crisis financiera, a la que Estados Unidos y Europa han respondido con cifras inimaginables y astronómicas, la respuesta a la crisis de alimentos no llega todavía. De los 12.300 millones de dólares que pidió Naciones Unidas a la comunidad internacional, apenas se han recaudado poco más de 1.000 millones.

Para terminar, (como vos) vuelvo a mi jefa... es irresistible citarla. "La crisis financiera no es fruto de la fatalidad sino consecuencia de la aplicación de políticas equivocadas. Igualmente la crisis alimentaria es fruto de años de abandono de la agricultura y de políticas erróneas." ¿Cuáles podrían ser las acciones más efectivas? Nuevamente, lean el informe, ahí nos atrevimos a sugerirles diez.